La muerte que no conmueve…otro general asesinado por soberbia

México, 6 de noviembre.- Esa tarde en Piedras Negras el calor del desierto rebasaba la capacidad del rudimentario aire acondicionado de la muy modesta oficina, lo que hacía más tenso, complejo, el diálogo de sordos. Mi necia exposición sobre los peligros que corría, las precauciones que debía tomar, mi insistencia en la necesidad de contar con escoltas, de cambiar el vehículo que usaba, de no seguir pernoctando en un departamento con ventanas a la calle, no eran más que palabras sin eco. Mi interlocutor era un coronel, encargado hacía poco más de 15 días de la seguridad municipal, amenazado de muerte por “Los Zetas”, fustigado por el mismo presidente municipal.

Yo había sido enviada a darle un mensaje de apoyo por parte del entonces gobernador Humberto Moreira. Y a tomar nota de sus necesidades, a examinar juntos la situación.

Dos horas después, necia mi insistencia, más terquedad en las balandronadas de autosuficiencia que en los militares son tan naturales que parecen no existir, más cerrada la posición de “Yo puedo solo” del coronel, regresé a Saltillo en el avión oficial.

Esa misma noche, después de informar al gobernador, preocupada, escribí un informe detallado al secretario Guillermo Galván.

Al día siguiente recibí, pasadas las siete de la mañana, una llamada para avisarme que habían matado al jefe militar. En su automóvil, al salir de su departamento, sin escolta. Y sin que siquiera haya intentado sacar su arma oficial que, obviamente, no tenía a mano.

Lo que viví ese día, entre el funeral, los familiares, el homenaje y la responsabilidad no puede borrarse de mi memoria.

Como tampoco mi certidumbre de que muchos jefes militares, muchos coroneles y generales que en situación de retiro han asumido funciones de seguridad pública, seguirían vivos si no fuese por su soberbia. Por esa convicción castrense de superioridad frente al enemigo a priori que los hace vulnerables.

Una revisión a los asesinatos de militares en funciones de policía en años recientes nos remite a una constante: Iban desprotegidos, sin escolta, sin vehículo blindado, sin armas largas, cuando los mataron.

¿Por qué?

Yo, que viví tantos años tan cerca de jefes militares, tengo una respuesta que no les gusta en el Ejército pero que es verdad: A los militares no les gustan las armas. No como a los policías, no para traerlas junto, no para dormir con ellas, no para rodearse de ellas ostentosamente.

Todo esto viene a mi mente ante el asesinato, en Nuevo León, de un general que ya había recibido amenazas, pero que viajaba sin escolta, sin automóvil blindado… Esto siendo jefe de seguridad en Tamaulipas.

El general Ricardo Cesar Niño Villarreal debe haber imaginado que el mundo es cuadrado porque a muy pocos se les ocurriría mostrar una situación tan extrema de vulnerabilidad en esa región del país. Al menos a muy pocos civiles o policías.

Insisto, es una constancia de más del noventa por ciento de los asesinatos de jefes militares en años recientes, que estuviesen sin escolta. Que se colocasen a sí mismos en situación de total desventaja.

Y es que no tienen la malicia del policía. Ese andar siempre “a las vivas” que es connatural en ellos. Por muchos años dentro del Ejército se vivió la convicción de que a un jefe militar no se le podía hacer daño. De ahí la soberbia de imaginarse a salvo por el uniforme.

¿Qué hacía el general Niño Villarreal en Nuevo León? ¿Por qué viajaba solo, quién es la mujer que lo acompañaba y que fue asesinada junto a él? ¿De quién es el automóvil Tsuru donde fueron asesinados? ¿Por qué no redobló su escolta si sufrió un atentado en octubre pasado?

Lo que sobran son preguntas sin respuesta. Y muchas responsabilidades. O si se prefiere una gran responsabilidad que debe pesar enormidades de quién lo envió a esa “comisión”, o por lo menos le autorizó que la desempeñara.

También quedan preguntas. La más importante de todas si los jefes militares están capacitados y deben, o pueden desempeñar funciones de seguridad pública.

Junto a tanto misterio quedan, también, dos cadáveres. ¿Quién va a hacer los honores, un gobernador que no ha podido hacer nada en el tema de seguridad y que ha quitado de su puesto a varios militares, comenzando por el difunto general Ubaldo Ayala Tinoco, compadre del general Cienfuegos, que fue el primer titular de la Secretaría de Seguridad Pública de Tamaulipas y que renunció a los dos meses porque nunca logró ser recibido por el gobernador?

Isabel Arvide

@isabelarvide

Estado Mayor

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