Balazos de buena fe

México, 6 de noviembre (La Razón).- El talón de Aquiles en el tema de la seguridad es que a algunas dependencias federales les cuesta mucho asumir sus errores.

El tiroteo en Tres Marías es un buen ejemplo. Lo que ya sabemos es suficiente al menos para intuir que los elementos de la Policía Federal actuaron con una fuerza desproporcionada, no evaluaron bien la situación y pusieron en riesgo su vida y la de otros.

La coartada para salir del aprieto es que un día antes ayudaron a una víctima de secuestro, lo que está comprobado, y que por ello se encontraban en tareas de investigación en la zona.

La camioneta propiedad de la embajada de Estados Unidos, en la que viajaban un capitán de la Armada y dos funcionarios de la CIA (esto no ha sido aceptado por los respectivos gobiernos), se les hizo “sospechosa” a los federales y, al no detenerse los ocupantes del vehículo, decidieron abrir fuego, con una constancia que abrió un boquete en el blindaje.

Si estaban tras la pista de unos secuestradores debieron seguirlos para rescatar o por lo menos resguardar a sus probables víctimas. Los federales saben del daño letal que puede causar un enfrentamiento con las bandas de forajidos si no se toman todas las precauciones.

Pero la explicación es todavía más inquietante, ya que se sugiere que los policías actuaron ante lo que consideraron una emergencia y lo hicieron de la peor forma.

En el fondo, lo que se nos está diciendo es que debemos cuidarnos de la PF si está tras la pista de un delincuente, porque todo puede ocurrir, inclusive ser baleados.

Cualquier incauto que pasara por ahí, para su mala suerte, estaría muerto, porque la gente común no suele viajar en unidades blindadas.

Lo peor es que no se puede cerrar el expediente porque en la Secretaría de Seguridad Pública al parecer no están en posibilidad, anímica y política, de aceptar y procesar lo ocurrido.

La buena fe, ya deberían saberlo, no es nunca una explicación para justificar operativos fallidos o conductas indebidas.

Es más: deberían aprovechar que estamos ante un caso de mala capacitación sumado a negligencia policial, y no ante un expediente de corrupción.

Por ahí van las investigaciones y, más allá de que la conclusión de la “lamentable confusión” o una muy mala operación policial, sea la que impere, se va a necesitar algo más que discursos y frases huecas para construir un mensaje coherente y creíble.

La moraleja es que la supervisión sobre la actuación de las corporaciones policiales debe ser constante y que no hay metas definitivas ni arreglos permanentes.

Ser policía, me dijo hace un tiempo un procurador de la República, es trabajar con el lodo en la cintura y ser su jefe es una tarea de jardinero, en la que cortar la hierba mala es una tarea cotidiana, por ardua y desmoralizante que sea.

Quizá ahí está el error, en haber vendido un proyecto, descalificando los demás, y sin las salvedades del caso.

Julián Andrade

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