México, 26 de junio.- Batea fino, dicen en mi pueblo.
Lo cierto es que Peña Nieto es un excepcional comunicador que, con elegancia, ha enviado mensajes más que trascendentes para el sistema político mexicano.
En días pasados, al nombrar en Michoacán gobernador sustituto a un hombre sin ninguna experiencia política, reconocido en lo académico y, aparentemente, a salvo de cualquier tentación de complicidad criminal, Salvador Jara Guerrero, privilegió la “decencia” por encima de la experiencia política. Como hubiese hecho un gobernante de oposición, no un priísta de cepa como es Peña Nieto.
Esto, aquí y en China, es modernidad. Y, también, un cambio.
Es obvio que Michoacán era un desastre, y que sigue estando patas arriba en muchos ámbitos sociales, pero el primer mandatario decidió que la respuesta a esos problemas era enviar a un “comisionado” que, ejerciendo como vicegobernador, tuviese toda su confianza. A eso sigue aferrado. Es decir, no importa cuántas críticas, locales y nacionales, merezca el desempeño de Alfredo Castillo, nada va a cambiar la opinión presidencial a su favor.
Lo que tampoco es común.
Queda la generosidad. Virtud que suele perderse en el desempeño del poder. Y que, por lo visto, el Presidente de la República honra cotidianamente. Porque generoso, en extremo, fue con el hoy exgobernador Fausto Vallejo. Con exceso de respeto a su edad, a su enfermedad, le permitió una salida digna que no se merecía. No solamente por su nula capacidad como gobernador sino por las sospechas, justificadas, de que su hijo también estaba coludido con los criminales que han causado los principales problemas de esa entidad.
Fausto Vallejo ganó una elección contra la hermana del Presidente en turno que, por su personal prurito personal, no metió las manos para afianzarla en el poder. Desde ese momento se habló de las complicidades familiares y de su equipo de trabajo con los líderes criminales.
La misma senadora Luisa María Calderón lo denunció en múltiples foros. La muy sospechosa afluencia de votación en los municipios dominados por “La Tuta” debió provocar acciones más enérgicas. Luego se descubrió que su titular de la Secretaría de Gobierno, y a quien encargó su despacho cuando pidió permiso por enfermedad, Jesús Reyna estaba totalmente coludido, en abierta complicidad, con los criminales.
¿Por qué entonces sostenerlo como gobernador así fuese de nombre? ¿Por qué darle una salida en total libertad, aduciendo su enfermedad cuando la fotografía de su hijo con “La Tuta” ya circula en medios de comunicación?
No se puede hablar de un miasma mayor que el vigente, todavía hoy, en Michoacán.
La voz de Alfredo Castillo tuvo que ser escuchada, es más vino al DF sin ningún pudor, para el nombramiento de quien era Rector de la Universidad. ¿Cuál es su perfil? Digamos que no va a estorbar a la federación, que no va a proteger a ningún delincuente, que no va a hacer declaraciones incómodas, que no va dejar espacios para proporcionarles impunidad a los criminales. Eso parece ser suficiente.
Peña Nieto les está diciendo, a los políticos que vienen con años y años de experiencia en muchos puestos, a los gobernadores, que él sabe cómo organizarse y con quién, que no va a repartir el poder a conveniencia de intereses ni locales ni de grupos políticos.
Si no me ayudan, no voy a permitir que me estorben, ni tampoco compartir mi poder ni mis decisiones con grupos o pasados… parece decirles.
Y que puede controlar, personalmente, con aquellos en quien confía, sean aceptados o no socialmente, a las entidades federativas que se descompongan.
Este mismo mensaje está implícito en el nombramiento del nuevo líder del PRI en el DF, después de un escándalo de mujeres y medios de comunicación, llega un enviado de Miguel Osorio Chong (¿más claro el futuro?) que tiene, otra vez, toda la confianza de alguien en quien Peña Nieto confía.
Si esta persona tiene o no experiencia pegando cartelones, como es el caso del gobernador Jara en Michoacán, no importa. Este es el país, este es el gobierno, este es el sexenio, este es el PRI de Peña Nieto y aquellos en quien confía.
No se trata, no solamente, de un estilo personal de gobernar, sino de privilegiar valores que estuvieron presentes en la política mexicana hace décadas, como la lealtad y la confianza. A eso hay que agregar la discreción, la obediencia, el entendimiento de quien tiene realmente el mando… esos son los pasillos por los que puede transitarse en este sexenio. Si no lo creen, habrá que preguntarle a Fausto Alzati…
Isabel Arvide
@isabelarvide
Estado Mayor
