México, 31 de octubre.- Ríos de agua que inundan la rudimentaria casa de madera y obliga a los niños a subirse en mesas para no ahogarse en la novela de Héctor Aguilar Camín. Es el ciclón “Janet” hace todos los años del mundo, es Chetumal que parece Macondo en la memoria del escritor. Es México sin violencia.
Ríos de gente en la plaza principal de Morelia, apenas hace unos días, escuchando un concierto. Gente que, según Alfredo Castillo, ha perdido el miedo a vivir.
Ríos de cadáveres que parecen surgir de la tierra al conjuro de la atención federal en Guerrero.
Tres imágenes que no me permiten conciliar el sueño. Tres realidades que conforman el hoy que cubre de ojeras el rostro presidencial.
Chetumal hace cincuenta años es tan parecido al hoy, con sus mismos habitantes sobre las calles principales, descendientes de los que nombra Aguilar Camín, que despertaron el asombro y el terror de las dos mujeres que bajaron de un barco que venía de Cuba con sus baúles y sus sueños. Mujeres míticas que darían origen a otras mujeres que tomarían a los pequeños para llevarlos a la gran Ciudad en busca de refugio y futuro.
Historia común para todos. Origen que comparten tantas familias cuyos ancestros soñaban con poder poner en la puerta de su casa una placa que dijese: “doctor”.
Ríos de gente en Morelia, en la misma plaza donde hace pocos años unas granadas destruían la seguridad de esa “plaza” y de Michoacán para siempre. O al menos, para un siempre que parecía eterno en el miedo y la extorsión, el asesinato, la impunidad, el reino de los criminales.
Hace pocos meses el tema michoacano eran “las autodefensas”, después vinieron los videos con “La Tuta”, y la consecuente encarcelación de todos los políticos que fueron sus vasallos, incluido el habitante de “Casa de Gobierno”.
Y tal vez, a juzgar por la imagen que para Alfredo Castillo es el principio del cambio, del mañana, de la paz compartida, hoy estamos frente a ese giro imposible en que los malos han abandonado el escenario para que los buenos puedan festejar.
Ríos de cadáveres en Guerrero donde, por lo visto, las fosas abundan más que la honestidad de los políticos. Restos humanos que dan testimonio no solamente de la violencia sino de una impunidad sostenida por los gobernantes que nos condujo hasta la tragedia de Iguala.
Reunidos los padres con el presidente Peña Nieto juegan a la imposible condición de recuperar a sus hijos vivos, cuando es obvio, no hay forma en contrario, que esto pueda suceder. En Guerrero, en todo el país, se sabe que cuando alguien desaparece no hay otra traducción que la muerte.
Esos padres, dolientes a perpetuidad, llegaron acompañados de quienes piensan que los reflectores son propicios para sus intereses, sean los más legítimos o los más espurios, intereses siempre. Ajenos siempre al dolor. Y juntos, los agraviados mayores y los otros, exigieron delante de las cámaras que los desaparecidos aparezcan “vivos”.
De ahí el rostro agobiado, constreñido, afectado de Enrique Peña Nieto intentando explicar frente a los micrófonos lo imposible.
Regreso a Héctor Aguilar Camín y la más completa, devastadora, inclemente y maravillosa de sus historias publicadas, el recuento de su propia realidad. Hijo por encima de toda otra realidad que sigue en busca del equilibrio exacto entre en su tormento por el exilio a la Ciudad y el encuentro con su madre, que fue, como él mismo dice en sus páginas, el “milagro de su vida”.
Esa historia familiar con la que escribimos la otra historia, la de los pueblos llenos de fantasmas y las plazas llenas de vivos que quieren vivir.
¿Qué seguirá? ¿A dónde iremos cargando muertos propios y extraños?
¿Podremos reinventar nuestra historia a partir de la violencia?
Isabel Arvide
@isabelarvide
Estado Mayor
