Otra vez la autoridad bajo sospecha, da igual si es Tanhuato o Zacatecas, policía o militar…

México, 12 de agosto.- Igual estamos hablando de un pueblo olvidado de Zacatecas o de un rancho en Tamaulipas, de soldados o de policías federales acusados de matar a presuntos delincuentes con total alevosía, no importa. El fondo es la guerra que nos negamos a entender y/o a negar, a concluir para el bien de la República.

Hoy Tanhuato, aquel enfrentamiento en el que murieron 42 civiles y un policía federal, vuelve a ser noticia porque aparentemente el expediente oficial se ha hecho público y ahí, dice Carlos Loret de Mola, aparece los tiros de gracia y demás.

Como en Zacatecas donde militares “levantaron” para después asesinar a siete jóvenes porque eran “criminales”.

Insisto da igual, el fenómeno social es lo que debería tenernos sin dormir.

Porque son muchos incidentes para que sigamos pensando que han sido aislados, excepción a la regla.

Y porque tener autoridades con licitud para matar equivale al peor suicidio colectivo, a que una noche vengan por ti a tu casa sin razón alguna.

Lo que no entienden muchas autoridades, grandes sectores de la sociedad, es que todo comenzó cuando el presidente Felipe Calderón decidió declarar la guerra a un enemigo omnipotente y aterrador.

Aquel día de inicio de su mandato constitucional en Michoacán cuando, con una chaqueta militar que le quedaba grande, partió el universo entre buenos y malos, gente del Gobierno y enemigos.

Cuando comenzaron, nuestras autoridades, a saber, sentir, imaginar que debían abatirlos, vencerlos, derrotarlos para salvar al país.

A partir de ahí todo está imbricado en una razón moral.

Alrevesada, pero una razón moral.

Cuando los militares van a entrenamiento, o sus jefes a las distintas escuelas castrenses, les enseñan que deben defender a la patria con sus vidas, que deben atacar al enemigo que quiera someter a la nación, que son guardianes de nuestra soberanía.

Y luego vino Calderón a decir que estos, criminales, eran enemigos de la patria que tenían controlado el territorio nacional, que destruían valores, que arruinaban a familias, que envenenaban a los niños con droga.

En fin, que eran los peores entre los peores, asesinos sanguinarios.

Que frente a este enemigo había que salvar al país.

Seguramente entonces, como ahora, criminales tenían sometida a la sociedad de poblaciones enteras. Y me queda claro que había que poner orden, que no había policías confiables (como sigue sin haberlas), y que eso era una guerra.

La diferencia es que para mí, como para millones de mexicanos el vocablo guerra tiene una acepción, una traducción equis. Ajena a nuestras costumbres, vocablos, honores, valores, uniforme.

Y para los militares no es así, guerra es justamente eso: una guerra que debe librarse para ganarla frente a un enemigo.

De ahí viene la permeabilidad. El sentimiento moral de que se está haciendo lo correcto, lo que corresponde, lo que es obligación.

Esto, porque sus jefes e instructores son militares, se transmite con igual fuerza a los policías federales que como los soldados están convencidos “que viven, vivimos todos una guerra que debe llevar a aniquilar al enemigo. Si a esta muy peligrosa ecuación le agregamos la adrenalina de compañeros secuestrados, torturados, asesinados por los criminales enemigos, las consecuencias son terribles, son justamente las que estamos viviendo.

Pero, insisto, el problema es la declaración de guerra oficial, hecha por el primer mandatario en su momento, es decir, por el comandante en jefe de todas las fuerzas armadas.

Cuando logren comunicarle a decenas de miles de militares y policías federales que no vivimos una guerra, que los jóvenes que se han incorporado a grupos criminales por falta de oportunidades no son enemigos que deben exterminar, todo tendrá que cambiar.

A no ser que, por el contrario, sí estemos viviendo una guerra y lo que deba cambiarse sean las leyes, para declarar un “Estado de Omisión” donde sea legal matar a los “enemigos” en cualquier circunstancia.

La verdad es que ya va siendo tiempo de que el Gobierno tome una decisión en este ámbito, o se asumen las consecuencias de una declaración de guerra que pone a militares y policías con formación militar en la calle, fuertemente armados y dispuestos a aniquilar al enemigo, o se detienen las masacres porque no vivimos en guerra. Así de simple.

De otra forma el doble mensaje a las fuerzas del orden público, a las instituciones, a los uniformados va a ser cada día más peligroso, no solamente en la contabilidad de los muertos…

Isabel Arvide

@isabelarvide

Estado Mayor MX

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