México, 12 de enero.-Una semana después de la incursión militar estadounidense en Venezuela para capturar y llevar al dictador Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores ante un tribunal estadounidense para responder por cargos de tráfico de drogas, los análisis sobre la operación han abordado diferentes aristas algunas de ellas bocetadas de tiempo atrás por sus implicaciones geopolíticas por el Comando Sur sobre las implicaciones de la presencia iraní en ese país. Más actual es la lectura que dejó la operación de las fuerzas especiales donde no fue solo una derrota venezolana, también fue una derrota estratégica para la industria militar ruso-china.

Desde hace varios años los reportes para consumo interno de los ejércitos aliados del Comando Sur de los Estados Unidos (USSOUTHCOM), reportaron cómo se dio la relación militar y comercial entre Venezuela e Irán y cómo este vínculo repercutía para la seguridad en el hemisferio incluyendo a México. Uno de los documentos sin clasificar a los que tuvo acceso EstadoMayor.mx, señalaba que el Ministerio de Defensa y Logística de las Fuerzas Armadas de Irán (MODAFL por sus siglas en inglés) y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán (IRGG) habían ampliados las conexiones con el régimen del hoy depuesto dictador Nicolás Maduro “más allá de la entrega de gasolina en 2020” durante la pandemia de Covid 19. “Irán proporcionó alimentos y posiblemente armas o componentes de armas a cambio de recursos minerales venezolanos, los cuales podrían utilizarse para programas de armas iraníes”.
La inteligencia militar estadounidense identificó a Megasis como una empresa subsidiaria del Ministerio de Defensa iraní que en el verano del 2020 había abierto un supermercado en Caracas. “La tienda Megasis reemplazó a una tienda del Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP) estatal venezolano. Los CLAP fueron dirigidos por Alex Saab, quien fue sancionado por el Departamento del Tesoro Estadounidense” como testaferro de Maduro. El empresario colombiano con residencia en Venezuela se convirtió en informante de la DEA en 2018 y fue pieza clave para armar el entramado narco criminal de la cúpula chavista.
“En junio de 2020 el buque de carga de bandera iraní Golsan trajo un cargamento de productos alimenticios desde Irán para el nuevo supermercado Megasis. Golsan es propiedad del grupo de líneas navieras de la República Islámica de Irán, sancionada por los Estados Unidos. Golsan devolvió 14 mil toneladas de alúmina desde el muelle CVG Bauxilum en Puerto Ordaz, para salir de Venezuela a Irán, posiblemente como pago. Según los informes, Irán utiliza alúmina para fabricar el aluminio necesario para el desarrollo de misiles balísticos. Dos aviones de carga 747 realizaron un total de seis vuelos desde Teherán a Caracas en octubre y noviembre de 2020. Operado por la compañía iraní Fars Qeshm Air, la cual fue sancionada por los Estados Unidos. Es muy probable que estas aeronaves entreguen partes de drones multipropósito Mohajer iraníes para ser ensamblados en Venezuela”, dice el documento del USSOUTHCOM.
“El mismo buque regresó a Venezuela en noviembre de aquel año pero ahora lo hizo por la ruta de las costas de África en lugar del canal de Suez para cruzar el Mar Mediterráneo. “El Golsan siguió el cambio reciente en las tácticas, técnicas y procedimientos de los buques iraníes, visto en los petroleros iraníes que viajan por África en lugar del Canal de Suez y más allá de Gibraltar para llegar a Venezuela. Este viaje más largo posiblemente sea en respuesta a la incautación de combustible por parte de los Estados Unidos en agosto de 2020”.
DEBACLE CHINO-RUSO
Un análisis que circuló redes cerradas en los días posteriores a la invasión militar estadounidense que culminó con la detención y extracción del dictador venezolano en su bunker de Fuerte Tiuna, donde estaba custodiado por un grupo especial de agentes de la inteligencia cubana conocido como “Avispas Negras”, decía que el sistema de defensa antiaéreo S-300VM de origen ruso, considerado “joya de la corona” y catalogado como un “escudo impenetrable”, fue una apuesta estratégica venezolana sostenida con los miles de millones de dólares producto de la venta del petróleo. Esa apuesta quedó expuesta como un fracaso sistémico. No cayó un arma, cayó todo un modelo”.
