Antípodas de la violencia

México, 8 de septiembre (La Razón).- El grupo de consultores de Reporte Lantia publicó recientemente el análisis que corresponde al mes de agosto de 2012 en materia de violencia. En el resumen se advierte que a nivel nacional, según Lantia, la violencia aumentó en 13 por ciento respecto a julio. Chihuahua, Guerrero y Nuevo León son los estados con más ejecuciones en lo que va de 2012. Las tres entidades registraron un aumento de ejecuciones del 39 por ciento respecto a julio.

En agosto, Guerrero fue la entidad en la que se registraron más ejecuciones, por arriba de Chihuahua; Nuevo León pasó del sexto lugar en julio al tercero en agosto. Acapulco, con 107 homicidios calificados ha sido el municipio más violento por segundo mes consecutivo y se ha ubicado por arriba de Ciudad Juárez y Chihuahua en el nivel de ejecuciones. En la primera quincena del mes acontecieron 605, en la segunda 625, para sumar 1,230 con un tres por ciento en aumento. Monterrey reportó 82 ejecuciones; Torreón, 50; Chihuahua, 46; Juárez, 39; Edomex, 33; Culiacán, 32; Fresnillo, Zacatecas, 25; San Luis Potosí, 24 y Cuernavaca, Morelos, 24.

La consultora aduce que la violencia en Acapulco se ha intensificado debido al conflicto entre La barredora y el Cártel de Jalisco-nueva generación, contra Los Zetas y células de los Beltrán Leyva. Mientras que en el Estado de México se debe al intento de Los Caballeros Templarios por dominar la plaza frente a Los Zetas y a La Familia Michoacana. El viejo pleito entre Los Zetas y sus ex jefes del cártel del Golfo explicaría la violencia creciente en Zacatecas y San Luis Potosí.

Lo cierto es que, espiral que se alimenta a sí misma, la violencia en el país no cede. De ocho homicidios por cada cien mil habitantes que contábamos en el 2007, estamos ahora cerca de los 24 por cada cien mil. Esto significa que la cifra de homicidios dolosos se ha triplicado en México.

Era de esperarse que una situación así repercuta en nuestras calificaciones en el índice de competitividad del Foro Económico Mundial. Los avances en el entorno macroeconómico se ensombrecen a la hora de calificarnos en materia de seguridad. En el concepto de “costos para los negocios por crimen y violencia” nos ubicamos en el lugar 135 de un total de 144 y en la confiabilidad de nuestras policías, en el 134.

La violencia, pues, no cede. Ni parece que vaya a disminuir con la estrategia actual.

Por ello resultan lastimosas las declaraciones de Miguel Ángel Osorio, coordinador de diálogo político y seguridad para la transición del nuevo gobierno, quien reiteró: “los elementos del Ejército, la Marina y la Policía Federal se mantendrán en las calles para combatir a la delincuencia organizada, hasta en tanto se definen las nuevas políticas de seguridad en el país y se modifique la estrategia contra el crimen organizado. El compromiso de no quitar a los soldados, a la Secretaría de Marina que hoy está en varias entidades, sigue firme, no serán retirados en tanto no se apliquen las nuevas estrategias. Una de ellas, fundamentalmente, será la coordinación con los gobiernos estatales y municipales para establecer un vínculo que permita frenar este mal y a quienes creen que se pueden apoderar del territorio mexicano”.

No se advierte, en esas declaraciones, que el gobierno electo tenga ya preparada una estrategia para enfrentar el tema.

Empero, en otros contextos comienzan a buscarse alternativas para abordar la cuestión. Algunas de ellas se analizan en el texto, recientemente publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo titulado Antípodas de la violencia. Desafíos de cultura ciudadana para la crisis de (in)seguridad en América Latina. Los coordinadores del estudio son Antanas Mockus, Henry Murraín y María Villa.

El análisis pone el acento en el desarrollo de la centralidad de la cultura ciudadana, para maximizar las políticas convencionales en materia de seguridad. Estudia, en otros términos, cómo los hábitos, las creencias y los comportamientos y actitudes de la ciudadanía, son los que generan condiciones de posibilidad para enfrentar la violencia y lograr entornos de convivencia armónica.

La cultura ciudadana es, al cabo, esencial para enfrentar la inseguridad y debe jugar un papel central. Hasta hoy su rol es marginal.

Renato Sales H.

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