Plena igualdad de oportunidades para la mujer en el Ejército, decisión del Alto Mando

México, 8 de marzo (Redacción).- Pequeño paso para recorrer la distancia entre lo que se puede y lo que se imagina, entre lo permitido y lo ambicionado ancestralmente por miles de mujeres. La referencia será aquel discurso de voz fuerte en que una “cadete” homenajeó a Los Niños Héroes en la Ceremonia Oficial de Septiembre, poco antes del Bicentenario.

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Para mí ningún otro evento significa tanto la incursión plena de la mujer en el Ejército como éste. Definitivamente por su traducción de vida común, de igualdad cierta en el día a día castrense.

De pronto, con la joven uniformada de gala, de cara al Presidente, con el peso de la gesta que mejor representa la capacidad humana de entregar el futuro por la Bandera, por el honor de México, por la libertad irrenunciable ante el opresor, supimos que era en serio. Que era de verdad, que en adelante nada sería como habíamos vivido hacía el interior de las fuerzas armadas. Que, absolutamente todos, tendríamos que acostumbrarnos a un nuevo paisaje donde la mujer militar estará un paso adelante, un paso atrás y un paso al lado de donde corresponda.

Con las armas dispuestas para todos los combates, guardado el estuche de maquillaje en la mochila, escondido el espejo de la vanidad femenina, sudada la camiseta verde debajo de la camisola del uniforme y con la voz cada vez más nutrida del conocimiento adquirido en el aula, se nos aparecieron las mujeres como si hubiesen cobrado vida de pronto.

Las mujeres, que siempre estuvieron presentes, se nos convirtieron en un río de aguas tranquilas con cauce y destino que iluminó una realidad monocromática. Con sus rostros de rancho y de ciudad, con sus ojos de barriada y de frontera, con sus sueños de provincia y concreto, pasaron lista por primera vez para que el cambio fuese.

Y todas las mujeres lo celebrásemos. Como lo que es, como la suma de redenciones uniformadas que no habrán de abandonarnos más.

La mujer militar. La mujer que irrumpe en el H. Colegio Militar para convertirse en uno, así sin distinción, uno más que puede llegar a ser jefe, a ser general, a ser lo que su capacidad, entrega, disciplina, talento y circunstancia le permitan ser. Hasta donde tope. Las mujeres que hoy estudian en todos los planteles, que son pilotos y serán ingenieros, que salieron ya de la Escuela Superior de Guerra, que hacen maestrías en Seguridad Nacional, que terminan periodos de entrenamiento en la selva y que patrullan zonas de peligro.

Ese es el gran parteguas de este sexenio. Que viene a ratificarse como irrevocable, de orden superior pues, con la creación del “Observatorio para la Igualdad entre Hombres y Mujeres en el Ejército”, inaugurado apenas esta semana.

Atrás ni para tomar impulso…

Mujeres soldados hubo en la Revolución Mexicana, algunas de ellas reconocidas por la propia Secretaría de la Defensa Nacional como “veteranas”. Fueron mujeres que participaron en la lucha armada hombro con hombro con los soldados y los jefes militares varones, al lado de quienes hoy conocemos como “Adelitas”. Fueron soldados, no soldaderas… sin embargo, se impuso la tradición para legarnos otra imagen femenina, detrás de “su Juan”, tomada de la rienda del caballo, caminando con la canasta de los alimentos.

Eso es lo que hoy cambió para siempre, la mujer que se subió al caballo para encabezar la formación, y no solamente en los desfiles.

Antes, en los inicios de la lucha por la Independencia, muchas mujeres participaron en la medida en que su rol social se los permitió. Entre las fiestas y los rumores, bajo la mesa, debajo de la puerta.

Fueron mujeres pioneras que buscaban lo mismo que hoy persiguen las jóvenes que pueden cruzar el umbral del H. Colegio Militar: Servir a la Patria. La diferencia es el reconocimiento de que su vocación, castrense, es legítima y tiene toda una estructura institucional a su favor.

Nuestro Ejército se ha caracterizado por la amplitud de miras hacía la Mujer. De tal forma que la Escuela de Enfermería fue una de las primeras en fundarse mundialmente. Y los rostros femeninos uniformados han sido, siempre, indispensables en las actividades castrenses de apoyo a la población, en los juzgados, en los hospitales, en las oficinas militares.

No es nueva esta presencia femenina. Por lo que reconocemos el valor de las primeras mujeres jefes militares, en todos los ámbitos. De manera muy especial a las primeras mujeres generales que ya tienen un lugar en la historia nacional.

