México, 15 de julio (24 Horas).- El general, en rango policial no militar, Óscar Naranjo, ex jefe de la Policía Nacional de Colombia, se integró a la campaña de Enrique Peña en calidad de asesor en temas de seguridad y narcotráfico, pero lo que se esperaba fuera un movimiento de demostración de que la guerra contra los cárteles de la droga seguirá por la misma ruta, el desconocimiento que éste tiene de México y sus declaraciones protagonistas, lo metieron a él y al entonces candidato, en dificultades, y fueron criticados por todos: el presidente Calderón, el candidato de las izquierdas e, incluso, en Washington tampoco fueron bien recibidas sus declaraciones.
El equipo de Enrique Peña Nieto propició un espectacular nocaut a la campaña de Josefina Vázquez Mota cuando, en la parte final de la contienda, anunció que el famoso general Óscar Naranjo se incorporaba al equipo del entonces candidato. Naranjo, que había renunciado a su cargo como jefe de la Policía Nacional de Colombia en medio de un pleito soterrado con el presidente Fernando Santos, tenía pensado incorporarse al Tecnológico de Monterrey y asesorar al presidente Felipe Calderón y a la candidata presidencial de su partido. Los priistas, en la perversidad táctica, se les cruzaron.
El general Naranjo, autor intelectual de la propuesta de Vázquez Mota de crear una policía nacional militar, fue reclutado por el hoy alcalde electo de Huixquilucan, Carlos Iriarte, que pertenece desde hace más de una década al grupo mexiquense identificado como los Golden Boys, del que Peña Nieto era uno de sus selectos miembros, y había trabajado en el Cisen y en la dirección de Seguridad Pública del Estado de México. Para lograr el contacto, Iriarte tuvo el apoyo de un agente del FBI en México, con quien Naranjo ha tenido una relación profesional particular.
La incorporación de Naranjo recibió enormes elogios en la prensa nacional y extranjera, aunque el general –en rango policial no militar-, no sabe realmente nada sobre México. De acuerdo con asesores de Peña Nieto, el propósito era enviar un mensaje a Estados Unidos de que, a diferencia de lo que algunos sectores pensaban de que el regreso del PRI sería abrir la puerta a una negociación con los cárteles de la droga, la incorporación de Óscar Naranjo demostraría que no sería así. Su integración al equipo de Peña Nieto como asesor en narcotráfico, fue muy mal recibido por las Fuerzas Armadas, que se vieron relegadas. Igualmente, la criticaron el propio presidente Calderón, Vázquez Mota y el candidato de las izquierdas Andrés Manuel López Obrador. Los destinatarios del mensaje en Washington tampoco lo recibieron con satisfacción.
México no era Colombia y Naranjo, para algunos de los más connotados expertos en narcotráfico y seguridad nacional, tampoco era el idóneo. Protagonista, Naranjo se metió rápidamente en problemas. En una reciente entrevista con la agencia de noticias estadunidense AP, dijo que había propuesto a Peña Nieto crear unidades de élite policiacas y militares para combatir a los jefes del narcotráfico y a los sicarios –similar al Plan Colombia pero que en México sería el equivalente a guardias blancas-, y se comprometió, aparentemente con la voz del candidato vencedor, a reducir la violencia en los primeros tres meses del nuevo gobierno.
Naranjo colocó a Peña Nieto en un problema profundo. Bajar la violencia en tres meses es visto en Estados Unidos, donde calculan que en ese periodo es posible que se incremente porque los cárteles buscarán aprovechar los vacíos del relevo de mando, de manera totalmente opuesta. ¿Cómo se puede reducir la violencia como lo plantea? Pues sólo negociando con ellos, confiaron funcionarios en Washington, que es lo que temían del nuevo gobierno. Días más tarde, interrogado por la prensa al respecto, Peña desautorizó discretamente a su asesor, cuando dijo que el plan era reducirla, en efecto, pero como resultado de un plan de tres fases a corto, mediano y largo plazo.
Naranjo había metido a Peña Nieto en un problema, pero no sería el único. A diferencia del primero, que fue responsabilidad directa de él, hubo una externalidad impensable con el movimiento social opuesto a la candidatura de Peña Nieto, sobre el cual se montó la guerrilla, y en especial el EPR, que emitió varios comunicados previos a la elección para denunciar el fraude. El EPR no contextualizó el arribo de Naranjo como parte de la lucha contra el narcotráfico, sino como un represor de movimientos sociales. En las redes sociales, sus afines lo llamaron “fascista”, que es como en varios momentos han llamado a Peña Nieto por el uso de la fuerza en Atenco, hace casi seis años, cuando un grupo de comuneros y activistas que se oponían a la construcción de un nuevo aeropuerto en la Ciudad de México, fue reprimido.
El EPR, montado en las emociones –como definen- del movimiento, ya hizo sugerencias para lanzarse a la lucha armada y formas de organizarse. Encontró la guerrilla un vehículo para movilizarse en las calles de la Ciudad de México con el pretexto perfecto de resistir una Presidencia de Peña Nieto, y a un asesor como el general Naranjo, detonador involuntario –salvo por ingenuidad y protagonismo- del escenario nunca previsto en el equipo del priista. Como decían en México y Estados Unidos, el general, no era el más apto para el cargo de asesor, y el propósito por el cual fue invitado a integrarse al equipo del priista, ha probado haber tenido más costo que beneficio.
Raymundo Riva Palacio
Opinión
24 Horas
