México, 21 de septiembre.- Quienes vivimos el sismo de 1985 recordaremos, siempre, aquella mañana de muerte y caos con una autoridad paralizada. Como admitiría después Miguel de la Madrid, la tragedia nos había rebasado.
A treinta años de distancia, uno tiene que preguntarse por qué hoy el Gobierno de la República parece quedarse un paso detrás de lo que la ciudadanía, incluso la realidad exige.
La capacidad de respuesta del Estado se mide, también, por la oportunidad de sus acciones.
Tal vez en 1985 el Gobierno no reaccionó con la prontitud pertinente porque no existían protocolos que enfrentasen un sismo de esa magnitud, ni siquiera el Plan D-N3 estaba hecho para tomar control de inmediato en una situación de desastre. La sociedad demostró, en contraste, que lo único importante era la voluntad, fuese para escarbar entre los escombros o para recoger a los muertos que se fueron amontonando en lo que era un estadio de béisbol.
Esa lección es lo que debemos conmemorar con especial énfasis este septiembre: La capacidad de la sociedad de transformar la realidad en situaciones extremas.
El Gobierno de la República, por su parte, tendría que verse a sí mismo como lo perciben grandes mayorías: Atrás, un paso atrás de lo que se espera.
Basta con referirse al conflicto con los maestros de Oaxaca que paralizó meses la Ciudad de México con sus manifestaciones, que impidió que cientos de miles de niños tuviesen clases. Era suficiente con intervenir sus cuentas, con quitarles el control que tenían a través de los mecanismos políticos vigentes en Oaxaca. Con imponer el mandato legal, con cambiar lo que debía cambiarse.
No era tan difícil. Y no hubo incendios, ni muertos, ni conflictos más graves de los que veníamos padeciendo. Nada a lamentar.
Otro tanto sucedió con la remoción de los responsables de la fuga del “Chapo” Guzmán. Ningún argumento justificaba la permanencia de Monte Alejandro Rubido. ¿Para qué permitir que, contra todo lo que ordena la legislación vigente, hiciera un espectáculo en la televisión de una cárcel de alta seguridad? ¿Por qué esperar tanto en la encarcelación de los funcionarios que, desde el primer instante, se sabían culpables como Celina Oseguera, coordinadora nacional de los penales federales? ¿Qué ganamos con esa defensa absurda?
No puede existir tal ceguera, tanta incapacidad en la autoridad como para tardarse dos meses en “descubrir” lo obvio, lo que millones de mexicanos gritaron contra la posición oficial, contra las declaraciones de Rubido exculpando a todos.
Ninguno puede fugarse de una cárcel de este tipo sin complicidad de funcionarios.
Otro tanto sucede con las averiguaciones contra autoridades bajo sospecha, como son los militares que participaron en Tlatlaya o en Zacatecas, o los policías federales en el enfrentamiento de Tamaulipas, donde mataron a 43 presuntos delincuentes en situación extraña. No puede llevar tanto tiempo exculparlos o sentenciarlos.
Otro tanto podemos decir de Ayotzinapa… No hay justificación para que les tomase casi un año atrapar a uno de los responsables, o ese mismo lapso de tiempo para tener resultados sobre los restos de otro de los normalistas. No se diga la situación de los esposos Abarca, que siguen en el limbo, esperando que un juez dictamine su culpabilidad. Lo que alimenta percepciones de ocultamiento oficial.
Esta lentitud para responder a las demandas urgentes de la realidad, puede originarse, como sucedió en el sismo de 1985, en la falta de protocolos, es decir de una guía que lleve al Gobierno por el camino correcto a tiempo. Puede no tratarse de la persona que tiene el mandato constitucional sino de la estructura misma del Gobierno…
Entonces por qué no cambiar lo que debe cambiarse, por qué no empezar las grandes reformas por la casa presidencial. ¿Qué impide que este gobierno camine con mayor velocidad? ¿Qué detiene la respuesta que exigen millones de mexicanos?
Los focos rojos están totalmente localizados. El principal sigue siendo el terrible del sistema de justicia, en todos sus aspectos. Pero también, con una fuerza negativa tremenda, la tolerancia oficial, presidencial, para ordenar los cambios indispensables. Como es la transformación de las policías estatales, o el urgente sometimiento de los maestros a la Ley vigente.
A Miguel de la Madrid se le cayeron edificios encima, se le vino la muerte con una violencia estrepitosa, pero al día siguiente recorría la Ciudad cuando vino el segundo temblor que lo encontró en el sitio correcto…
Si hace treinta años la tragedia puso a la gente en la calle, no esperemos que sea el hartazgo lo que motive otra movilización social…
Isabel Arvide
@isabelarvide
Estado Mayor MX
