Con demócratas, los mejores momentos de la relación bilateral en seguridad; el caso Cienfuegos, la piedra en la bota

Difícil, complicada y tortuosa. Así será en principio la relación con el gobierno del presidente electo de los Estados Unidos Joe Biden, el demócrata que logró sacar de la Casa Blanca a Donald Trump y su discurso de odio sin límites.

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Pero, paradójicamente, la tormenta causada por la caída del ultraderechista Trump y sus desplantes vengativos no durará mucho. Hay antecedentes claros, innegables, sobre las exitosas relaciones entre los gobiernos de México y los Estados Unidos bajo el mandato de presidentes del Partido Demócrata.

Los años de Barack Obama en la Casa Blanca fueron los años del panismo de Felipe Calderón y del priismo de Enrique Peña Nieto en Los Pinos. Fueron los años de Robert Gates y León Panetta como secretarios de Defensa de los Estados Unidos y de Erick Holder como procurador General de Justicia en el primer periodo de Obama.

Esos años fueron los del general Guillermo Galván Galván al frente de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), del almirante Mariano Francisco Saynez Mendoza como alto mando de la Secretaría de Marina-Armada de México (SEMAR) y de Genaro García Luna como secretario de Seguridad Pública Federal (SSPF).

Fueron, cómo olvidarlo, los años sangrientos de la guerra al narco declarada por Calderón –aunque finja demencia y ya no se acuerde– y que costó más de 120 mil muertes violentas, más de 23 mil desaparecidos, más de 200 mil desplazados y la muerte de al menos 357 soldados y 55 marinos en su mandato; una guerra sin pies ni cabeza que sigue sangrando al país.

Esos años sangrientos y crueles fueron también los de aumentos salariales para las tropas de tierra, aire y mar que por lo menos en ese aspecto no fueron desatendidas en el calderonato. Aún hoy, pese al dolor y la pesadilla, los militares extrañan los años oscuros de Calderón y Galván y Saynez y hasta de García Luna.

En esos años de demócratas y panistas en el poder, entes como la DEA, la CIA, la NSA, el ICE, la ATF, el FBI, tuvieron derecho de picaporte, vía libre, acceso y operatividad casi ilimitada en el país, llevando operaciones de inteligencia antiterrorista, antidrogas bajo el argumento de la seguridad hemisférica.

Felipe Calderón accedió a todo eso, lo permitió, lo bendijo y lo ocultó lo más que pudo hasta que la prensa estadunidense y mexicana, los congresos de ambos países, lo sacaron irremediablemente a la luz.

En esos años, los años azules del azul demócrata y del azul panista, fluyó el presupuesto multimillonario para la SEDENA, para la SEMAR y para la SSPF de García Luna, que lo mismo combatía cárteles que pactaba con ellos. Se compraron y se recibieron en donación –Iniciativa Mérida– helicópteros, aviones y equipo de seguridad. Se adquirieron sistemas de inteligencia con costos exorbitantes y usos poco claros en favor de México.

El segundo mandato de Obama, de 2013 a 2017, fue casi una copia del primero, con León Panetta, Chuck Hagel y Ashton Carter como secretarios de Defensa y Loretta Lynch como procuradora general.

Fueron también los años del general Salvador Cienfuegos Zepeda al frente de la SEDENA y del almirante Vidal Francisco Soberón Sanz como máximo mando en la SEMAR. Entre el periodo de Calderón y el de Peña Nieto, se elaboró unan la lista de 122 objetivos prioritarios del narco a detener –o eliminar–. Más de 90 de esos objetivos cayeron, pero no eran peces gordos. Se trataba de operadores, sicarios, jefes de sicarios y contadores cuya detención no alteró el funcionamiento de la maquinaría del crimen organizado.

Por el contrario: los cárteles se sofisticaron, crecieron, se expandieron y elevaron su capacidad de fuego, de reacción y de control del enemigo. El caso del general Cienfuegos, detenido por presuntos nexos con el cártel del H2, una organización local de Nayarit, lo confirmaría.

Con los republicanos y Donald Trump en el poder y con Andrés Manuel López Obrador en Palacio Nacional la ecuación se revirtió. Se fueron cerrando las puertas de la cooperación desde el lado mexicano, se fueron cancelando los accesos, se restringió la información clasificada, el dato sensible, la inteligencia operativa. La cooperación con la DEA, con el FBI, con el ICE y otras agencias de seguridad estadunidenses se fue a la congeladora.

La caída de García Luna no rompió la cristalería fina de casa ni encendió las alarmas del Estado mexicano. La de Cienfuegos inició llamas que nadie ha sabido ni podido apagar y siguen consumiendo, en silencio, estructuras que eran intocables, monolíticas.

Paradójicamente, los años azules de los demócratas en la Casa Blanca, de los panistas y priistas en Los Pinos, fueron los años dorados de la guerra al narco, de la permisividad agencial en México.
Fueron, y son, los años sucios que hoy tienen a García Luna y a Cienfuegos detenidos en los Estados Unidos y a la SEDENA en entredicho.

Redacción / EstadoMayor.mx

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