El pecado del General Secretario

Ciudad de México, 19 de marzo.- Al general Antonio Riviello le molestaba el protocolo que, en su tiempo, obligaba a saludar, todos, absolutamente todos, cuando entraba a la Secretaría de la Defensa Nacional, pese a todos los años de escuchar anteponer el “mi” a su grado. Que significa, exactamente, que los subordinados pertenecen a, que son de. Que la persona a la que se dirigen es, justamente, el que le manda, el que es su jefe.

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De ese tamaño, tan poco entendible para los civiles, es el poder de un titular de la Defensa Nacional. Jefe, general en jefe, de todos los militares. De generales y, también, de soldados. Todos que son todos, muchos.

Es a partir de esa subordinación que cada titular de la Defensa Nacional puede, debe, imponer su estilo. Llevando en su pecho cincuenta condecoraciones o solamente su nombre. Inaccesible o abierto, amable. Distante o solidario. El general Luis Cresencio Sandoval ordenó que los militares que trabajan o que acuden a las oficinas de la Secretaría de la Defensa Nacional utilizaran, como él, las escaleras.

Esto es un cambio brutal. Tan inmenso como que puedas hablar con él, puedas saludarlo o contarle la mayor tragedia, que tiene la solución en sus manos obvio. Es la máxima accesibilidad.

Con ese poder, inmenso, hacía dentro (no hablemos del otro gran poder hacía fuera del mundo castrense) de la estructura militar, el general secretario, el general Sandoval, puede hacer lo que quiera dentro de la Ley. Puede, como acaba de hacer para asombro de muchos, cambiar a su jefe de Estado Mayor en cinco minutos. A su amigo y compañero de la Escuela Superior de Guerra, también del Arma de Caballería. Puede enviar al extranjero, como premio, o como castigo, a quien se le ocurra. Puedo comer o dejar de comer en su oficina lo que tenga en su imaginación.

Por eso, por ese inmenso poder que él, por decisión propia, ha decidido acotar, es absolutamente inverosímil, una más de sus fantasías, el análisis que hace Raymundo Rivapalacio sobre el trabajo que tiene el hijo del general secretario. Un escrito que parte y se regodea en la ignorancia.

El Colegio de Defensa fue por mucho tiempo un espacio cerrado a los civiles, hasta que hace pocos años un civil que no estaba inserto en alguna de las tres instituciones que pueden enviar a uno de sus empleados a tomar el curso de seguridad que ahí se imparte, duro aprendizaje de un año, consiguió ser admitido. Un civil con voluntad propia.

No conozco a muchos que quieran hacerlo. Yo he dado conferencias a distintas antigüedades de ese Colegio, complicadas, frente a generales y coroneles. Es muy demandante. De ahí que el hijo del general secretario, del mismo nombre, no necesitase nada, absolutamente nada, para en orden y legalmente entrar al Colegio de Defensa.

Dice el columnista que Sandoval hijo fue “enviado” a trabajar con el general Audomaro Martínez. Vaya manera de ofender gratuitamente. Porque si a esas vamos, todos son “enviados” a trabajar, incluso a picar piedra literalmente en Santa Lucía… Es decir, que el hijo de un hombre poderosísimo decidió trabajar, en lo que sabe, en lo que le gusta, con la mayor discreción.

¿Dónde está el pecado?

¿O, se dan casos, es que Rivapalacio preferiría que fuese constructor y participase en las obras del Nuevo Aeropuerto o del Tren Maya? ¿O que vendiese latas de pintura a todas las zonas militares?

El pecado del general secretario, Luis Sandoval, es que su hijo haya trabajado y haya estudiado. Vaya crimen…

El hijo del general, que es conocido por sí mismo en el ámbito de seguridad, hizo la maestría de seguridad en el Colegio de Defensa y regresó a trabajar con mi general Audomaro, que como jefe se las gasta, además. No es miel con pan. Punto.

A partir de esta sarta de trivialidades, manipuladas en su estilo, el “periodista” Rivapalacio hace trizas a los militares. Con la impunidad acostumbrada. ¿Importa? No creo que a mi general Sandoval le quite el sueño, antes al contrario. Lo cierto es que es injusto con un hombre que lleva el mismo apellido, que se llama igual que su padre. Y que toda su vida, como su madre, la esposa del general secretario, que ha sido modelo de honestidad y discreción, ha padecido la carrera, la vocación militar del padre.

¿Sería mucho pedir que lo dejasen escribir su propia historia en paz?

Isabel Arvide / @isabelarvide / EstadoMayor.mx

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