El derecho de tener tu propio espacio público

México, 28 de mayo.- Hace días nos encontramos en la puerta de un restaurante, y hasta ese momento me percaté de que Aristegui es muy joven. Sorprendentemente joven frente a la imagen pública que tiene.

Es tan joven que no le tocaron las redacciones con máquinas de escribir, o enviar una nota a través del télex, picando una tira que después debía ser… tampoco esos gritos de “hueso” para que el ayudante llevase una copia-adelanto de la nota cada tarde. Siempre contrarreloj.

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Hace cuarenta años, Carmen no lo vivió, la primera batalla como mujer periodista era conseguir que dejasen de confundirte con la secretaria. No había mujeres en las fuentes “serias” y rutinariamente éramos consideradas, por el señor director, muy eficientes cubriendo espectáculos o eventos sociales. O muy adecuadas para ser invitadas a “cenar”.

Luego, siguiente batalla, había que obtener un espacio en el autobús de prensa que correspondiese, entre empujones y burlas de los señores reporteros que te veían como un estorbo o un par de tetas a disposición. Y si te caías, me pasó, había que levantarse con cara de palo…

Los jefes de prensa eran el horror personificado, la negación permanente. Y no había cómo probar que no eras corrupta porque a tu nombre se quedaban con los sobres de “apoyo”. Y ni con quién acusarlos de lo inexistente.

Escribir de política era un sueño, tan inalcanzable por los caminos convencionales donde comenzabas cubriendo policía para, miles de años después, llegar a la fuente política, a la presidencial y, tal vez, solo tal vez, tener un espacio en primera página con tu opinión.

Tanto sexismo, tanto machismo a vencer en todos los ámbitos… cuando me dieron el Premio Nacional de Periodismo, primera mujer en recibirlo en el género de opinión, me quitaron el derecho de leer el discurso oficial… coincidente con el asesinato de Manuel Buendía.

¿Qué era la censura para nosotros? Tu nota convertida en una bola de papel en el bote de basura. Una llamada a la dirección general cuando ya éramos “senior”, adultas, importantes. Una explicación. O la promesa de permitirnos cubrir el siguiente evento, una guerra, algo pleno de noticias.

Por sobre todo, la censura era algo connatural, que estaba aceptada, que se convertía en parte de tu vida cotidiana, comenzando por ti misma, por todas las limitantes que te imponías para conseguir ser publicada.

Hasta la fecha conservo esa inquietud en la boca del estómago cuando abro el diario buscando mi nota, pensando que no fue publicada. Y si estoy fuera hablo, pregunto, quiero estar cierta de que, por ese día, logré pasar todas las barreras que tiene este oficio.

Por eso al ver a Carmen le dije que ya había ganado. Y me quedé con las ganas de contarle lo asombroso que nos parece, a una generación de mujeres periodistas, que el tema de su libertad de expresión, de su relación laboral, se discuta en los medios.

Eso sí que es asombroso. Un cambio tremendo.

Porque la señora Aristegui está peleando, en todos los tribunales, por mantener su derecho a hacer periodismo. El periodismo que ella quiere y sabe hacer en un espacio que ella siente le fue arrebatado.

A mí me conmueve, me deja frita de envidia, que una mujer periodista asuma que tiene un espacio suyo, y que de acuerdo a esta premisa, decida luchar por mantenerlo. Y que crea que esto pueda ser resuelto en tribunales o, incluso, en la Suprema Corte de Justicia. ¡Qué hazaña permitirte pensarlo!

Cuando salí de la dirección del diario SUMMA, por aquel encabezado del primero de diciembre que decía: “Decepcionó el Gabinete”, mi preocupación más grande era de qué iban a vivir los 39 trabajadores y reporteros que abandonaron su trabajo por la imposición de censura que pretendía la empresa.

Pensar que en ese tiempo, y no hace tanto, parecía “legítimo” que el jefe de prensa de Presidencia impusiera un “censor” en la redacción…

Imposible, ante esa realidad, siquiera imaginar un pleito legal. Y no era una casa lo que estaba en discusión, apenas un encabezado.

Me conmueve Carmen Aristegui. Profundamente. Y no hablo de sus capacidades profesionales. Lo que a mí me estremece es que una mujer periodista insista en pelear, con todos los argumentos legales y mediáticos, un derecho que las generaciones de mujeres que la antecedimos no pensamos siquiera que podíamos tener: El derecho de tener tu propio espacio público.

Por eso, por atreverse a pelear, es que ya ganó.

Isabel Arvide

@isabelarvide

Estado Mayor

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