México, 28 de septiembre (La Crónica).- No habían transcurrido ni dos semanas desde que había tomado posesión del cargo cuando apareció en Michoacán rodeado de altos mandos militares y vistiendo una casaca de general en jefe con diversas insignias y una gorra con estrellas. Le precedían sendos decretos en los que anunciaba un considerable aumento de salarios a la tropa y con voz decidida anunció el principio del combate franco contra narcos y criminales.
A partir de esa fecha, nuestros medios de difusión han narrado sin faltar momento el inconmensurable inventario de formas en las que los seres humanos pueden ser aniquilados. La crece sin parecer nada la pueda contener; el primer año de la calderonista nos causó estupor saber que habían sido miles los asesinados y muertos en combate por impedir proliferaran aún más las drogas y las armas.
Nuestro asombro se fue dilatando. Las noticias rojas de ayer, eran superadas por las del día siguiente. A los fusilados siguieron los descuartizados; luego llegaron los decapitados y los colgados de y árboles. Para el tercer año del gobierno de Felipe Calderón se habían calculado cerca de 15 mil muertos; algunas fuentes de seguridad señalaban que el cálculo era un exceso, pero nadie podía afirmar que el país, de suyo violento, alcanzaba cumbres de asesinatos cada vez más crueles y sádicos.
A todo lo anterior, el de la república lo justificaba al decirnos que ese combate era necesario ya que, nos decía, no había otro camino.
Llegaron voces del extranjero para ampliar las opiniones internas que documentaban el error de enfrentar de ese modo al narco. Se sabía que en el mayor de consumidores, los Estados Unidos, no había la decisión que moviera a las autoridades yanquis a empeñarse a fondo contra los criminales. No solo eso, se defendía, y se sigue defendiendo allá, como parte de los elementos que conforman su identidad, la venta indiscriminada de armas de todo calibre.
Así, no obstante tener todo en contra, la suma de secuestros, violaciones y asesinatos continúa. (Se dice son 60 mil). Solo hasta después del primer año, se dieron los esfuerzos por tener una diferente, mejor preparada en las técnicas y las estrategias de combate al crimen; se aumentaron los presupuestos destinados tanto al ejército, como a la Marina y a otras sustantivas como la PGR y el Cisen.
En foros distintos y en fechas diversas, el presidente Calderón, al enterarse de que en otros lugares, por ejemplo Holanda y en 14 estados de la Unión Americana se permite la siembra y el consumo moderado de mariguana, afirmó estar en desacuerdo con esa legalización ya que “esto impulsaría a millones y millones de jóvenes a consumir drogas” [9 agosto 2010].
Ciertamente el tema presenta muchísimos ángulos y las consecuencias en el sentido de liberar el mercado de mariguana tienen muchas consecuencias.
Veamos el ejemplo holandés. En Amsterdam son numerosos los expendios en donde se puede adquirir mariguana. Par tal efecto, hay que presentar una pieza de identidad y el dato circula por la red de de todo el país para que la adquisición de la droga no se repita en diversas tiendas. Cierto, es un país pequeño bajo la mirada de una policía eficiente.
Aquí carecemos de ese control y estamos muy distantes de poder ejercer la mirada desde un tablero electrónico nacional.
Como sea, el mero hecho de tratar de impedir llegue la droga a los Estados Unidos cuando allá la toleran, ha tenido un altísimo costo. Desde hace años no solo transitan los cargamentos de estupefacientes hacia los Estados Unidos; buena parte se queda en México y con ello el aumento espectacular que tiene su consumo.
Por ello resulta estimulante la reciente intervención de Felipe Calderón en la ONU cuando exige a las Naciones Unidas “a que no solo participe, sino que encabece una discusión a la altura del siglo XXI que, sin falsos prejuicios, nos pueda llevar a todos a encontrar las soluciones a este grave problema bajo nuevos enfoques”. Sus palabras, expresadas con firmeza y hasta con vehemencia, están enfocadas a establecer un debate universal sobre la prohibición: Las naciones desarrolladas deben asumir su responsabilidad; si ellos no quieren o no pueden reducir el consumo de drogas, al menos deben detener el flujo exorbitante de recursos que financia a los criminales. Y si esto no se puede, es el momento de explorar otras alternativas diferentes al propósito no logrado de reducir el consumo.
¿Por qué Calderón no tuvo esta percepción desde diciembre del 2006; o es que el presidente la tiene hoy en día por la experiencia vivida o será que ya está de salida?
Raúl Cremoux
Opinión
La Jornada

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