México, 18 de noviembre (La Crónica).- La decisión está en manos del próximo Presidente de la República, Enrique Peña Nieto: persiste los seis años venideros en la costosísima guerra al narcotráfico o destina los inmensos recursos que ésta absorbe a combatir la . El segundo podría llevarlo a de los mejores mandatarios en la de México; el primero, a convertirse en sosias de Felipe Calderón, a quien este jueves en Tamaulipas llamaron “¡asesino!” y el Coneval le enrostró que tan sólo entre 2008 y 2010 hizo crecer en 3.2 millones el de pobres.
A lo largo del sexenio el Presidente a quien Peña debería negarse emular ha mostrado no tener noción del alcance no sólo moral, sino incluso de sus actos. En los momentos de aflicciones para la sociedad Calderón ha cumplido alegremente sus caprichos personales más pueriles, en especial la conducción de toda suerte de .
En de agudas tribulaciones y hasta situaciones de duelo, los mexicanos hemos visto al Primer Mandatario, divertido, manejando autobuses, militares Sandcat, , Fórmula 1 con Sergio El Checo Pérez como copiloto, Go karts con Bruno Ferrari disciplinado jugando a perder…
El jueves pasado, mientras Calderón conducía sonriente una locomotora, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Social (Coneval) nos hizo ver que lo único que el Jefe de la Nación no ha sabido conducir es la nave del Estado.
Entre un cúmulo de datos y observaciones, por cierto oficiosa y vanamente justificados –la crisis económica, el entorno internacional, las opacidades estatales y , la tía de las muchachas— por el titular del referido organismo, Gonzalo Hernández Licona, conocimos lo siguiente:
La pobreza a secas afecta 52 millones de mexicanos; la pobreza extrema se estancó en 11.7 millones; existen dispersos en el territorio nacional 505 mil 910 hogares a los cuales no llegan los programas Oportunidades ni Apoyo Alimentario, destinados a quienes no tienen ni para comer.
La falta de empleo y la carestía de los alimentos han reducido el poder adquisitivo y limitado la reducción de la pobreza. Desde enero de 2012 los precios de los alimentos han aumentado 8 por ciento en promedio; pero el frijol se elevó 22 por ciento y el huevo 20 por ciento.
Hay escasa coordinación entre 273 programas sociales federales y 2 mil 391 estatales y por lo mismo un acceso desigual a los beneficios, al punto de que se entregan bienes y servicios diferentes a individuos con necesidades similares. Tan sólo del 70 y más en 2011 fueron identificados 13 programas similares.
Y no existen instrumentos de apoyo eficaces dirigidos a la población vulnerable residente en áreas urbanas, susceptibles de ser activados frente a crisis inesperadas.
¡De este tamaño es el miura que le tocará lidiar a Rosario Robles con los ínfimos recursos –de no darse un cambio radical en el orden de prioridades del nuevo gobierno—sobrantes después de destinar el grueso de los mismos a alimentar la guerra perdida!
Calderón, ya está claro, no fue gallo para atender los más acuciantes problemas del país. Su concepción del ejercicio de gobierno virtualmente se agotó en acometer, mal, el problema de las drogas. Campo en el cual entrega cuentas inadmisibles en términos de gasto, aumento del consumo, multiplicación y fortalecimiento de cárteles, diversificación de delitos asociados, y desde luego millares de desaparecidos y desplazados y la pérdida de decenas de miles de vidas humanas.
Esto explica por qué en Reynosa, cerca del templete desde donde el Presidente inauguraba la ampliación de una carretera, un centenar de personas le gritaron “¡asesino!”. Y le mostraron mantas y letreros celebrando el fin de su gobierno. “Felipe Calderón: ¿Qué fue lo mejor que hiciste? Muertos, viudas. ¿Y la educación?”, se leía en una de las pancartas.
Alrededor de 80 mil muertos en la guerra antinarco entrañan una responsabilidad política directa, insoslayable y punible de Calderón, por más que sus periodistas consentidos intentan eximirle de culpa, mientras lloriqueantes lamentan la inminente desaparición de la Secretaría de Seguridad Pública y el supuesto maltrato político de Peña Nieto a Genaro García Luna.
Agradecidos por filtraciones interesadas y otros favores recibidos, esos comunicadores —que en otro tiempo se llenaban la boca criticando periodistas arrodillados ante el poder, los mismos a quienes ellos han remplazado sin vergüenza—se desviven tratando de elevar a García Luna a la categoría de héroe de la Patria. Sin reparar en la tragedia humanitaria de la cual, junto con Calderón, éste ha sido artífice.
A punto de terminar el sexenio y quizá sintiendo cerca el brazo de la justicia, Alejandro Poiré se ha puesto a repartir culpas. La guerra, dijo, ha sido corresponsabilidad del Congreso. Y en honor a la verdad le asiste la razón.
Le deben explicaciones a la sociedad Manlio Fabio Beltrones, José González Morfín, Carlos Navarrete, Emilio Gamboa, Héctor Larios, Josefina Vázquez Mota, Francisco Ramírez Acuña, Javier González Garza, Jorge Carlos Ramírez Marín, y otros obsecuentes e indolentes coordinadores de bancadas.
Por lo pronto, desde el nuevo Congreso se alzó la voz de la senadora Diva Gastélum para señalar que el gobierno calderonista deja el país con la dolorosa cifra de 1.2 millones de mexicanos desplazados de su tierra por la violencia inaudita. Y el diputado Fernando Belaunzarán ya presentó una plausible aunque corta iniciativa para legalizar no la totalidad de drogas, sino al menos la mariguana.
Desde el ámbito de los intelectuales Enrique Krauze aportó un dato deplorable. Las actividades del crimen han robado ya una parte del territorio nacional, en una situación que no se presentaba desde el siglo XIX, dijo el historiador.
La guerra contra el narco –lo omitió Hernández Licona— absorbió este sexenio los cuantiosos recursos que debieron destinarse a vigorizar la política social. Todo, para terminar, en el colmo de la ineficiencia, con la desastrosa política anti-drogas cayéndose a pedazos, en medio de un patético sainete. Con modélicos policías federales consignados por atacar agentes gringos, García Luna y Marisela Morales tirándose de las greñas y el zar antidrogas Cuitláhuac Salinas humillantemente cesado, sin información veraz para la opinión pública.
Mientras con aire de inimputable Calderón se divierte en público las últimas horas de su gobierno y, de seguro, caviloso en la intimidad de su alcoba decide qué clase de ex presidente quiere ser —metiche y pendenciero o silencioso y sobrio—, en el entorno cercano del próximo mandatario hay indicios de persistencia en el error.
En Estados Unidos se extiende de manera acelerada la maniobra de legalizar el uso de drogas con fines supuestamente médicos, y aún de manera abierta con propósitos recreativos, y gobiernos estatales exploran los beneficios fiscales de la legalización y los empresarios detectan áreas de inversión en este campo. Entre los allegados a Peña Nieto sin embargo se percibe el afán de continuar la guerra.
Así lo han dejado entrever Miguel Osorio Chong, Luis Videgaray y otros áulicos. Pero es el mexiquense quien tendrá la última palabra, pues él cargará sobre sus espaldas la responsabilidad de tan grave decisión.
Aurelio Ramos
Opinión
La Razón
