Los donantes, generales

Ciudad de México, 27 de abril.- Un grupo de generales, la mayoría de división, donaron cubre bocas y caretas al Hospital Militar.

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Un acto tan simple, transparente, ha provocado muchas reacciones.

La primera de enojo entre algunos médicos militares. Que, en su estructura de pensamiento castrense asumen, en automático, que corresponde al alto mando dotar de equipo médico de este tipo al personal de Hospital Militar.

La otra, en este mismo espacio, de absoluta libertad de opiniones, de señalamientos sobre quiénes son, según la opinión pública, de acuerdo a su historia militar, los generales donantes.

Y se pierde de vista lo importante.

Que es el hecho en sí mismo. La decisión de los jefes militares en situación de retiro, de contribuir de forma útil, el equipo entregado es de primer nivel, al manejo de la emergencia que estamos viviendo.

Ignoro si en el Hospital Militar hicieran falta estas mascarillas de protección, indispensables en estos días de pesadilla. Lo cierto es que nunca sobran. Y que la voluntad militar, tan manifiesta, es la de obedecer órdenes, de equipar, poner en marcha con urgencia, a hospitales para atender a civiles, en toda la República. Y como suele suceder en el ámbito castrense, al final están los de casa, ellos mismos.

Primero la población.

Los generales retirados que hicieron esta donación, todos, han vivido historias personales, profesionales, complejas. Interesantes. Valerosas. Difíciles. Todos han trabajado sin descansar, en ese antiguo estilo militar sin derecho a vacaciones. Han dejado de convivir con su familia en los días aciagos y en los festivos. Han obedecido órdenes, han dado órdenes, han vivido entre órdenes y cuarteles. Despertando al amanecer, durmiendo poco, comiendo lo que hay.

Los conozco a casi todos, he convivido con casi todos en situaciones muy distintas, en oficinas elegantes, en cuarteles jodidos, entre balazos, en helicópteros y aviones oficiales, en giras eternas, en visitas cortísimas. Y quisiera ampliar la relatoría de mi querido Jorge Medellín, en primera persona del singular.

Comenzando por dos cercanos, creo compadres, generales que vivieron los tiempos de mi general Juan Arévalo Gardoqui y de mi general Riviello. Nombrar a José Ángel García Elizalde es hablar de una leyenda, de un hombre que conoció las entrañas del poder, sin servirse del poder. Que hubiese sido titular de la SEDENA si mi querido Francisco Labastida Ochoa hubiese ganado la elección. Un hombre que tiene pacto con quien corresponda para no envejecer, que sigue montando a caballo con gallardía, que sigue viviendo a tope, que sigue fiel a sí mismo. Junto mi querido Enrique Salgado Cordero, que vivió los peores días de la guerra de Chiapas, que también supo del gran poder militar sin servirse de éste, que conoció las ignominias de los intereses políticos y que hoy vive retirado, con problemas de salud, fuera de la ciudad de México.

A los dos lo he estimado mucho a través de los años. Los conozco, los respeto, los admiro en su valor. No son los únicos. Gastón Menchaca es otro general de los de antes, de los de valor, de enjundia probada. Que también vivió la guerra, con quien amanecí en su oficina entre el estruendo de los balazos. Un hombre caballeroso, que ha tenido todos los mandos sin cambiar.

De Juan Morales Fuentes, con quien viví muchas vidas, con quien construí historias y tejí destino, valga decir que trabajó como si no existiese el tiempo, sin espacio para viajar a despedirse de su padre gravemente enfermo. Que sobrevivió a intrigas palaciegas, que supo del poder del Estado Mayor Presidencial, que ha optado siempre por el uniforme.

De los hermanos Álvarez Nahra se puede decir mucho, poco en contra, poco negativo. De Armando Casillas baste decir que sobrevivió a Fox, a la familia de Martha, a ese infinito poder del Estado Mayor Presidencial, lo que no es poca cosa. De Antimo Miranda se pueden llenar muchas páginas, todas en defensa de las calumnias de narcotraficantes. Mi general Eduardo Emilio Zarate fue, también, responsable de la educación militar. Es decir de la formación de hombres en el honor y la lealtad.

Y así podríamos seguir con mis generales Fausto Zamorano, Francisco Moreno, Gilberto Hernández Andreú, o mi estimadísimo Roble Arturo Granados, que tanto vivió el sexenio anterior en la Sedena. O mi también estimado “Pollo”, Francisco Hernández Solís que sobrevivió a un atentado en Tabasco de milagro. Y otros compañeros igual de valiosos, otros generales igual de respetables y respetados.

Todos son egresados de escuelas militares de élite, nacionales o extranjeras. Todos han sido jefes de zona o de región militar, todos hicieron una carrera impecable, pasando por mandos estatales, por la Secretaría de la Defensa Nacional, por el Estado Mayor Presidencial, por agregadurías militares en el extranjero.

Estamos hablando de carreras militares de más de cincuenta años, que son palabras mayores. Todos son triunfadores, que reciben una pensión modesta.

¿Por qué regalar equipo médico al Hospital Militar? Porque su situación de retiro no es una renuncia al uniforme, a su ser militar, a sus valores.

Que este hecho nos permita imaginar siquiera que historia está detrás de cada insignia, de cada estrella, de cada grado militar…

Isabel Arvide / @isabelarvide / EstadoMayor.mx

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