La Rebelión que atizó Estados Unidos (Tercera parte)

La Decena Trágica. Foto: EspecialMéxico, 11 de febrero.- Hace un siglo ocurrió la Decena trágica, del 9 de febrero al 18 de febrero de 1913, como se le conoce al movimiento armado que derrocó a Francisco I. Madero de la Presidencia de México. En aquellos días de fuego, las calles de Ciudad de México se convirtieron en frentes de batalla, en especial los alrededores la Ciudadela, que hoy alberga la Biblioteca México, el Centro de la Imagen y la Ciudad de los libros, y varios rincones colindantes al Palacio Nacional. 

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13 de febrero de 1913

Una bala de cañón destruyó la puerta Mariana del Palacio Nacional y mató al Comandante de la Guardia y a seis soldados. De esta manera los rebeldes demostraron que su poder de fuego era amplio. Por las calles de Victoria, Morelos y Doctor Vértiz hubo varios rabiosos combates. Algunas granadas cayeron en el club americano y el club alemán. Los golpistas se apoderaron de la torre de la iglesia del Campo Florido y, tras arduos esfuerzos, fueron desalojados de ahí.

En tanto el gobierno recibe dos millones de cartuchos para rifles y cañones desde Veracruz, y mediante informes alarmistas y exagerados el embajador estadounidense Henry Lane Wilson, quien detestaba al Presidente Madero, buscaba la intervención militar de su país en el conflicto. En una visita de Enrique Cepeda a la embajada, se concertó una entrevista entre el embajador, Félix Díaz y Victoriano Huerta para trazar el plan que eliminaría a Madero.

 

14 de febrero de 1913

Mientras el Cuerpo Diplomático empieza negociones de paz, sin ningún resultado positivo, a los alrededores de La Ciudadela se traslada buena parte de la cúpula militar del Presidente Madero. Están ahí, debatiendo y supervisando los asaltos, el Comandante Militar de la Plaza, Victoriano Huerta, General José Delgado, General Gustavo Mass, General Felipe Ángeles, General Aureliano Blanquet, General Francisco Romero, General Cauz, General Guillermo Rubio Navarrete y General Joaquín Beltrán.

También ese día tropas de Oaxaca llegan a la capital para reforzar el ataque contra los rebeldes. Esas tropas de refresco entraron en acción en el transcurso del día pero tuvieron resultados adversos, dos compañías defeccionaron y se pasaron al lado de los alzados. Otra vez Huerta mintió a Madero diciéndole que la falta de fusiles y de hombres le impide alcanzar la victoria.

Militar y políticamente, el levantamiento había fracasado porque los sublevados estaban sitiados, pero el objetivo de los conjurados era sembrar incertidumbre entre la población y alargar el conflicto para avivar el temor de una intervención estadounidense que pusiera orden con un golpe de Estado dado que el gobierno de Madero era torpe para restablecer la paz.

Ante los rumores de una intervención estadounidense, el Presidente Madero envía un telegrama a su homólogo William H. Taft  para que no ordene un desembarco de tropas en Veracruz para no empeorar, aún más, la situación. En distintas calles se multiplican los cadáveres que no son levantados por el fuego de artillería.

 

15 de febrero de 1913

Al amparo de la noche y debido por el fuego de artillería, ametralladoras y fusilería que no cesa tan pronto sale el sol, varios de los cuerpos abandonados en las calles son incinerados. A esas escenas dantescas se suman otros fuegos. Hay fogatas donde se quema la basura acumulada durante días, hay otras donde se reúnen los combatientes y los civiles que los apoyan. Las llamas de ambos bandos se entremezclan con las nuevas noticias:

El General Aureliano Blanquet, quien estaba combatiendo al zapatismo al frente del 29° Batallón y tenía su base en Toluca, llega a la periferia de la Ciudad de México y permanece en los llanos de Tlaxpana por órdenes de Huerta, pero los maderistas ignoran esa alianza.

Lo que es más difícil saber para los combatientes es que el embajador Henry Lane Wilson, que apoyaba y aprobaba los planes de los golpistas, sigue desacreditando al Presidente Madero con quien lo escuche: su propio gobierno y los embajadores latinoamericanos. Además trató de intranquilizar a parte del cuerpo diplomático europeo —compuesto por el contralmirante Paul von Hintze de Alemania, Francis W. Stronge de Inglaterra y Bernardo J. Cólogan y Cólogan de España, este último, quizás dudando de las palabras de Wilson, se apersonó en La Ciudadela para dialogar con Díaz y Mondragón, los rebeldes generales—. Poco tiempo después se supo que Wilson les pidió su respaldo a los embajadores ante la incompetencia de Madero para salvaguardar sus intereses y la integridad física de sus ciudadanos. Con el apoyo de este cuerpo diplomático solicitó al gobierno cambiar el control del orden en la capital. Y que fueran los policías, y no los soldados, los nuevos encargados.

