Derechos humanos

México, 17 de diciembre (Reforma).- “Padre: Le felicito… Déjeme decirle que cada vez que le tiende la mano a un migrante, transforma el rostro de nuestro país, al convertirlo en un México, como todos lo queremos, un México de paz, un México más humano y un México más solidario e incluyente”.

Eso le dijeron a Alejandro Solalinde en la residencia presidencial de Los Pinos. Hace apenas algunos meses desde ahí le condenaban. Los funcionarios de seguridad del gobierno anterior le persiguieron.

Solalinde ha sido clave en la solidaridad y apoyo a migrantes centroamericanos que cruzan por México y enfrentan extorsiones, vejaciones, violencia de parte de miembros del crimen organizado y también de funcionarios migratorios o policías federales y locales.

El sacerdote denunció sin tapujos las agresiones en contra de migrantes. Después vinieron las amenazas en su contra y los ataques de mafias y de gobiernos. Poco hizo el gobierno anterior por protegerlo: mucho hizo por intimidarlo.

Solalinde tuvo que salir de la región del Istmo de Tehuantepec presionado por esos poderes. Era non grato para el gobierno federal.

Ahora, el presidente Enrique Peña le entregó el Premio Nacional de Derechos Humanos y le prodigó de elogios.

“Su labor ha contribuido a evitar que el sueño de muchos migrantes, auténticamente se convierta en una pesadilla. Usted y la labor que lleva a cabo, le ha brindado alimento para el camino, les ha dado un techo, un refugio. Usted ha sido un buen samaritano”, expresó Peña.

Algo más dijo: “El valor de los activistas sociales, como el Padre Alejandro Solalinde, nos inspira, nos contagia de energía, de pasión, de compromiso, para hacer más justa y digna la vida de nuestros semejantes”.

A saber si el discurso conciliatorio del presidente Peña tiene una inmediata congruencia con acciones que reparen daños, allanen dudas, abran caminos de reencuentro entre mexicanos y, sobre todo, combatan la impunidad. Por lo pronto, es gratificante un reconocimiento llano y claro a Solalinde.

Por lo menos dos planos convergen. El del ánimo conciliador y el de la realidad terca y arisca.

Las detenciones del pasado Primero de Diciembre, ha quedado exhibido, significaron actos arbitrarios y abusivos. No parecen haber dado en el blanco perseguido: jóvenes que destrozaron inmuebles privados y propiedades públicas. Tanto que la mayoría de los detenidos salió de la cárcel sin cargos. Quedaron 14, una de ellas es una estudiante de enfermería cuya reclusión está basada en un video donde dicen que aparece al lado de un muchacho que arroja piedras.

Ella es Rita Emilia Neri Moctezuma, de 22 años de edad, hija única de un matrimonio de trabajadores de la salud. Su padre es camillero y su madre enfermera. Tiene Buenos antecedentes de estudio y de trabajo. Comprobables.

El jefe de Gobierno, Miguel Angel Mancera, está ante la oportunidad de reparar errores y de hacer justicia. Nada más que está en un enredo. Días antes de asumir la Jefatura de Gobierno, quien fuera su procurador capitalino, Jesús Rodríguez Almeida, apresuró una indagatoria desaseada, débil en sus fundamentos, francamente vengativa y envió con ello a la cárcel a decenas de muchachos, entre ellos Rita.

Para Mancera, Rodríguez Almeida es un hombre de su confianza muy a pesar de esa deficiente indagatoria: el responsable de validar los abusos en una consignación penal mal hecha fue premiado con el cargo de secretario de Seguridad Pública capitalina.

Mancera juzga que el Primero de Diciembre “las cosas se desbordaron”. En su juicio “se mezclaron personas pacíficas, que con todo derecho protestaban, con grupos que buscaban hacer daño a la ciudad. Los violentos eran escasos, no eran el grueso de los manifestantes”, opina (El País, 15/12/12).

Rita Emilia Neri Moctezuma no tiene nada que ver con los grupos que “buscaban hacer daño a la ciudad”. Y Mancera, el político de la izquierda renovada, debe saber, atenido a esa convicción, que muchos personajes de esa corriente sufrieron de persecuciones y detenciones arbitrarias que consumaron etapas lesivas en la historia del país. Uno de ellos fue el profesor Othón Salazar, ícono de las luchas políticas democráticas y personaje intachable en su trayectoria.

Rita Emilia es sobrina de Othón. Acaso ella siga su ejemplo de integridad. Puede ser que Mancera no sepa nada de Othón Salazar. Puede ser que esa referencia no le diga nada aunque para la Ciudad de México la lucha de Othón fue importantísima en la apertura de espacios democráticos. El parentesco, de todas formas, no figura inocencias. Es un referente. Los hechos, esos sí, dicen que Rita es inocente.

Vaya tiempos. Peña el del PRI enaltece a un luchador por los derechos humanos. Mancera, el de izquierda, tiene injustamente encarcelada a una estudiante de enfermería.

Roberto Zamarripa

Tolvanera

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