El libro que hoy presentamos pretende, de una manera sencilla, recorrer el tiempo de la mujer dentro de las fuerzas armadas hasta llegar al presente de total igualdad que ha quedado plenamente establecido en esta administración.

Si podemos reconocer que la primera mujer que penetró el mundo cerrado, de lo que la señora Margarita Zavala de Calderón consideró “una institución tradicionalmente reservada para los hombres”, lo hizo hace cerca de ochenta años, en 1934, también debemos admitir que el Ejército Mexicano es pionero en la apertura hacia la mujer hoy con cerca de doce mil mujeres en todos los ámbitos militares.

Esto equivale a un siete por ciento del total de elementos.

Hoy las mujeres estudian en 17 planteles militares, sirven en todas las áreas militares, están presentes en todo el país en situación de igualdad. Que se traduce como trabajo compartido, responsabilidad idéntica y sujeción permanente a las leyes militares.

Esta “inclusión” total no fue fácil. Regresando a las palabras de la esposa del primer mandatario y comandante supremo de las fuerzas armadas, Margarita Zavala: “La voluntad de incluir requiere de todos, hombres y mujeres”.

De ahí la intención de este libro para documentar no solamente la nueva realidad militar mexicana, sino el largo camino recorrido. Debo admitir que en muchas de nuestras entrevistadas, tanto aquellas jefes militares que hicieron su carrera en otra realidad como en las jóvenes ya egresadas del H. Colegio Militar, se impuso el pundonor para negar estas “dificultades”. De tal forma que lo que encontramos, mayoritariamente, es una inmensa alegría por el servicio a la Nación.

Si algo hermana los testimonios, a través de muchas generaciones, es definitivamente esto. El servicio público como vocación de honor y lealtad que, además, en la mujer se ejerce con felicidad, con contento, con amor compartido y expresado sin cortapisas.

Por eso encontramos en estas páginas tantas miradas jubilosas, desde aquellas con las faldas largas y las cananas cruzadas hasta las jóvenes militares que hoy cargan modernos equipos de combate sin tropezarse, con las pestañas ennegrecidas y el orgullo rebosante.

Existe un marco legal para la igualdad de la mujer en el Ejército que resulta confuso de entender en la sociedad civil, como también una historia de permanente osadía de la mujer para encontrar su espacio dentro de las fuerzas armadas, que había que documentar tanto hacía dentro del Ejército como en el ámbito de una sociedad que cada día quiere estar más informada. Este libro busca responder preguntas que todos nos hacemos, y cuyas respuestas tan obvias para los militares, terminan por documentarse fragmentariamente.

Fuimos con las protagonistas, pero también con los historiadores, con los que saben de leyes militares, con los responsables de los archivos. Durante varias semanas mis colaboradores se sumergieron en una realidad militar que les era ajena y les resulto, además de complicada, fascinante. Lo hicieron en un ambiente de apertura informativa verdaderamente singular. Como decana en la Fuente Militar me asombra, regocija y enorgullece el cambio del hermetismo hacía el total acceso. Más allá de lo que pudimos imaginar, soñar, hace treinta años cuando comencé a evidenciar la realidad militar.

No pretendimos sino lo que, me parece, se cumple en estas páginas: Retratar, con asombro, con respeto, con apego a la verdad, una realidad que hoy es totalmente nueva y las próximas generaciones verán como absolutamente natural.

Obviamente es mucho, infinitamente mucho más lo que se puede decir sobre esta realidad y estoy cierta, confiada, en que otros lo harán.

Hoy la mujer militar en plenitud de derechos y oportunidades es, simplemente, una realidad. Irrevocable. Esto, pequeño gran paso, viene a transformar el tema de género dentro del Ejército y se significa como uno de los logros que más le habrán de reconocer a la administración que encabeza, en una temporada de grandes retos y convulsiones violentas, el general Guillermo Galván Galván.

Como sucede con quienes lo antecedieron, habrá de pasar mucho tiempo antes de que su etapa sea juzgada con el sosiego de la distancia, y todo sea puesto en su exacto valor por una sociedad que no se deja engañar, que reconoce en las fuerzas armadas a la institución que garantiza nuestras libertades a cualquier costo.

Lo que no requiere de ese transcurrir del tiempo para ser señalado en la medida precisa de su inmensa fuerza, es el cambio profundo de la incursión plena de la mujer en el Ejército.

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