México, 19 de agosto (El Universal).- Números y más números. Cifras que indican cuántas vidas se pierden a diario, por mes, por año. Datos de homicidios por cada cien mil habitantes que suben y bajan, que muestran tendencias que no siempre entendemos. De pronto, el cuerpo de un ser humano, uno sólo, es desmembrado, descuartizado, y sus restos se cuelgan de un puente, para que todos lo miren, para que los fotógrafos lo retraten y la imagen, con su mensaje, transite por nuestras televisiones, por nuestras redes sociales, por nuestras mentes. Ese cuerpo desmembrado, deshumanizado, le dice a nuestra psique (con razón o sin ella) que las cifras que nos avientan son engañosas, que nuestra colonia, nuestra ciudad, nuestro país, son inseguros, que alguien nos domina. Morimos de miedo. Decidimos alterar nuestras rutinas, nos mudamos, nos guardamos. Esa sola fotografía del cuerpo colgando a la luz pública nos ha afectado irremediablemente.
¿Còmo debemos nombrar este fenómeno?
El debate acerca de la presencia del terrorismo en México lleva ya algunos años. Es un debate legítimo, y no debe de minimizarse. La historia está llena de ejemplos en los que algunos políticos empean discursivamente la existencia de esta expresión para justificas invasiones, intervenciones, agendas, violaciones a los derechos civiles y humanos. Algunas sociedades, con tal de combatirle, han estado dispuestas a sacrificar sus más preciadas libertades. Pero el terrorismo no es en sí mismo un fenómeno inventado o diseñado por quienes le utilizan discursivamente, sino una categoría específica de violencia, una estrategia empleada por actores concretos para conseguir determinados objetivos.
En México, algunos han dicho que esta manifestación sí se encuentra, presente; otros han dicho que de ninguna manera. Algunos, como yo, hemos preferido hablar de cuasi-terrorismo para diferenciar y matizar. El argumento más importante sostenido por académicos y analistas que prefieren evitar este tipo de lenguaje tiene que ver con que la mayor parte de la literatura acerca del terrorismo lo entiende como una estrategia de motivaciones eminentemente políticas, De acuerdo con el especialista Gadi Adelman, el 65% de las definiciones sobre esta expresión afirman que el terrormismo es un fenómeno político.
Respecto a nuestro país, podríamos entrar a ese debate y quizás sería de interés para algunos. Podríamos decir por ejemplo que a pesar de que 65% de las definiciones refieren a motivaciones políticas, no hay un consenso al respecto y existe también una literatura que ha optado por actualizar y expandir su comprensión sobre las causas que engendran al terrorismo y entenderlo en cambio como una estrategia que puede ser empleada por actores de toda índole, no sólo por actores políticos. O bien, podríamos entrar en a la discusión argumentando que lo político no siempre está tan claramente delimitado. Un cártel, aunque sus metas orginanles pudiesen ser económicas, pero que paulatinamente va penetrando en la esfera del poder, y que opta por incidir en la opinión o en la conducta de la sociedad para provocarle terror y sujetarle a sus redes de dominación ¿está exclusivamente impulsado por la economía y por sus ganancias?
Una organización criminal que busca generar pánico a quienes no cumplen con sus mandatos y que por tanto invade un monopolio de la violencia que teóricamente debería ser posesión exclusiva del Estado ¿no ha rebasado lo comercial y ha incursionado en el mundo de la dominación y la lucha por el poder? ¿Qué entonces significa estar políticamente motivado? ¿Exclusivamente el tener una ideología por motor?
Pero independientemente cómo contestemos esas preguntas, hay ciertos aspectos mínimos que quizás muchos podríamos acordar: (a) En México quizás hasta ahora no hemos presenciado incidentes de terrorismo clásico, sino otra cosa. Yo le he llamado cuasi-terrorismo; Brian Phillips, el especialista del CIDE, ha dicho que son actores criminales que emplean tátcias terroristas, (b) Necesitamos actualizar nuestro entendimiento del fenómeno y adaptar al caso mexicano los conocimientos internacionales que existen al respecto; (c) El cuasi-terrorismo, o tácticas terroristas, o como se guste llamar a esta manifestación, contiene varios de los elementos básicos del terrorismo clásico, aunque no todos; (d) Entre esos elementos, de manera destacada podemos mencionar la manipulación de un acto o ataque violento como herramienta para producir una afectación masiva en las opiniones, actitudes o conductas de las personas, empleando el terror como vehículo, (e) Por lo tanto, llámese como se quiera llamar a este tipo específico de violencia, nuestra población hoy está ya padeciendo efectos psicosociales de estrés y trauma tan gravres o incluso superiores a los países donde se presenta terrorismo clásico ( esto está ya documentado por las investigaciones que hemos efectuado) y (f) Este último punto es el que hay que atender.Debatamos, argumentemos, adelante, pero combatamos los efectos psicosociales con estrategias de prevención, intervención y post-vención que se han diseñado para este tipo de casos.
Atendamos a estas otras víctimas, las del trauma, las del pánico, las que viven bajo tensión, y que como lo demostramos, no se encuentran únicamente en los municipios con mayores índices de violencia, sino en todo el territorio, Porque nuestro país los criminales no sólo matan, sino que nos muestran con toda su crudeza, nos lo exhiben, y no somos de palo. Entendamos que nuestra mente colectiva se encuentra gravemente afectada. Y luego, con gusto, seguimos la discusión
Mauricio Meschoulam
Opnión
El Universal