Manuel Márquez Sterling, ministro de Cuba, señala por qué esta medida resultaba muy conveniente para los planes de los alzados: “El personal policíaco era de la época de Don Porfirio Díaz, así se marginaba a los soldados revolucionarios y se les daba todo el mando a la policía porfirista que apoyó en gran medida el Cuartelazo”.

Pedro Lascuráin, ministro de Relaciones, y un grupo de veinticuatro senadores de oposición le exigen a Madero su renuncia. El presidente se mantuvo firme a esas presiones políticas. Y desoyó tanto a diplomáticos como a senadores. La casa de la familia Madero, lejos de los enfrentamientos porque estaba en las calles de Berlín y Liverpool, en la Colonia Juárez, fue incendiada. En medio de la confusión de este día, Huerta sigue con su plan: designa al general Aureliano Blanquet para resguardar el Palacio Nacional.

 

16 de febrero de 1913

A las 2 de la madrugada se pactó un armisticio por 24 horas. El pueblo, acogiéndose a la tregua, aprovecha para huir de la zona de fuego con todos los enseres que puede cargar en sus modestos ajuares. A pie, en carretas, corren por sus vidas.

Otros, con banderas blancas, recogen a sus deudos muertos, mientras hay quienes llevan provisiones a los rebeldes. Sigilosamente, soldados rebeldes instalan ametralladoras en la periferia de La Ciudadela cuando dentro de ésta el General Mondragón le detalla al General Díaz cómo se hará el bombardeo de Palacio Nacional mañana, 17 de febrero.

A las 2 de la tarde el fuego reinició y la torre de la 6ª demarcación de policía fue destruida por el bombardeo. Cerca de ahí, el escritor y periodista estadounidense John Kenneth Turner fue arrestado por las fuerzas rebeldes cuando intentaba tomar fotografías de las escenas dantescas en las zonas destruidas por los cañones. El autor del libro México bárbaro, obra que criticaba fuertemente al porfiriato por el trato que se les daba a los indígenas mayas en la Península de Yucatán, oculta su identidad para salvar su vida.

Cuando Madero por segunda ocasión reclamó a Huerta la inefectividad de los ataques y la violación al armisticio, el general sostuvo que todo formaba parte de su estrategia para concentrar a los rebeldes en La Ciudadela y aniquilarlos más rápido y efectivamente.

Para ese entonces, la animadversión en contra Huerta crece más allá de Madero. Porque el coronel Rubén Morales, asistente de Madero, planeó un ataque nocturno pero Huerta lo impidió y porque también el secretario particular del Presidente, Juan Sánchez Azcona, sorprende a Huerta entrevistándose con Alberto García Granados y Enrique Cepeda, ambos simpatizantes de los golpistas. Alberto J. Pani, amigo y colaborador del Presidente en su informe diario le advierte de un posible acuerdo entre los sitiadores y los sitiados, donde Huerta desempeñaba un papel fundamental. A pesar de las advertencias de la patente deslealtad de Huerta, Madero continuó confiando en él.

Montones de cadáveres son llevados hasta Balbuena para ser incinerados y evitar una epidemia en Ciudad de México. Otros restos, menos afortunados, fueron hechos pira donde cayeron. Así, las calles de Balderas y Humboldt tenían decenas de macabros cuerpos que nadie supo identificar.

17 de febrero de 1913

Las bombas siguen cayendo por diferentes rumbos de la ciudad causando muerte, destrucción y desaliento. La metrópoli luce con calles solitarias con cadáveres incinerados, cascotes desperdigados, huellas de incendios

Un cablegrama del presidente estadunidense Taft llega por la mañana de ese día y le indica a Madero que las fuerzas navales estadounidenses ancladas frente a Veracruz se encuentran tan sólo en una posición de precaución natural y que no existe ninguna orden de desembarco, no obstante se encuentra bien al tanto de lo que ocurre en México a través de las noticias del embajador Henry Lane Wilson.

Victoriano Huerta es propuesto como Gobernador General de México por parte de los senadores de oposición, el cuerpo diplomático y Lascuráin. El Presidente Madero se entrevistó con Huerta para preguntarle al respecto de los rumores de esta propuesta, y él confirmó que si bien era cierta no estaba interesado en aceptarla.

Poco más tarde, Gustavo Adolfo Madero —hermano del presidente— y Jesús Urueta descubrieron que Huerta, en lugar de combatir a los rebeldes, estaba efectivamente en tratos con Félix Díaz y sus tropas. Gustavo con pistola en mano detuvo a Huerta y lo llevó ante Madero. Frente al presidente, Huerta negó ser partícipe de la conspiración y se comprometió a capturar a los rebeldes en 24 horas. Haciendo a un lado los hechos de que Huerta había tenido relaciones con Díaz y Reyes durante el porfiriato y de los rumores de que intentaría derribar al gobierno por todos los medios a su alcance, Madero lo liberó y le concedió las 24 horas que solicitó para comprobar su lealtad.

