Las mujeres del narco

México, 28 de noviembre (Ls Razón).- Las mujeres suelen vivir la tragedia oculta del narcotráfico. Por regla general sólo son testigos del negocio de maridos y amantes, disfrutan los momentos de poder y de gloria, pero padecen, tarde o temprano, las inclemencias de un oficio, el de traficar drogas, que siempre termina mal.

Son pocos los grandes jefes del crimen organizado que pueden ver crecer a sus hijos y envejecer al lado de sus mujeres. La regla es otra.

No es sencillo el arreglo en semejantes condiciones. Alonso Salazar, autor de La parábola de Pablo, escribe: “Si para Pablo (Escobar) la excesiva crueldad fue el principio del fin, el amor por la familia lo remató. Tuvo una gran capacidad de organización, se rodeó de poderosos cercos de seguridad y montó un gran aparato de inteligencia. Pero su cálculo y su sangre fría llegaban hasta donde nacía la debilidad por su familia”.

Pero ellos también la pagan. Victoria Henao, la esposa de Escobar, trató de partir al exilio y ahí fue extorsionada por los nuevos capos de las drogas y por las propias autoridades. Nunca hay reposo para quienes habitaron las altas cumbres del crimen organizado.

En el documental Pecados de mi padre, Nicolás Entel logró convencer a Juan Pablo Escobar de enfrentar y reunirse con los hijos de Luis Carlos Galán y de Rodrigo Lara Bonilla, el político liberal y el ministro de justicia asesinados por órdenes de su padre, el jefe del cártel de Medellín.

Una catarsis dramática entre el pasado y el porvenir de Colombia.

José Alejandro Castaño escribió Cierra los ojos princesa, una novela que se adentra en la vida de Juana Manuela Marroquín, quien en otra época y otro mundo se apellidó Escobar y es dueña de una suerte de herencia maldita, en la que se añora un pasado de excesos y existe un presente bastante incierto.

La hija del patrón no conoció límites sino hasta los últimos días de Escobar, antes de ello hasta un “unicornio” le regalaron, injertando un cuerno de toro en un caballo, que murió a los pocos días por la infección.

Son todas ellas vidas trozadas, pero que al mismo tiempo hablan de otra cara de la tragedia del mundo de las drogas.

Pero quizá quien encarna, con mayor nitidez, las paradojas que enfrentan los que acompañaron a los capos en algún momento de su vida es Virginia Vallejo, la presentadora de televisión que tuvo que huir de Colombia y que juntó sus recuerdos en Odiando a Escobar. Ahí describe su vida con el jefe del narcotráfico, pero también abre los entretelones de las múltiples complicidades que hacen posible un negocio que no tiene fin.

Hace un par de días murió en un tiroteo María Susana Flores, Miss Sinaloa, otra reina de la belleza con una vida truncada. Cayó durante un enfrentamiento entre sicarios y elementos del Ejército, en una situación aún por esclarecer. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué la llevó a esa encrucijada?

Escena sin duda terrible que da pistas de una historia que apenas se empieza a narrar.

Julián Andrade

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