México, 22 de noviembre (Impacto El Diario).- Ayer, en su despedida de Michoacán como Presidente, Felipe Calderón estuvo de vena. En Tacámbaro filosofó un poco sobre el por qué Dios pone a prueba a ciertos individuos con determinadas tareas. Se refería a él, desde luego, y a la guerra contra el crimen organizado.
“Dios sabe por qué pone a determinadas personas en determinadas cosas”, dijo textualmente.
Sobra decir que no le discutimos, y menos por atreverse a cantar, más feo y más séntido que este reportero, las estrofas del corrido de “El perro negro”, de José Alfredo.
Pero la realidad sepultó, ayer mismo, la emoción de Calderón.
En la capital de la República, el comisionado nacional de los Derechos Humanos, Raúl Plascencia, le aguó la fiesta con sus cifras escalofriantes.
Nada nuevo: Impunidad y violaciones a los derechos humanos crecieron a velocidad de vértigo en el sexenio. Más aún, el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, no cumplió las instrucciones precisas de Calderón, giradas frente al comisionado.
Como si fuera poco, los diputados lanzaron la primera palada de tierra sobre el ataúd de la Secretaría de Seguridad Pública aprobando, en lo general, su desaparición, a fin de que su estructura pase, íntegra, a Gobernación.
Y con puntería digna de mejor causa, García Luna inauguró, ayer, el museo de la SSP, en el que destaca un espacio en memoria de los policías federales caídos en el cumplimiento de su deber.
Ahí, los niños podrán ver cómo trabaja la Policía Federal y comprenderán la importancia de profesionalizar la labor policial, pero, además, tendrán oportunidad de participar, de manera interactiva, en una situación como lo haría un policía.
Pero no fue lo único amargo de ayer, pues senadores priístas y perredistas aprobaron, en comisiones, ir por la cabeza de 4,000 presuntos panistas incrustados en el gobierno federal en calidad de directores generales y directores adjuntos.
Javier Corral defendió la causa, pero los senadores que buscan el desalojo de los presuntos panistas aducen que el servicio de carrera no puede ser extensible hasta los puestos de confianza.
Hoy, quizás algunos panistas comprenderán que por la chamba, al menos era importante no perder la Presidencia de la República.
Cómo olvidar que la candidata presidencial del PAN, Josefina Vázquez Mota, se quejaba del espionaje telefónico al que, presumiblemente, la tenía sometida García Luna.
Cómo no recordar que la burocracia, de secretario de despacho a directores generales y directores generales adjuntos, sufrió parálisis cuando el candidato de Calderón, el ex secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, fue derrotado por Josefina.
Hoy los defiende el senador Corral, que apenas unas semanas atrás sacudió a la opinión pública con una severa carta, en la que decía contestar insultos que a su espalda le habría enderezado el Presidente.
Hoy, los panistas pagan las consecuencias de la división que ocasionó la lucha por la candidatura presidencial. Apenas es el principio; pronto empezarán las acusaciones de todo tipo en contra de Calderón y de sus principales colaboradores, pero también los ceses fulminantes y la exhibición de parientes incómodos en la cúspide de las nóminas.
Juan Bustillos
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