Los Zetas mataron a los AFIS. No los dejaron ir porque traían una fotografía de “El 50”

Cancún, Quintana Roo (Redacción).- En diciembre del 2004, bajo un operativo de seguridad tan severo que permitía medir el grado de riesgo que se vivía en Cancún, llegó José Luís Santiago Vasconcelos, subprocurador de la SIEDO, a la novísima instalación de la delegación de la Procuraduría General de la República en esta ciudad.

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Desde su llegada marcó una inmensa distancia con el personal que acudió a recibirlo, del delegado para abajo. No era para menos. Había habido un asesinato, después de levantarlos habían ejecutado a varios agentes de la Agencia Federal de Investigación. Y todos estaban bajo sospecha.

Días después quienes laboraban ahí, en una acción sin precedente, policías y agentes del ministerio público, funcionarios, estaban arraigados y viajaban rumbo a la Ciudad de México donde permanecieron noventa días. Hubo más órdenes de aprehensión, unas todavía están pendientes de ejecutar, para quienes desde la policía municipal de Cancún protegían el negocio del narcotráfico.

Hoy la mayoría está internada en la cárcel de Mérida esperando que el juez resuelva su caso. Otros, los menos, asombrosamente, han regresado a su escritorio en esta delegación. Agentes de la AFI, ministerios públicos, secretarías han venido de otras ciudades del país y se han ido, nuevas reglas de convivencia con nuevos funcionarios municipales y otros policías locales se han establecido. La droga se sigue vendiendo en cientos de “tienditas” protegidas por la autoridad.

La violencia ha ido en aumento…

Han pasado muchos meses de estos asesinatos. Se escribió mucho al respecto, incluidas las exclusivas de Por Esto. El tema sigue siendo un referendo habitual. Las versiones corrieron en todos sentidos, aunque siempre permaneció entre quienes estaban realmente enterados aquella de un problema de droga, de lo que en el argot policíaco se conoce como un “jale”.

Se dijo, hacía dentro, que había habido un “reventón” de una casa y que los agentes sacrificados se habían llevado dinero y droga. Se supo, en esos mismos círculos, que sin querer los agentes de la AFI se habían confrontado con Los Zetas.
Pero no se ha podido probar esto, ni tampoco le ha interesado mucho a ninguno de los protagonistas o de los analistas hacerlo.

El testimonio ministerial del exmilitar guatemalteco Pablo Sun Tiul, alías William Mendoza González, detenido por agentes de seguridad pública estatal después de un tiroteo en Chetumal en noviembre del 2005, cuando efectuaron un “levantón” un comerciante de vinos apodado “El Español”, acontecido justamente a un año de distancia de los hechos trágicos de Cancún, nos permite saber exactamente, de acuerdo a un protagonista que lo vivió y lo escuchó, qué fue lo que pasó.

Que en conclusión es muy simple: Los mataron Los Zetas…

Que estaban, están habría que agregar, dirigidos por el llamado Zeta 50, apodado “El Talivan”. Que según todas las informaciones es el líder de ese grupo criminal en esta entidad.

Es decir, los mataron los mismos que están detrás del crimen del coronel Wilfrido Flores, victimado la noche del lunes pasado junto con su chofer. Así de terrible, así de simple.

Veamos que le dijo al ministerio público federal el “kaibil” Sun Tiul: “Teniendo como antecedente que “El 50” tenía problemas para controlar la plaza de Cancún porque los elementos de la Agencia Federal de Investigación no querían trabajar con él, ya que estaban arreglados con la “contra”… “El 50” tenía dos informantes que estaban trabajando en las oficinas de la AFI en Cancún, les dijeron los nombres de unos agentes federales de investigación que se habían metido a la casa que “El 50” tenía en Cancún y se habían llevado seis kilos de cocaína y diez mil o quince mil dólares americanos, por lo que “El 50” le pidió a sus informantes que le llevaran a dichos policías a un lugar que se localiza a la salida de Cancún hacía Chetumal a las nueve de la noche del día veinticinco de noviembre del dos mil cuatro, precisamente donde se ubicaba en ese tiempo una especie de fraccionamiento en construcción… a ese lugar llegaron por ordenes de “El Chamoy” (el detenido y sus acompañantes) quien les dijo que acudieran para ver de qué se trababa… en ese sitio a bordo de una camioneta marca Ford, tipo Lobo, guinda, se estacionaron sobre uno de los trazos de calle, a una distancia aproximada de quince metros del lugar donde “El 50”, “El 52”, “La Avispa”, “La Canica” y “Packman” aguardaban la llegada de los agentes federales de investigación”.