El sistema antiaéreo se vendió en la propaganda chavista como “un muro infranqueable”, el cual se estima tuvo un costo de dos mil millones de dólares. En la narrativa del régimen venezolano se decía que era capaz de “detener misiles modernos, neutralizar aviones furtivos, cerrar el Caribe al poder naval estadounidense”. La realidad fue que se convirtió en un señuelo para los sistemas electrónicos aéreos como el que maneja el Growler EA-18G, avión caza de guerra electrónica moderna, que detectó su ubicación y posición exacta al encenderse lo que los volvió en un blanco para los drones de última generación. Los sistemas rusos antiaéreos “no defendieron el cielo, se convirtieron en blancos”, dice el análisis.
Buena parte del territorio venezolano sobre todo en las zonas estratégicas como plantas de energía y bases militares estaban custodiados por radares JY de fabricación china como complemento al sistema antiaéreo S-300. El discurso chavista exaltaba la tecnología que prometía cobertura amplia y de alta gama.
La realidad fue que tuvo una “integración deficiente, alta vulnerabilidad e interferencias, falsos positivos masivos en escenarios de saturación. Un radar que ve todo pero no discrimina nada es peor que no ver, confunde al operador, ralentiza la reacción y colapsa la decisión. La guerra moderna no premia al que detecta primero, sino al que procesa mejor”.
El equipo aéreo de la Aviación Militar Bolivariana estaba conformado en su mayoría por equipos rusos, como los Sukhoi, que durante años sirvieron a la propaganda chavista como símbolos de poder. Estos equipos dependían de “radares funcionales, enlaces de datos seguros, control real del espacio aéreo”.
El análisis subraya que Venezuela por aire se quedó sin un sistema integrado confiable lo que los dejó en la ceguera total. “La aviación rusa está pensada para operar bajo paraguas defensivos coordinados, aislada no disuade ni domina”. El resultado quedó en imágenes que circularon la madrugada del día 3 de enero en Caracas: anulada en tierra y sin oportunidad de operar en el aire.
El sistema de misiles portátiles IGLA-S, era concebido como la defensa final contra blancos de baja altura. Quedaron inutilizados antes de los vuelos rasantes de la flota de ala rotativa del 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (SOAR por sus siglas en inglés). En la actualidad este sistema contra medidas electrónicas, bengalas inteligentes, perfiles de vuelos tácticos, “reducen drásticamente su eficacia. Un MANPADS no decide una guerra ni compensa el colapso del resto del resto de la defensa aérea. Son armas de oportunidad, no de supremacía”, dice el análisis.
Para los autores del documento, el fallo mayor no fue la máquina sino el hombre. “Se puede hablar de terreno, jamming o vuelo a ras del suelo. El quiebre real estuvo dentro del contenedor de control. El S-300VM exige operadores capaces de: gestionar espectro electromagnético, entender de geometría compleja, filtrar blancos falsos bajo presión. Ese no era el caso. Gran parte del equipo fue operado por conscriptos mal pagados o impagos, con entrenamiento mínimo y manuales traducidos. Cuando las pantallas se llenaron de blancos fantasma y errores, no hubo diagnóstico ni corrección, hubo pánico. En la guerra moderna no existe “apagar y salir”. Existe entrenamiento real –y eso no se descarga de un servidor en Moscú”.
Para los autores del análisis sobre las capacidades militares venezolanas exhibidas en la operación estadounidense para capturar a Maduro, la derrota también expuso secretos como “chips de guiado, códigos de seguimiento, firmas y patrones de comunicación”. Las implicaciones que esto tendrá son que en el futuro inmediato “cualquier usuario de estos sistemas peleará en desventaja: sus vulnerabilidades ya no son un misterio. No fue solo una derrota venezolana, fue una derrota estratégica para la industria militar ruso-china”.
“El problema fue estructural: millones gastados sin doctrina moderna, equipos de “élite” sin personal capacitado, decisiones basadas en propaganda, no en escenarios reales. Se creyó que comprar caro sustituía preparación, integración y legitimidad”. Nada ocurrió así, el costo real de los radares y misiles inutilizados no solo representó millones de dólares para el pueblo venezolano, significó una “dependencia ciega de proveedores que vendieron mito en lugar de eficacia”. El análisis concluye que “la guerra moderna no se gana con catálogos, desfiles ni consignas. Se gana con integración, entrenamiento y realidad”. El mensaje estadounidense a la industria chino-rusa quedó entre las tanquetas, misiles y aviación venezolana humeante, resultado de la llamada “sorpresa táctica”.
Juan Veledíaz / @velediaz424 / EstadoMayor.mx
