Javier, compañero y amigo

México, 24 de septiembre (Milenio Diario).- Cuando un amigo se adelanta en el viaje final, acuden en tropel gratos recuerdos de una vida profesional compartida. Las angustias de la amistosa competencia por la información, las burlas cuando se gana, la frustración cuando se pierde, pero siempre el afecto y la solidaridad con el compañero.

No podría precisar cuándo vi por primera ocasión a Javier Ibarrola. De lo que estoy seguro es que él cubría la fuente del aeropuerto, por ese entonces una de las que mayores y más importantes notas generaban para los periódicos nacionales y para la prensa extranjera.

Alto, muy derecho y con la eterna pipa siempre en los labios, pasó del diario local donde laboraba a la agencia estadunidense Associated Press (AP), que era, digamos, la cumbre del periodismo profesional. Los reporteros que allí trabajaban se sentían herederos naturales de Ernest Hemingway y la guerra para ganarles la información era cuestión de todos los días, una verdadera lucha a muerte.

Con una amistad bien cimentada a través de los años, nos correspondió informar sobre los sucesos trágicos de 1968, pero desde trincheras opuestas, yo era el jefe de la zona México Centroamérica en la agencia cubana Prensa Latina (Prela), lo que nunca fue obstáculo para que compartiéramos nuestros hallazgos noticiosos interpretados, claro, en forma muy distinta.

Ocasionalmente nos reuníamos, casi siempre en el restaurante de nuestra predilección, donde disfrutábamos de una enorme comilona rociada con vinos españoles. Javier y sus hermanos, Juan, Gerardo (ambos fallecidos) y Antonio disfrutaban mucho las mesas bien surtidas y las largas pláticas en las que intercambiábamos experiencias y avatares en pos de la noticia.

También desde trincheras opuestas cubrimos la guerra de Honduras y de El Salvador. A Javier lo enviaron al pulgarcito centroamericano, la minúscula república con su barrio de mexicanos, donde se asentaron quienes huían —no hay precisión histórica— de la persecución religiosa o sencillamente de las matazones de la Revolución. En todo caso, chaparros, prietos y entrones, los habitantes de ese barrio de San Salvador tienen fama de bravos, igual que el resto de la población de ese país.

Con otro querido amigo, José Antonio Rodríguez Couceiro, de la agencia española EFE, desde la frontera con Guatemala, nos correspondió lanzar al mundo la noticia de los combates iniciales de esa guerra fraterna. Ya se sabe: los pleitos entre hermanos son más crueles. Y lo que vimos en ambos lados lo confirmó.

Molestábamos a Javier recordándole nuestra victoria periodística, pero cuando terminaron las hostilidades. Ibarrola presumía el triunfo “de su lado”. Y sí, cierto, los salvadoreños masacraban hondureños con una dedicación incomprensible y es que llevaban ventaja en armamento y en bravura.

Teníamos un punto de coincidencia: no se trataba de una guerra patria, sino de una disputa por territorios comerciales entre la United Brands, conocida regionalmente como “Mamita Yunai”, y otra empresa, ambas gringas, llamada “Chiquita Brands”. Las dos, plataneras que no respetaban fronteras porque tenían las propias.

En México prácticamente no competíamos. La costumbre de los boletines, las transcripciones estenográficas y el control suave, casi sin sentir, de las oficinas gubernamentales nos colocaban en la disyuntiva de aplicarnos a la hora de transcribir la información. El que mejor desarrollaba su escrito, seguramente se llevaba la nota, fuese Presidencia, Gobernación o inclusive los partidos políticos.

Éramos, como dijo en alguna ocasión Gabriel García Márquez, felices e indocumentados. Y no se trataba de alcanzar una buena posición en los medios donde destacara nuestra firma, porque en las agencias es extraordinaria la información que lleva el nombre del autor. Es el mejor trabajo posible, donde se esfuerza el periodista por la información misma, sin mayor recompensa que saber que hizo lo que quizá ningún otro logró.

Un día Javier decidió dedicarse en forma independiente a estudiar y publicar todo lo relativo a las fuerzas armadas. Hizo su página de internet con ese nombre y pronto se constituyó en referencia de quien quisiera saber qué pasa entre los uniformados, qué piensan y cuáles son sus problemas. Hasta entonces territorio sagrado, intocable, como la figura presidencial o la Virgen de Guadalupe, abrió caminos que no siempre fueron debidamente valorados por quienes eran objeto de sus afanes.

Lo mismo periodistas de radio y televisión, nacionales que extranjeros, lo convocaron en múltiples ocasiones para que orientara a su audiencia, a sus lectores, sobre ese terreno hasta entonces inexplorado. Posiblemente su mayor logro como informador y muestra irrebatible fue su prolongada permanencia en las páginas de MILENIO cada semana.

Descendientes de un jefe militar, los hermanos Ibarrola compraron un terreno cerca de Tepozotlán. Construyeron un conjunto llamado “Las cabañas del coronel” con una casa por cada grupo familiar, incluyendo a su hermana Fátima y su esposo. Hicieron un estand de tiro al blanco y un discreto redondel para las peleas de gallos.

Allí, en compañía de la numerosísima tribu, sus amigos pasamos muy gratos momentos. Celebramos cumpleaños, santos y, ocasionalmente, nada más porque se les daba la gana de reunirse. Cuando vivía Juan, él personalmente se encargaba de preparar la comida, alistar el campo de tiro y vigilar que se cuidaran los protocolos. Además vigilaba que no hubiese excesos en los gallos (no es palenque, decía) y que la fiesta fuera invariablemente en paz.

A la muerte del que asumía el papel de patriarca, Javier se impuso las mismas tareas, siempre ayudado por su hermano menor, Antonio, y con el auxilio del resto de la familia. Las fiestas siguieron siendo gratas y esperadas por sus invitados, en mayoría periodistas reconocidos y algunos funcionarios públicos que no eran, como esperábamos, personajes centrales.

Un mal día Javier sufrió un infarto. A partir de entonces lo vi desmejorarse. Estaba reciente la pérdida de su esposa víctima de una larga y penosa enfermedad que, sin embargo, no lo hizo perder nunca su buen carácter, la alegría por la vida y ese notable espíritu de clan en el que siempre estaban presentes los hijos.

A la muerte de su esposa, curiosamente hermana de la esposa de su hermano Juan, Javier decidió irse a vivir a Querétaro, donde supuestamente sus males serían más benignos. Dejamos de vernos durante un largo lapso. Pero siempre pendientes el uno del otro. Me enteré de un par de hospitalizaciones de las que salió con bien.

Y desde luego cada semana seguía con atención su escrito en MILENIO, única forma de conocer lo que pensaban, o piensan, los militares de su involucramiento en la lucha callejera contra la delincuencia organizada, función con la que parecen no estar del todo conformes.

La detención de varios jefes de alto rango y el arraigo al que están sometidos solo pudo conocerse en su verdadera dimensión por las interpretaciones de Javier Ibarrola. Nos hará falta, mucha falta, porque no hay quien tome su lugar no como portavoz de los verdes, sino como conducto para conocer inquietudes y propósitos de este sector cada día más involucrado en política, hecho riesgoso por lo demás.

Comprenderá el lector que he optado por hablar de Javier el hombre, el compañero y el amigo, porque de su capacidad profesional como informador hablan sus escritos. Compañeros de avatares periodísticos casi medio siglo, sentiré su ausencia y atesoraré su recuerdo como un privilegio que no muchos alcanzamos con su afecto y amistad.

Carlos Ferreyra

Milenio Diario

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