O sea, que no haya duda alguna en lo que se dijo, en lo que se publicó en esos días, fue una emboscada en la que participaron “madrinas” de los mismos agentes. Sigamos con el relato que no obstante las fallas gramaticales del lenguaje legal es absolutamente descriptivo: “Luego de permitir que sus informantes se retiraran y dejaron estacionados en el lugar los vehículos en que habían llegado los agentes federales de investigación, subieron a cinco de estos a una camioneta marca Jeep tipo Grand Cherokee, color gris oscuro, emprendiendo el camino con rumbo hacía el aeropuerto de Cancún… “El Chamoy” nos ordenó que nos regresáramos a la casa que ocupábamos en Cancún, sita en la región 96, súper manzana 132, lote 9 o manzana 9. Al día siguiente nos enteramos por los periódicos que habían matado a los agentes…”
Continúa explicando: “Tras ese acontecimiento (sic) Cancún se llenó de policías y de retenes, tuvieron que permanecer en el interior de la casa durante tres días hasta que disminuyó la vigilancia y pudieron salir de Cancún, a bordo del Chevy en que habían llegado, dejando en la casa cuatro armas de fuego cortas, calibre 9 milímetros, dos marca Pietro Bereta y dos Zipzhuer con capacidad para quince tiros cada una, que ocupábamos para nuestro trabajo”.

Después de eso, siempre de acuerdo con lo que consta en el expediente: “Sin novedad llegaron hasta Río Bravo, donde permanecieron el resto de noviembre y el mes de diciembre del dos mil cuatro… Ya estando en Río Bravo “El 50” les dijo que ellos habían matado a los agentes federales de investigación de Cancún porque luego de negar que ellos hubieran tomado la droga y el dinero de “El 50”, cuando este estaba a punto de dejarlos ir les revisaron los bolsillos de sus ropas y a uno de ellos le encontraron una fotografía de “El 50”, logrando saber que tenían la encomienda de detener a “El 50” y de entregarlo a la “contra”, por lo que decidieron matarlos… sin saber más detalles”.

O sea, para que nos quede claro, que estos sicarios extranjeros contratados por los Zetas reciben un pago verdaderamente ridículo, tres mil pesos quincenales, afirman usar armas para hacer “su trabajo” y no tienen la mínima conciencia de lo que significa la ley o las vidas humanas.

Hoy estos individuos, los que mencionan en este expediente u otros igualmente sanguinarios, están detrás del asesinato del jefe policíaco y su escolta. De un crimen que la autoridad municipal se ha apurado a intentar relacionar con conflictos internos, que la policía judicial estatal no atina a cuadrar legalmente y que la autoridad federal, encabezada por el delegado de la PGR asegura no poder tomar en sus manos por falta de elementos.

Tal vez habrá que esperar para leer los detalles de este asesinato. Si es que en alguna balacera fortuita, por decisión, porque no les importa arriesgar sus vidas, como el secretario y el subsecretario de seguridad pública estatal, Pedro Flota, Salvador Rocha y sus policías, logran detener a alguno de estos asesinos como sucedió hace un año en Chetumal, justamente en la casa donde vivió anteriormente la hija de Joaquín Hendricks y que hoy sigue en manos de la autoridad según pueden constatar todos los que cruzan esa céntrica avenida cada mañana.

Y surgen las preguntas. Muchas. Que van desde la falta de seguimiento a toda la información que está contenida en estas declaraciones. Con direcciones, con apodos, con el modo de trabajar de esta gente, con el testimonio estremecedor de los cadáveres que arrojan a cenotes en las afueras de Cancún. La vinculación directa con el Tamaulipas, los vehículos, la droga, todo lo que hace falta para constatar la inmensa impunidad.

¿Qué sucede en nuestro país que sicarios que reciben tres mil pesos quincenales no pueden ser detenidos? ¿Por qué no se logra hacer un seguimiento desde Tamaulipas hasta Cancún, pasando por Tabasco, de estos individuos? ¿De qué manera pueden, con toda tranquilidad, asistir a centros de diversión como “The One” en la zona hotelera e identificarse abiertamente como Zetas sin que las policías locales, municipales y estatales, o la gente de la delegación de la PGR hagan algo al respecto? ¿De dónde consiguen credenciales de elector falsas, por qué nadie descubre sus vehículos, qué evita que sean denunciados?

No son sino algunas de las preguntas que no tienen, tal vez no tendrán respuesta hasta el próximo año y eso según quien gane la elección presidencial este domingo… Mientras tanto nos tenemos que quedar con los interrogantes y los relatos de muerte. De cara al asesinato del coronel Flores no nos queda sino entender por qué su familia no quiso asistir al homenaje, no permitió que el presidente municipal Francisco Alor se les acercase… Lo fácil es sacar cualquier cantidad de conclusiones…

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