Tejer chambritas…

México, 29 de mayo (Redacción).- En el argot policiaco esta frase se utiliza mucho con referencia a la naturaleza del trabajo que se desempeña.  Nada más exacto puede describir lo que no se hace, lo que no es nuestro desempeño.  Desde cualquier trinchera.  Porque igual es un artesano de la seguridad el ciudadano que denuncia que el policía o el funcionario público.  Todos, desde nuestro ámbito de acción, perseguimos una meta: combatir al crimen.

En la realidad reciente de nuestro país esto, combatir al crimen, tiene el significado irrenunciable de recuperar nuestras libertades.  Y, por tanto, nuestras calles, nuestras ciudades, nuestras instituciones permeadas por el poder criminal y, no menos importante, nuestro futuro común.

De eso trata lo que hago.

No tejo chambritas.  Por lo tanto no estoy apoltronada en un sillón de la sala con las agujas y el estambre sin que nada de la realidad externa me disturbe.

Soy más bien de chaleco antibalas y lengua muy larga.  Soy, en mi posición, hasta donde logro derribar puertas, barreras, escritorios públicos, muy ejecutiva en impulsar desde cambios estructurales hasta simples rotaciones que permitan paliar, combatir eficientemente la corrupción en el sector público, en los distintos escalafones de gobierno, en las cárceles, en las policías.  Corrupción, complicidad, contubernio que es el arma más aniquiladora con que cuentan los criminales.

Rutinariamente soy un inmenso dolor de cabeza para mis jefes por mi necedad en exponer esto ante sus ojos, por convertirme en el más incómodo de los mensajeros.  Insisto, además, en ser el interlocutor más severo de su realidad.  No es un ejercicio fácil para ninguno de quienes lo protagonizamos.

Si no hubiese corrupción en el ámbito de aplicación de justicia, en el Ejército, en todas las policías, en las oficinas de funcionarios públicos de primer nivel, en el poder judicial, y en la patrulla de la esquina no habría impunidad para los asesinatos, miles y miles, que venimos arrastrando sin poder detrás de rejas a los responsables.  No tendríamos levantones, secuestros, extorsiones y tanto que ha venido destruyendo usos y costumbres sociales que eran esenciales para los mexicanos.

Hoy vivimos pendientes de “códigos rojos”, de balaceras, de cabezas aventadas en la calle, de manifestaciones de víctimas, de todo aquello que deberíamos haber eliminado de nuestra realidad hace muchos años.

No es un secreto que regiones de nuestro país están, brutal y enteramente, en manos criminales.

De eso trata mi afán, mi vocación, mi trabajo desde hace muchos años.  De parar esto.  De no permitir.  De no cerrar los ojos y ocultar mi cabeza frente a lo que sucede.

De ver, de enterarme, de hacer, de cambiar, de confrontar, de organizar, de cerrar caminos a los criminales.

Básicamente, diría, mi trabajo consiste en romper este círculo vicioso aplastante donde el poder público se imbrica con el poder criminal y nada, absolutamente nada, puede proteger al ciudadano común de su contubernio.

A eso me dedico.  Donde me lo permiten.  En unos lugares, como Quintana Roo hoy, más que en otros.

Por lo tanto no espero, jamás, recibir en casa al Club de Tejido de la Colonia… Cuando uno decide con toda la fuerza de sus manos destruir, confrontar intereses de complicidad ancestral para comerciar droga en un penal, por citar algo, o convivencia perversa de autoridades con criminales para vender droga en la calle o dejar escapar a los criminales, uno no puede sino esperar una respuesta de estos.

No estoy jugando con tontos ni mancos.  El poder criminal, sea en las oficinas públicas, en las policías, en las cárceles o en las calles, es justamente eso: Un poder.  Y vaya que he aprendido a conocer cuán grande puede ser, cuánto puede mover en lugares que jamás hubiese imaginado.

La decisión que tome hace muchos años, y que conoce, padece diría, mi hijo es muy simple: No ponerme de rodillas ante este poder.  Es decir, no ponerme de rodillas por igual ante los funcionarios públicos corruptos que ante los criminales. Para mí son lo mismo: una pandilla de mugrosos que no merecen sino el rechazo social y la aplicación de la ley en toda su extensión.

Yo elegí, por tanto, hace muchos años, el lado correcto de la vida.  De mi vida.  De mi hacer. De mi ser.

Es lo que es válido para mí.  Cada uno tendrá su propio espejo o sus pretextos, el tema y en esto coincido plenamente con Felipe Calderón, es de principios, de moral, de una decisión interna irrevocable.

Por lo tanto me he acostumbrado a vivir no entre sillones apoltronados, estambre y agujas de tejer sino entre amenazas. Que no me asustan, que me ocupan y también me preocupan.

Este es el ámbito en que llega la manta firmada por “Los Pelones” que fue colgada de un puente en la carretera Playa del Carmen-Cancún la madrugada del día 27 de mayo del 2012, coincidiendo con una reunión de procuradores internacionales a la que debí asistir.  Manta donde con lenguaje soez amenazan “colgarme” en ese puente después de “reventarme” y “darme por el culo”…

Como no soy policía debo contener el deseo de salir a investigar, de saber por qué eligieron ese sitio tan cercano a casa del Presidente Municipal, con policías de guardia en su perímetro, y muchos otros temas que siguen inquietándome.  Como ciudadano con obligaciones he puesto la investigación en manos de la autoridad federal que es a quien corresponde.  Lo hago como un acto de buena fe y civismo.

Una y otra vez he dicho, he escrito que la cualidad militar de exceso de confianza ha sido determinante en los asesinatos de muchos jefes militares, incluso generales recientemente asesinados.  Confiar en su propia expresión de poder, incluso físico, ha sido nefasto.  No es mi caso.

No voltear a ver hacía atrás, a los lados, es un falta imperdonable si estamos en este ambiente. Así, el general Acosta Chaparro con tantos años en este medio no detectó que su asesino lo venía siguiendo. No revisar primero las habitaciones de la propia casa al entrar, como sucedió con el asesinato del comandante Millán es dos veces más imperdonable. Insisto no es mi caso.

Otro dicho policiaco dice que si no te toca aunque te pongas… Y creo que es verdad.

Nadie tiene comprada la vida, por lo que cotidianamente intento ponerme tablas con los seres que quiero y no tener pendientes ni deseos postergados.  Vivo intensamente cada día, en lo mío, en mi trabajo, en mi espacio, con mi gente, intentando construir puentes de comunicación y amor que nos permitan, juntos, un poco más de armonía, y si se puede de felicidad.  Por lo tanto, cada día, estoy lista para lo que corresponda.  Para el primero y para el último de los instantes.

No me van a reventar, eso sí lo tengo claro.  Ni a colgar porque ni yo ni la gente que se la juega conmigo todas las horas de todos los días lo vamos a permitir. Repito, hasta donde tope.  Hasta donde nos toque perder pero no nos van a encontrar ni el descuido ni en la apatía.  Sabemos de qué lado masca la Iguana. No nos va a ganar la cobardía, que es la característica principal de los asesinos a sueldo.

Dicho todo lo anterior, procedo a hacer un recuento, porque también es importante de cuáles pueden ser los “intereses” de “Los Pelones”, no solamente de ellos, que pueda estar lastimando con acciones respaldadas por la Ley. Voy a ocuparme en eso los próximos días.

La amenaza de muerte, la manta, lo que haya detrás no es más que un incidente de muchos que me permite, una vez más, hacer definiciones y revisiones existenciales siempre saludables.

Soy mayor para aprender a tejer chambritas…

 

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