Don Julio…¿puede un periodista trascender?

México, 12 de enero.- Julio Scherer murió con la congruencia con la que vivió.  Y eso se traduce, también, como discreción.  Y en la mayor lejanía con el poder.  Que explica la negativa familiar a homenajes que no hicieron falta para significarlo nacionalmente como el abanderado de la libertad de expresión.  Todo lo que se escribió de su persona permite valorar la trascendencia del periodismo.  Es decir, de escribir la historia cotidianamente.

Este fenómeno de apreciación de un hombre, como todos los humanos, con claroscuros acontece en tiempos muy negativos para la libertad de expresión, lo que haces doblemente   importante ponderar ese estilo de hacer periodismo, de ser reportero que cada día está más lejano.

Scherer vivió para contar lo que creyó que valía la pena que otros supieran.  A su manera, tratando por igual a una mujer encarcelada por presuntos vínculos con el narcotráfico que a un mandatario.  Buscando el valor de la noticia en cada acontecimiento o persona que estuvieron bajo su lupa, en su contacto, en su entorno que fue tan grande como él quiso que fuese.

La frase hoy famosa de que valía la pena entrevistar al mismo diablo demuestra esta vocación que tanto trabajo cuesta encontrar en los medios de comunicación que se publican en este siglo.

Su estilo fue de “puya”, corto, de frases directas, sin rebuscamientos ni protagonismos innecesarios.

Este es el Scherer que  trasciende en sus escritos, en sus libros, en sus entrevistas.

Su historia, por el contrario, lo define como un ser público que enfrentó al poder y la censura oficial.

Las nuevas generaciones no entenderán nunca lo que esto fue.

Como tampoco quienes se sienten émulos de Scherer en un país que ha cambiado enormidades pueden siquiera imaginar lo que costaba ir contra el control oficial de los medios en una sociedad sin redes sociales y donde la mayoría de los medios prefería estar bien con el gobierno en turno que cualquier noticia.

A muchos nos parece que la amargura de salir de la dirección de Excélsior, siempre presente en sus escritos, no permitió que Julio Scherer terminase de apreciar y, sobre todo, de dimensionar lo que hizo a su salida. Quienes hemos sido directores de un diario comprendemos que nada iguala a esto.

Tal vez ya no se necesiten acciones tan violentas como esa confrontación con el Presidente Luis Echeverría Álvarez, ni tengan sustento o razón de ser semanarios independientes, pero el espíritu que existió detrás de esto sigue siendo razón primaria y emocional para hacer periodismo.

Cuando en Francia se viven las peores horas para la libertad de expresión, cuando en nuestro país ser periodista se ha convertido en una profesión muy peligrosa por razones ajenas al poder público, cuando las redes sociales conforman una nueva forma de informarse, lo que pervive es la fuerza brutal de la vocación libertaria del auténtico periodista, del hombre o mujer que persiguen su verdad y la forma de comunicarla por encima de todo y con todos los costos posibles.

Mirar la historia, la vida y la muerte de Julio Scherer es tiempo propicio para reconocer a estos periodistas, y sobre todo para depurar nuestra realidad de los falsos “Mesías” que creen que con publicar cualquier cantidad de miasma sin documentación se pueden llamar “periodistas”.

Isabel Arvide

@isabelarvide

Estado Mayor

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