Qué favor le hicieron a Rosa Icela

Ciudad de México, 3 de noviembre.- La primera página que publicó el diario Reforma, con la fotografía de diez hombres que según el diario serían mejores titulares de la Secretaría de Seguridad Pública que Rosa Icela Rodríguez, pasará a la historia como ejemplo de la peor vileza machista.

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La descalificación, inmoral, que hacen de la funcionaria pública es una expresión de la ira más enferma, y sobre todo, es un ejemplo de que ese diario ha dejado de servir a la sociedad para convertirse en un pasquín borroneado con las entrañas ofendidas de unos cuantos.

Los diez hombres ahí retratados se han tardado en ofrecer una disculpa pública, en arropar a la persona en quien confía el Presidente de la República. Se han tardado en firmar un desplegado público desvinculándose de ese diario, del criterio que se utilizó para nombrarlos “mejores” que una mujer.

Rosa Icela Rodríguez fue periodista. Y esto debería ser visto por la sociedad como una cualidad, simplemente por el conocimiento de la realidad que necesariamente conlleva la profesión. Ha sido funcionaria pública muchos años, ha estado en la mayor cercanía de López Obrador, ha visto muchos temas de seguridad.

Lo más importante, el primer mandatario, su jefe, el responsable del gobierno, decidió que tenía las cualidades necesarias.

Esto, y aquí podríamos hablar de Isabel Arvide con su nombramiento con Consul en Estambul, tendría que ser suficiente aval. Por el contrario, estas decisiones presidenciales que obviamente son hechas con profundo conocimiento de las personas, son vilupendiadas como si fuesen arribistas, como si se hubiesen impuesto al mismo criterio presidencial.

Como en el caso de la Consul en Estambul, Rosa Icela no se apuntó para ser titular de la Secretaría de Seguridad Pública, una responsabilidad inmensa, que lleva implícitos muchos riesgos. No buscó esa posición, no llevó su currículo a una empresa de “head hunters”. Es una decisión presidencial, insisto: una decisión presidencial la que la convierte en titular de esa Secretaría.

¿Por qué no confiar en el primer mandatario? O, mejor dicho, por qué descalificar a priori, sin conceder el beneficio de la duda. El ejercicio que hizo el periódico Reforma, que hacen muchos cada día, es suicida, es contrario hasta nuestra supervivencia como sociedad. En el caso de Rosa Icela es doblemente grave porque la descalificación, el agravio, viene inserto en su calidad de mujer.

Y, obviamente, nos hace asumir que quienes así la tratan son, en buen español, “mal nacidos”.

Esperemos que miles de mujeres que se dicen a sí mismas feministas, que se manifiestan contra los abusos de los hombres, que gritan por la igualdad, cancelen su suscripción a Reforma, dejen de comprarlo, dejen de leerlo. Es lo que exige la mínima solidaridad.

Y, para terminar, si tomásemos una sola de las opciones que Reforma da como mejores que Rosa Icela, la del joven Omar García Harfuch, bastaría con referirnos a su presencia en Iguala la noche que desaparecieron los jóvenes normalistas. Esos son los cadáveres que la señora Rosa Icela Rodríguez no guarda en su pasado. Deberíamos apreciarla por eso, y por mucho más.

Redacción / EstadoMayor.mx

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