México, 29 de agosto (Milenio Diario).- Entre la historia de la Hidra de Lerna, el monstruo de muchas cabezas, y la del monstruo de la violencia en México hay una triste realidad: La nuestra no es un mito.
Los claros y gravísimos sucesos violentos de los últimos días evidencian una parte no ganada por el gobierno en su lucha contra el crimen organizado.
Preguntarán algunos ¿y cuál es la parte ganada?
La evidentemente perdida es la relacionada con la corrupción aun persistente en dependencias y organismos oficiales, y su infiltración por parte de la delincuencia.
Dos ejemplos recientes ilustran esta afirmación, sin generalizar ni condenar, en su totalidad, la institucionalidad de las corporaciones: La detención de cuatro generales, Tomás Ángeles Dauahare, Roberto Dawe, Ricardo Escorcia y Rubén Pérez Ramírez; un teniente coronel, Isidro de Jesús Hernández Soto, y un mayor, Iván Reyna, acusados de tener nexos con el crimen organizado.
Otro, la balacera, en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, entre elementos de la Policía Federal por el control del paso de droga a través de la terminal aérea.
Las mejores, más fuertes y respetadas instituciones del Gobierno federal para combatir el crimen organizado, y traer paz a los mexicanos, son cuestionadas por la presumible traición de algunos elementos, si a los inculpados se les comprueba delito alguno.
Al término del sexenio, indudablemente, el balance es negativo, aun cuando se ha detenido a cabecillas importantes y un sinnúmero de miembros de las bandas delictivas, muchos de ellos extraditados a Estados Unidos.
Y, dice la mitología, el monstruo del Lago de Lerna contaba con 10, 100 o mil cabezas que renacían a medida que se cortaban, hasta la acción de Hércules, cuando las cercenó todas de un golpe y cauterizó los muñones de sus cuellos para evitar su reproducción.
Algo parecido ocurre en México con el crimen organizado: Mientras más se presumen golpes en su contra, más reaparece. Es nuestra Hidra.
Claro, para nuestro monstruo no existe un Hércules, sino un Presidente de la República abocado, desde el arranque de su sexenio, en exterminar la violencia en un plazo de seis años, aunque ya parecen siglos.
Podríamos contar los eventos trágicos de los últimos seis meses, pero nos ocuparía demasiado espacio; incluso, los registrados del 1 de julio a la fecha, después de un periodo parecido a una tregua electoral, aunque también sería una lista interminable.
Tan sólo con los del fin de semana pasado medimos el tamaño de la tragedia. Tal vez no en el sentido exagerado de Le Monde al calificar a México como “el país más mortífero del mundo” y en donde se vive “una verdadera hecatombe”, pero sí mostrando la imagen de un crimen organizado lejos de verse mermado y, mucho menos, derrotado.
El menos grave, dentro de su propia dimensión y repetido cuantas veces se les ha venido en gana en diferentes estados, fueron las acciones de terror desatadas en la zona metropolitana de Guadalajara, en donde grupos armados bloquearon avenidas y quemaron vehículos, además de tomar las ciudades como zona de guerra.
Tales acciones sólo evidencian la inexistencia de una autoridad respetable o con dominio del orden. El reto y el desafío lo hacen los grupos armados cualquier día y a cualquier hora. Lo mismo ha ocurrido en Michoacán como en Nuevo León y Tamaulipas.
Sin embargo, el hecho más preocupante y de dimensiones incalculables, en cuanto a los alcances operativos de la delincuencia organizada o de la deficiente preparación de los cuerpos policiacos, fue el ataque, el viernes pasado, contra dos supuestos agentes de la CIA (Central Intelligence Agency) y un marino en Morelos, cerca del pasaje conocido como Tres Marías, perpetrado por policías federales.
Cuatro días después, el grave incidente está rodeado de dudas y cuestionamientos, y ninguna autoridad federal, ni de México ni de Estados Unidos, da información concreta.
¿Cuáles son las causas del extremo hermetismo?
Porque pueden no informar, pero las evidencias muestran un lío turbio de corrupción o de ineficacia.
Los 12 federales, hoy en arraigo, quienes dispararon al vehículo con placas diplomáticas, iban vestidos de civiles en cuatro o cinco autos particulares.
Alegan de todo: Confusión, búsqueda de secuestradores, desobediencia de orden para detenerse, pero si no fuera nada eso, ¿quién proporcionó la identificación y ubicación de los estadounidenses; quién organizó el ataque y desde dónde?
Quedan tres meses para concluir este sexenio, el sexenio de la guerra al narcotráfico, y las cosas parecen no haber mejorado, sino todo lo contrario. El miedo cunde en la calle como otro peatón.
La única solución es, como contra la Hidra, cortar cada cabeza del mal, pero no permitir su regeneración hasta el aniquilamiento total.
Pero, sin que suene a mito… ¿y Hércules?
Roberto Cruz
Opinión
Impacto El Diario
