Humberto Torres Charles



México, 22 de febrero (Redacción).- Conozco a muchos policías.  Quienes lo son en verdad, por vocación, por años de fogueo terminan por tener un atractivo singular.  Algo de valentía suicida, de cinismo, de frustración los convierte en personajes interesantes.  No es así con Humberto Torres Charles.

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Por el contrario, con el hermano más incómodo, que intenta mantenerse oculto del escrutinio social todo es oscuro.  Simplemente tiene mala vibración.

Llegando a Saltillo me comisionaron elementos de la policía estatal, del grupo que comandaba ese señor me enteraría mucho después para reforzar mi habitual escolta federal.  Al tomar posesión Jesús Torres Charles como Fiscal me quitaron a estos elementos que se negaban a irse.

Ellos decían que Humberto Torres los trataba muy mal, “como perros”, que no comían… en realidad, sabría mucho después, tenían miedo por la vinculación de éste con los Zetas.  Y un incidente por esos días, finales del 2007 o principios del 2008, que mereció mucha publicidad, una confrontación en una gasolinera cercana a la casa de Jesús Torres Charles entre el hermano, los policías que lo acompañaban y unos desconocidos que les sacaron armas.

Todo fue muy extraño.  Y las explicaciones que daban iban desde la fantasiosa que habían encontrado a unos criminales que querían “levantar” al todavía Procurador en su domicilio, hasta la que resultó más creíble que era un grupo criminal que iba a cobrarle o recordarle un compromiso.

Por eso los policías querían quedarse conmigo.

De ahí surgió una comida con este hombre invisible.  Diría, en mi memoria, incómoda e irrelevante.  Único encuentro que tuvimos.

Sabría mucho de él en los meses por seguir.  Mientras estuve en Coahuila, de voz militar.  Después, de fuentes de información internas, cercanas a éste y muy asustadas por lo que sucedía.

Oficialmente Torres Charles estaba dado de alta como trabajador de la Secretaría de Salud estatal.  No tenía permiso para traer arma, menos todavía las armas largas que estaban en su posesión.

Era de una irregularidad escandalosa.  Porque controlaba a grupos policíacos de elite, mandaba como “jefe de jefes”, entraba a la oficina del general Estrada Bustamante y daba instrucciones.  Era dueño de toda la policía, tanto la estatal que venía de la desaparecida Procuraduría de Justicia como de la “Operativa” que era la policía que llegó de la Secretaría de Seguridad Pública también desaparecida.

Esta situación se prolongó, a mi saber hasta ya siendo gobernador Jorge Torres.

Personalmente, en enero del 2011 hablé con Torres gobernador, acompañado de Sisbeles, en el hotel Four Seasons del Paseo de la Reforma y le expresé mi gran preocupación porque nunca había logrado vencer la fuerza de Humberto Torres Charles y tenía información de que éste seguía controlando toda la operación, y aquí quiero decir justamente esto, toda la operación en todo el Estado, de la Policía.

No era un tema nuevo para Jorge Torres, porque me contestó que le habían informado que ya estaba fuera del Estado.  E incluso hizo una llamada.

Lo engañaban porque Humberto Torres seguía, en Enero del 2011, con todos los señalamientos en su contra, ordenando desde su radio.

Es obvio que, con la anuencia de su hermano.  Y no solamente de éste.  ¿Cómo justificar la utilización de equipo oficial, de armamento, de radios?

Cada vez que le decíamos, el Comandante de la Región Militar y yo, algo al gobernador Humberto Moreira conseguíamos modificar algo.  Por ejemplo que dejase de estar en la nómina de Salud.

Y otra vez regresaba con mayor fuerza.

El día que comimos sucedió algo muy raro.  A la salida del restaurante nos venía siguiendo un automóvil… en el entronque de la avenida principal de Saltillo, la Carranza, esperaba otro vehículo, ambos modelo reciente, vidrios polarizados y placas de Nuevo León.  Como en esto yo tengo la piel muy curtida, le ordené a la escolta que siguiésemos como si fuésemos hacía donde yo vivía, en la entrada de Ramos Arizpe, y al ver que nos seguían, les pedí que dieran un giro inesperado para quedar de frente a ellos.

