¿Rudeza innecesaria?

Un discurso presidencial polémico que señaló a ejércitos oscuros…

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Ciudad de México, 19 de febrero.- La fecha era protocolaria. Y el discurso oficial se esperaba otro tanto. No lo fue. Una de las pocas intervenciones presidenciales previamente preparadas, leídas, resonó contra las estructuras militares más arraigadas, tanto que en alguna palabra pensé que podrían retirarse, al menos los jefes militares, en activo y en situación de retiro que no disimularon sentirse señalados con “rudeza innecesaria”, y sin entender, en la separación de varios ejércitos, unos buenos, otros malos, que, a final de cuentas para ellos, en su lealtad, se trata de cumplir órdenes.

“Su historia está llena de claroscuros” es, desde cualquier ángulo, un concepto desafortunado en la celebración, que se ordenó popular, con familias, en el Zócalo.

Peor, todavía peor, que uno de esos “oscuros” a los que se refería el presidente López Obrador fuese el 68. Es decir, la noche de Tlatelolco, cuando se han dado pruebas, grabaciones incluidas, que los militares ahí presentes fueron víctimas de una conjura política del entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, y el jefe del Estado Mayor Presidencial. Los militares que llegaron a Tlatelolco, bajo el mando del general Marcelino García Barragán cumplían órdenes presidenciales.

Este es el nudo histórico que quien contribuyó al discurso, porque este discurso fue muy diferente a todas las expresiones anteriores del Presidente, no parece haber entendido.

¿Cómo puede haber “oscuros” si los militares, ayer y hoy, cumplen órdenes superiores, de un civil?

La referencia al 68 fue muy desafortunada, además, porque ningún jefe militar, en situación de retiro o en activo, participó en estos hechos de hace 50 años.

Otro “oscuro”, la “fallida guerra contra el narcotráfico”, que López Obrador puso en la balanza como error, negativo, malo, oscuro, del Ejército Mexicano, sí tuvo, por el contrario, la participación de todos los jefes militares ahí presentes, en situación de retiro, en el presídium junto a los funcionarios civiles, en el alto mando de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Y si esto, su participación para un resultado positivo o negativo no hubiese existido, los militares habrían estado en falta. En una falta tremenda e imperdonable. Habrían lastimado profundamente la institucionalidad, la lealtad al poder civil, de la institución armada.

Porque no se les ocurrió entonces salir a combatir, con todo el exceso de fuerza que se quiera cuestionar legítimamente, a criminales. Porque todo lo que hicieron fue cumplir órdenes superiores. Como hoy lo hacen en la construcción del aeropuerto, o sembrando arbolitos.

La voz, porque tuvo que haber una voz disidente a las expresiones públicas del primer mandatario desde que asumió el poder, que participó en la concepción del discurso no entiende esto. Lo más importante: La obediencia militar al poder civil. Mande lo que mande.

A esas alturas del discurso, los generales que estaban cerca de mí tenían la quijada trabaja, estaban pálidos, tan tensos como el general de división, lentes de sol, sentado junto a los poderes civiles en el templete, que ni un instante separó las manos tensadas sobre sus piernas, el rostro de una seriedad infinita.

Y mi general secretario, bendición para López Obrador la infinita institucionalidad y lealtad del general Luis Cresencio Sandoval, sin mover un músculo de su rostro, atento, escuchando.

El Presidente, comandante supremo de las fuerzas armadas separaba hechos, fechas históricas, actuaciones del ejército, como oscuras y claras, como buenas y malas. ¿Rudeza innecesaria? Digamos que no provocó aplausos más allá de algunas palmas de corrección educada.

El mensaje tuvo como destinatario a los militares. Y los civiles entendieron muy poco. Los periodistas menos.

Poquísimos, casi ninguno, supo a qué se refería Andrés Manuel cuando comenzó su exposición de los “oscuros” de los militares hablando de Huitzilac. Que, además, es una batalla anterior a la fecha, 19 de febrero 1913, que se conmemoraba. Extraña referencia en un mandatario que sabe tanto de historia, de los acontecimientos de la Decena Trágica. Porque Huitzilac es una población de Morelos que fue incendiada por el general Genovevo de la O., en su persecución de Emiliano Zapata, en 1912.

Independientemente de que se estudie como una atrocidad, fue anterior al 19 de febrero de 1913, y fue por órdenes del presidente Francisco I. Madero. Él fue quien mandó a un general sanguinario a combatir en Morelos, él fue quien después de estos excesos, como hubo muchos otros en los años siguientes, bajo el mando de Venustiano Carranza, envió al general Felipe Ángeles a combatir a Morelos.

Ejército subordinado al poder civil.

Y, qué extraño en ese andamiaje de separar ejércitos, unos malos y otros buenos, se ignorase intencionalmente que Carranza elevó a Ley que los prisioneros fuesen, de inmediato, sin juicio, fusilados. ¿O eso no era violento, contra los derechos humanos?

La pregunta es si el primer mandatario que ha recibido una obediencia absoluta de los militares bajo su mando, quería decir realmente lo que dijo, con la semántica, la traducción que tuvo para los militares. Lo cierto es que en el Día del Ejército apareció una voz anti militar, una voz que no partió de la circunstancia incontrovertible de la obediencia castrense al mando civil, si se quiere ciega.

López Obrador habló del “ejército” de Lucio Blanco, de Lázaro Cárdenas, de Francisco Mújica, de Heriberto Jara. Y si únicamente nos referimos a Lázaro Cárdenas en las batallas de Sonora, bajo las órdenes de Plutarco Elías Calles, encontramos que participó en un “ejército” que arrasaba, que también mataba, que también fusilaba a sus prisioneros, que también combatió a José María Maytorena, al que el Presidente mencionó.

¿Cómo puede entenderse el concepto de ejércitos oscuros y luminosos, buenos y malos?

Lo que iba a ser una fiesta, complicada porque se cerró el Zócalo, porque quedaron muchos lugares vacíos, porque más bien parecía un festival escolar, se convirtió en un señalamiento que muchos, muchos que son muchos, jefes militares no se merecían. Y que, por eso, por sentirse injustamente aludidos por su jefe supremo, al que obedecen hasta contra su propia naturaleza al dejarse apedrear por criminales o peor, vivieron esta celebración con enojo.

Ya no se escuchó con atención, por aquello de no cayeron en la traición que parecía semánticamente como chance y sí, los elogios a los soldados que siembran árboles, al general Sandoval, ni el agradecimiento por “estar a favor de la Cuarta Transformación”.

Una expresión escuchada de un jefe militar al retirarse: “Y eso de que vamos ganando vale…”.

Isabel Arvide / @isabelarvide / EstadoMayor.mx

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