México, 29 de octubre (Reforma).- ¿El Estado tiene derecho a matar? ¿Abatir a El Lazca es su objetivo, su triunfo? ¿El gobierno puede festejar a los difuntos? Viene el día de muertos. En Janitzio, Michoacán, se encenderán velas, San Andrés Mixquic se vestirá de cempasúchil y recuerdos; en las casas yucatecas disfrutarán mukbil-pollo, manjar de época fúnebre, los niños jugarán con calaveritas de azúcar. Será el día para “con-vivir” con nuestros muertos. ¿También con los más de 50 mil difuntos, producto de la violencia, reportados en el sexenio del presidente Calderón?
El 7 de noviembre se cumplirá un siglo del natalicio de Albert Camus, pensador y escritor francés, Premio Nobel de Literatura, cuya obra gira en la idea de “lo absurdo”. Justamente de lo absurdo de la muerte frente a la rebeldía de la vida. ¿La batalla calderonista contra el narcotráfico es un absurdo? ¿Una rebeldía infructuosa? Si sabemos que otro nuevo capo ocupará el lugar del muerto o encarcelado, entonces, ¿fue Calderón un Sísifo empeñado eternamente en subir una roca a la cima de la montaña, para retornar, siempre y mecánicamente, al principio de la misma cuesta? ¿Liquidar a Beltrán Leyva inhibió a otros de delinquir?
A Camus le gustaba visitar panteones, según su biógrafo Olivier Todd. Sus letras son coraje humanista frente al luto y el dolor de la Segunda Guerra Mundial. Es la denuncia sin treguas ni distingos, de la muerte y la nada, provocada por las ilusiones nazis y estalinistas. “Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”, dijo en El mito de Sísifo.
La muerte no puede ni debe ser el objetivo de ningún Estado. Ni del mexicano. El Estado tiene, sí, el monopolio del uso de la fuerza pública para proteger la paz pública perturbada por la delincuencia; en eso acertó Calderón al ordenar combatir el delito. Pero resulta chocante, antihumana y por ello injustificable, la publicidad gubernamental vanagloriándose de la muerte de una persona, así sea la del peor malhechor. “La vida de un ser humano está por encima del Estado”, aclaró Camus en Reflexiones sobre la guillotina. Los verbos “exterminar”, “abatir”, “liquidar” a unos delincuentes no pueden presentarse como la tarea “normal” del Estado. Esas muertes, toda muerte, tiene una dosis de derrota, y cuando se alardea en anuncios de televisión de ella, entonces tiene una condenable intención de venganza.
Y la venganza no es un principio, es un sentimiento y un instinto naturales, dice Camus. La ley y el Estado no pueden obedecer a las mismas reglas que la naturaleza. Si el crimen está en la naturaleza del hombre, la ley y el Estado no están hechos para imitar o reproducir esa naturaleza, advierte el autor de Los Justos.
No es tampoco la indiferencia frente a la muerte, como la de Meursault en El Extranjero el camino a seguir. Camus no creía ni en las revoluciones caídas, ni en dioses muertos, ni en ideologías extenuadas. El camino contra el absurdo criminal es El hombre rebelde. “Me rebelo, luego existimos”. Rebelión es dignidad, capacidad de denunciar, condenar la humillación y evidenciar a la inteligencia al servicio de la muerte. El crimen no tiene moral provisional para justificar la muerte de una persona, sea de un delincuente o de un policía.
En La Caída, su trabajo “más penetrante y personal” (Herbert R. Lottman), un abogado y juez francés, Jean-Baptiste Clamence, exiliado en Holanda para expiar una culpa, se confiesa y autoexamina. En Amsterdam, desde el bar “Mexico-City”, Clamence suelta una frase que vale para el presidente Calderón, pero no sólo para él: “Lo que el hombre soporta con más dificultad es el ser juzgado”.
Camus condenó los linchamientos. “La rebelión en sí misma es moderación”, concluyó. En el juicio moderado de la historia se resolverá que el Estado “puede”, pero no es su “fin” matar. La lucha del presidente Calderón contra el crimen fue necesaria; el problema radica en La Peste de publicistas y comunicólogos que no conocen valores, y son capaces de festejar y festinar desde el Estado a los muertos, según ellos “malos”.
Germán Martínez Cázares
Opinión
Reforma

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