México, 10 de noviembre (La Razón).- Muchas cosas llamaron la atención en las elecciones del pasado martes en los Estados Unidos. Obama llegó a los 300 votos electorales, sorprendiendo a propios y extraños. Lo que parecía que iba a ser una elección muy apretada terminó no siéndolo.
En lo que se refiere a Congreso y Senado de Estados Unidos todo quedó igual, demócratas a controlar el senado y republicanos a los diputados. Los retos para Obama seguirán creciendo tanto en el frente económico, donde el déficit y la economía siguen sin tener desempeños esperados, como también en el frente internacional con Irán cada vez más agresivo, la crisis en Siria detonando todo tipo de tensión regional y Europa tratando de librar el colapso de su economía.
Pero algo adicional sucedió, que es de altísima importancia y que La Razón ha venido informando con detalle: dos estados norteamericanos aprobaron legalizar la producción, comercialización y consumo de la mariguana. Colorado y Washington son las dos primeras entidades en las que se vale fumar ‘mota’ sólo por el gusto de ello. Sin tener prescripción médica de por medio.
Es un paso relevante porque es la primera vez en la que un lugar del mundo —y ni más ni menos que en el corazón del los Estados Unidos— toma una decisión así de profunda. Incluso Holanda no permite la producción, sólo se puede comercializar mariguana de otros países.
En lo personal estoy convencido de que éste es un primer gran paso hacia un nuevo modelo, que coloque las drogas fuera de un marco moral y dentro de un espacio de debate de salud pública y de acción individual. No tengo que decir que el hecho de que se construyan grandes campañas de impuestos y concientización, alrededor del tabaco, ha reducido notoriamente su consumo en los países que lo implementan.
Esto abre un campo inmenso de debate para México y nos presenta dos grandes contradicciones en nuestra siempre compleja y disfuncional relación con los vecinos del norte. Éste no debe ser un debate sobre todo, debe ser un debate sobre lo que está sucediéndonos y qué haremos para encarar la cambiante realidad.
En primer lugar nos enfrenta con la disyuntiva sobre la utilidad de tener como ilegal la producción, consumo y venta de un producto que en los Estados Unidos, principal comprador de la mariguana ilegal mexicana, es legítimo.
El estado de ilegalidad fomenta la construcción de una gran infraestructura criminal, que va desde corrupción y compra de funcionarios, policías y aduaneros, hasta la compra de armas y la proliferación de otros negocios.
Es de verdadera risa ver cómo mientras nosotros respaldamos la visión más cerrada y ponemos los muertos y entregamos nuestra libertad y movilidad al crimen organizado y, al estado mexicano en su batalla con ellos, nuestro principal ‘cliente’ está en un proceso opuesto: de apertura gradual.
Lo que me lleva a la segunda gran contradicción: son sus armas legales, y su consumo cada vez mas legal, los motores de uno de los episodios más violentos en nuestra historia reciente. Allá compran mariguana legal, venden armas hacia un mercado siniestro y oscuro que cruza todo el territorio nacional de una u otra forma.
Estamos en la cornisa de una paradoja indescriptible: un Estados Unidos con drogas, y armas legales y un México sumido en la violencia y demencia de la perpetua ilegalidad.
El sentido más progresista debería apuntar a una regulación del mercado de las drogas, y un desmantelamiento de la vida armada en ambos países: allá legal, acá ilegal.
La utilidad de esta paradoja es que para México la mejor y más sensata dirección es la de tomarle la delantera a los Estados Unidos, no seguir relegados y colocarnos como la nación que realmente legaliza la mariguana porque sabe que el modelo prohibicionista, lejos de controlar algo, lo potencia en la ilegalidad.
Una América del Norte, con mayores libertades individuales, mayor información sobre las drogas, con menos dinero del crimen organizado y sin armas de alto calibre será, sin duda, una América del Norte más segura y próspera.
La visión prohibicionista de las drogas y de extrema liberalidad en las armas, nos llevará a un escenario cada vez más catastrófico.
Hay que prohibir las armas y legalizar las drogas. Curiosa pero indispensable paradoja.
Luciano Pascoe
Opinión
La Razón

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