Cambian libretas por los AK-47

México, 16 de enero (Reforma).- Juan tiene la edad de cualquier estudiante universitario, pero no está en las aulas. Desde hace semanas pasa sus días vigilando barricadas y aferrado a su “cuerno de chivo”.

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“No, compa, con éste nadie se arrima. Puedo pegarle a una liebre en movimiento a 500 metros”, presume mientras empuña el fusil de asalto AK-47.

El cargador de su fusil destaca por ser más largo que el de otros autodefensas. Eso se debe a que tiene capacidad para alojar 40 tiros, ilustra al reportero.

“Estos se los quitamos a los templarios compa. Llegamos y salieron corriendo, dejaron armas, tiros, chalecos, todo.

“En bola y armados son valientes, pero cuando los enfrentamos con nuestras escopetas y cuernos, le huyen”, presume.

En la misma barricada hay cuatro civiles armados más, tres de ellos jóvenes de entre 19 y 25 años.

Ellos cuidan de una barricada en la cabecera municipal de Parácuaro, localidad que los autodefensas tomaron el pasado 4 de enero.

A un costado de la barricada hay algunas casas, las primeras del pueblo, y un predio en el que los civiles rebeldes cavaron una zanja con maquinaria pesada.

La horadación, de un metro de ancho por 35 de longitud, es otra trinchera para combatir al enemigo.

La mayoría de quienes montan guardia en ese lugar provienen de Tepalcatepec, el primer municipio que, junto con Buenavista Tomatlán, se levantó en armas contra el crimen organizado en febrero de 2013.

Manuel, de 21 años, narra que pistoleros de Los Caballeros Templarios tenían asolada la región. Eran los amos. Eran la ley.

“Nadie se metía con ellos. Ellos, en cambio, hacían lo que querían. Si tu tenías tu novia, llegaban y se la llevaban frente a tus narices y no podías hacer nada porque te mataban.

“Muchos dejamos la escuela para convertirnos en autodefensas, cansados de tanto abuso. Dejamos las libretas por las armas”, señala.

En el puesto de control ninguno de los empistolados tiene nombre. Por seguridad, usan apodos o claves.

Al comandante al mando lo identifican con la clave de “El Rojo”. Es quien controla los horarios de las guardias que deben montar día y noche.

El jefe, también originario de Tepalcatepec, fue quien dispuso levantar una barricada de dos metros de altura en el acceso principal a este poblado, situado a sólo 13 kilómetros de Apatzingán, el mayor reducto templario en la zona.

También ordenó atravesar “topes” de rocas sobre la carretera, unos 200 metros antes de llegar a donde están las primeras casas. Eso, dicen, les da a ganar tiempo en una eventual emboscada.

Como protección, Juan también lleva puesto siempre un casco. No sale a patrullar sin él.

Desde el día 4, los autodefensas impusieron aquí su ley. Su presencia despide miedo o seguridad entre los habitantes.

Nada entra y nada sale del pueblo sin que ellos lo revisen, lo registren y autoricen, salvo porque ahora comparten la ley con el Ejército y Policía Federal.

Las fuerzas armadas arribaron el martes a la región y pretenden asumir la seguridad de todos los pueblos, pueblos que los civiles armados se niegan a entregar.

“Primero que vayan por los criminales”, reta “El Rojo”.

Adán García

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