México, 18 de diciembre (Reporte Índigo).- Estados Unidos llora. El mundo se estremece. Según información de la NASA, el planeta no se va a extinguir el próximo viernes 21 de diciembre. Sin embargo, antes de que llegue la fecha marcada por los mayas, casi todo se limpia.
Desgraciadamente, no es la primera vez, y mucho me temo que no será la última, en la que una matanza salvaje, absurda y estúpida –tan estúpida, salvaje y ridícula como el mundo que vivimos– cimbra a Estados Unidos y atemoriza a la civilización.
Es verdad que la primera potencia es un país que lleva mal las derrotas, y hay algunas ocasiones en las que no sabe qué hacer. Recuerdo la violencia que se experimentaba a punta de pistola en las calles de Nueva York a finales de los 70 y principio de los 80.
Después de los fracasos de la era Bush, después de Afganistán, de Iraq, siempre tuve miedo de que la violencia fuera la expresión que conquistara o atemorizara las calles.
Eso empieza a pasar, y comienza a ocurrir justo en un momento en el que la situación en México y su relación con Estados Unidos cambia, cambia y cambia todos los días.
Seguramente, antes de final de año estará en Washington nuestro nuevo embajador Eduardo Medina Mora. Inmediatamente después comenzará una carrera contrarreloj para ver si el nuevo embajador en México tendrá asiento de primera fila en los actos de la segunda toma de protesta de Barack Obama.
Todos los presidentes mexicanos han dicho lo mismo respecto a la relación de Estados Unidos con nuestro país: quieren ampliarla y desean apartarla del capítulo de la seguridad. Todos han deseado separarla –especialmente desde el caso Camarena con Miguel de la Madrid–, de la ruta del narcotráfico.
Sin embargo, solo fue en el gobierno de Calderón, quien hoy vive en Cambridge, Massachusetts, muy cercano a Boston, cuando ambas naciones tuvieron una relación narcotizante permanente.
El narcotráfico y el dinero, para arriba, los muertos para abajo, y las drogas siempre en medio. Así fue la relación bilateral, de una manera como nunca antes había pasado durante los seis años que acaban de terminar.
Ahora, Estados Unidos de América quiere cambiar la relación. Esto no significa que desee modificar o dejar, en forma alguna, sus pendientes tan importantes de seguridad. Significa simplemente una cosa: hay otros temas muy significativos que ellos también necesitan resolver, como nos pasa a nosotros, aprovechando este cambio de tendencia.
Mientras tanto, el corazón encogido en ambos lados de la frontera.
De este, del lado mexicano, están los muertos de la guerra del narcotráfico y sus consecuencias que todavía continúan sin aparecer del todo. Y aunque afortunadamente ya no forman parte de la doctrina oficial del presidente, sí han envenenando tantos estratos de la sociedad mexicana, que será difícil sustraerse de ellos, como poco a poco iremos viendo.
Del otro lado del río, en Estados Unidos de América, está la necesidad de articular una esperanza y una salida para que la violencia intrínseca, más los 4 millones de afiliados que tiene la Asociación Nacional del Rifle que consigue atemorizar a una nación de más de 310 millones, no acabe imponiendo el crimen, la sangre y el morbo como únicos caminos para salir de la frustración nacional.
Mientras tanto, en medio del proceso, sólo un hecho es indiscutible: la relación entre México y Estados Unidos se va a desnarcotizar.
Antonio Navalón
#LosPuntossobrelasíes
