Se acaba el río

México, 29 de febrero (Milenio Diario).- Con todo lo cabalístico e inútil que resulta echar mano de sentencias populares que llegan a infiltrarse en la política, el país arriba con muchos trabajos al último año de administración de un gobierno monotemático que no tiene mucha tela de donde cortar.

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Sin embargo, la sociedad mexicana, abatida por la inseguridad pública, sigue confiando, como lo hace año con año, que este nuevo ciclo venga preñado de soluciones o al menos de buenos augurios para salir de la crisis de varias cabezas que azota a la nación.

Aquellos que confían en la filosofía tradicional aseguran que este año de gobierno es el clásico y definitivo año en el que el Presidente eche toda la carne al asador, para que el pueblo, recurriendo a un dicho popular más, no tenga que cambiar de caballo a la mitad del río.

Mermado en su equipo de gobierno, en algunos casos por la desgracia y en otro por la ineficiencia, Felipe Calderón se volvió monotemático en su discurso porque la delincuencia no le ha dejado otro camino, pero lo peor del caso es que le ha ganado la mayoría de las batallas, sobre todo en lo que se refiere al tráfico de drogas. Y esto, desde el punto de vista operativo, tiene una razón de ser: ¿quién encabeza o comanda la lucha contra el narcotráfico? ¿Cuál de estas cabezas es la dirige esta guerra, porque se insiste en llamársele así: el Presidente, el procurador general de la República, el Secretario de Seguridad Pública federal, el Secretario de la Defensa Nacional o el Secretario de la Marina-Armada de México?

La Ley General del Sistema de Seguridad Pública resume las metas planteadas para tratar de meter en cintura a los delincuentes. Parte de su estrategia de último año y ante matanzas en diversos reclusorios, Calderón se dedica a construir nuevas cárceles.

Sin embargo, no podía responder más como lo hizo: un largo listado de programas en su mayoría administrativos para formar a los nuevos policías que habrán de hacer frente a la delincuencia organizada.

Pero, una vez más, esta ley deja en el aire responsabilidades que se refieren a las cabezas que deberán llevar a cabo dichos programas y, más aún, se intenta dejar fuera a las fuerzas armadas de este ambicioso aunque burocrático esfuerzo, por más que en Nuevo León, por ejemplo, un general de división, Javier del Real Magallanes, se acaba de hacer cargo de la Secretaría de Seguridad Pública.

Incluso pareciera que se volvió a los tiempos de creación de la Policía Federal Preventiva, cuando el entonces comisionado Wilfrido Robledo dijo que le llevaría por lo menos diez años para formar las fuerzas que necesitaría dicha corporación para funcionar con eficiencia.

Fue entonces cuando el presidente Ernesto Zedillo ordenó la incorporación a la PFP de la tercera brigada de la Policía Militar, cuyos efectivos aún permanecen encuadrados ahí.

Esta indefinición en la designación del mando en esta guerra habla de una desconfianza interna o lo que sería peor, que algunas de esas instituciones ya hubiesen tirado la toalla.

Sin embargo, los militares siguen tomando el mando.

Porque a pesar de todos los planes y estrategias, el combate al narcotráfico sigue quedando a nivel de pleito callejero y el mando, cualquiera que este sea, no se decide por alguno de los dos caminos ya mencionados en otras ocasiones: o se combate el cultivo de droga o se combate la violencia. Ambos polos están debilitando la fuerza del Estado. Y si a esto le agregamos que el narco ha penetrado a todo nivel, incluso a los cuerpos de Guardias Presidenciales encargados de la seguridad del Presidente, el panorama no puede ser más aterrador.

El presidente Felipe Calderón tiene un plan bajo la manga para atacar con efectividad al narcotráfico, pero no se ha decidido a llevarlo a cabo. Sin embargo, le queda poco tiempo para hacerlo, antes de que el agua del río lo tape.

Javier Ibarrola

Twitter: @xibarrola
www.fuerzas-armadas.com

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