En la práctica esto es muy efectivo.  Ya lo he hecho otras veces.  Porque sorprendes a quienes creen que tienen control sobre ti.  Y porque mides fuerzas.  Mandas un mensaje de que estas dispuesta a enfrentarlos.

En ese momento pedí que me comunicasen con Humberto Torres y le dije, lo recuerdo textual, que me habían seguido y que estaba frente a esa gente dispuesta a agarrarme a balazos hasta donde topara, que esperaba que no fuesen gente de él… casualmente se retiraron.

Nunca más volví a hablar con él, por cierto.

Pero sabía que yo estaba encima de sus pasos.  Intimidaban, daban vueltas, entraban al fraccionamiento donde vivía… y poco a poco se fueron yendo los policías estatales que estaban comisionados conmigo.  Uno de ellos, Eduardo Calvillo Espinosa, se fue directamente a su entorno más inmediato, como escolta de él.

O sea que un tipo con antecedentes, porque por eso no podía darse de alta como policía, por estar indiciado en un caso de robo de un tráiler de refrigeradores y demás años antes, tenía escolta oficial de la policía además de todo…

Calvillo se arrepentiría mucho cuando, a finales del 2010, fue secuestrado por un grupo armado que lo golpeó, lo despojó de su coche y lo iba a matar como a otros… sin ningún motivo.  Hasta que suplicó que hablaran con Humberto Torres Charles y este lo rescató, o simplemente “ordenó” que lo dejasen ir… tan amables que lo fueron a dejar a recoger su coche y le devolvieron la pistola…

Por estos incidentes todos, absolutamente todos, obedecían a sus instrucciones por radio.  Y hacían lo que él decía.

Tanto miedo le tenían que, sin futuro, sin posibilidad de recibir un sueldo, se vinieron dos policías estatales al salir de Coahuila.  Uno de ellos, Jorge Luis López Leyva, se mató al estrellar mi camioneta contra la Fuente de la Diana en la Ciudad de México, de madrugada, pocos días después de llegar.  De ese tamaño era la desesperación, el miedo, que le tenían a Torres Charles, y las represalias que pensaban que tendrían por haber estado conmigo.

Obviamente se confrontó con los dos jefes militares operativos y valiosos que se quedaron a mi salida de Coahuila, el general Ubaldo Ayala Tinoco y el teniente coronel Jesús Cicero.  Seguía poderoso.

Me enteré que Jesús Torres Charles lo llevó con el general Mario González Barreda, tal vez pensando que había ganado el juego al irme yo de Coahuila, y que este se negó a saludarlo, lo dejo con la mano extendida y le dijo algo así como que si no era el hermano que estaba fuera de la Ley

Seguía siendo el más poderoso.

¿Quiénes sabían de su papel, de su existencia, de su poder, de su relación sospechosa con criminales?  Todos, absolutamente todos los que eran importantes en el Gabinete de Humberto Moreira, luego de Jorge Torres y quiero suponer que los que siguieron con Rubén Moreira.  No era, no fue nunca un secreto, quién era y qué hacía.

Pero no era importante por muchas razones.  Las que sigo sin entender.

Entre ellas, imagino, el señalamiento presidencial contra Jesús Torres Charles que se convirtió, paradójicamente, en un salvoconducto.  Hasta que comenzaron las detenciones, se dieron a conocer ordenes de aprehensión, comenzaron a publicar lo que siempre he dicho y también huyo, renunció por “mensaje” como parece ponerse de moda en Coahuila.

¿Qué no cumplió con sus socios, con sus protegidos Humberto Torres, o qué se comenzó a descomponer el año pasado, que provocó tantas muertes en Saltillo?

Supongo que mucho viene de las detenciones que hicieron militares, el mando todavía de González Barreda, de quienes hoy hablan en su contra en marzo del 2011, de los jefes Zetas que dicen hoy que lo tenían en su nómina.

Ya no supe mucho más de él.  A quienes me daban información los mataban o los enviaban a sitios muy alejados de Saltillo, donde sabían que en cualquier momento los podían matar.  Su control era total.

Hoy es un prófugo de la justicia, sus amigos y compinches están detenidos, al menos algunos… y yo miro dos veces más quién me sigue…

 

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