—Prometo a usted, Señor Presidente, que mañana todo habrá terminado.

Para que se limaran las asperezas con su hermano, persuadió a ambos para que se reunieran al día siguiente. El embajador norteamericano Henry Lane Wilson fue a La Ciudadela para proseguir su labor de mediación entre Huerta y Díaz. Cuando el embajador se encontró con el periodista John Kenneth Turner le pidió sincerarse con sus captores, y Mondragón lo sentenció a muerte. El periodista estuvo a punto de ser fusilado, pero al considerarse que la acción no sería bien vista por el gobierno estadounidense, los golpistas decidieron liberarlo dos días más tarde. Tan pronto pudo, Kenneth Turner partió a Veracruz para salir del país.

Por la noche, Alfredo Robles Domínguez, antiguo militante del maderismo que se había distanciado del Presidente, llegó a Palacio Nacional para dar parte de la confabulación de Huerta con Félix Díaz. De nueva cuenta, el Presidente Madero no escuchó las advertencias.

 

18 de febrero de 1913

Mientras en la ciudad continuaban los bombardeos y las descargas de ametralladora, hacia las 3 de la tarde, el General Victoriano Huerta y el Ejército a su mando desconocen al Gobierno y se unen al grupo faccioso.

Madero y algunos miembros de su gabinete discuten los acontecimientos en un saloncito contiguo al salón de acuerdos. De pronto se presenta el Teniente Coronel Teodoro Jiménez Riveroll y le dice que el General Aureliano Blanquet lo manda para que le diga que el General Rivera acaba de llegar de Oaxaca sublevado contra el Gobierno y que era preciso que saliera a arengar a la tropa para levantar el espíritu.

Allá iba Madero cuando intuyó que lo que se urdía era una traición. Ordenó entonces a Jiménez Riveroll que llamara al General Blanquet para que le informara personalmente qué sucedía realmente porque conocía la lealtad de Rivera y dudaba de la versión.

De improviso, los soldados del 29° batallón que seguían a Jiménez Riveroll penetraron en el salón con la carabina al brazo, y el Capitán Federico Montes les ordena, con voz firme y fuerte, que den media vuelta. Pero en ese mismo momento Jiménez Riveroll les ordenó:

—¡Soldados!…¡Apunten, fue…

Jiménez Riveroll no terminó la frase porque el Capitán Gustavo Garmendia lo dejó tendido en tierra de un certero balazo, mientras que el ingeniero Marcos Hernández cayó muerto al interponer su cuerpo para salvar la vida al Presidente.

Una vez muerto Jiménez Riveroll, el Mayor Izquierdo, segundo jefe del pelotón que entró con los soldados a Palacio, toma el mando de la tropa, pero a consecuencia de esa actitud, el Capitán Federico Montes dispara rápidamente su pistola, ocasionándole la muerte.

Acto seguido el Presidente y una pequeña comitiva bajan las escaleras para hablar con el resto de la tropa en el patio, fue entonces cuando el General Aureliano Blanquet desenfunda su pistola y, personalmente, lo hizo prisionero. A pesar del reclamo de Madero, quien lo llamó traidor, la detención de Madero y Pino Suárez se lleva a cabo, y ambos son confinados en la Intendencia del Palacio. Juan Sánchez Azcona, Jesús Urueta y el Capitán Gustavo Garmendia lograron escapar, no así Adolfo Bassó, intendente del Palacio, quien también fue hecho prisionero.

Mientras esto ocurría,  en el restaurante Gambrinus, hacia las 1:50 de la tarde, Gustavo A. Madero, quien se había reunido con el General Huerta para almorzar, fue sorpresivamente aprehendido por veinticinco guardabosques. Gustavo A. Madero y Adolfo Bassó son trasladados a la Ciudadela donde fueron ejecutados en la madrugada del día siguiente.

Antes de morir, Gustavo A. Madero fue humillado por sus captores, relata Enrique Krauze. Lo golpean, lo insultan y uno de ellos, llamado Melgarejo, pincha con la espada el único ojo hábil de Gustavo, produciéndole en el acto la ceguera. La sangre mana su rostro y él anda a tientas entre carcajadas de los alzados. Cuando encara a sus captores veinte bocas de fusil ponen fin a su vida.

—No es el último patriota —exclama de pronto Bassó—. Aún quedan muchos valientes a nuestras espaldas que sabrán castigar estas infamias.

Uno de los verdugos pretende vendar al viejo marino, recto de talle, y él se resiste.

—Deseo ver el cielo —y alzando el rostro hacia el cielo infinito dijo: —No encuentro la Osa Mayor… ¡Ah, sí! Ahí está resplandeciente.

A los que lo fusilarán les espeta:

—Tengo sesenta y dos años de edad. Conste que muero a la manera de un hombre.

Desabotonó el sobretodo para descubrir el pecho y ordenó:

—¡Hagan fuego!

Una vez que Huerta confirmó que el éxito de las acciones perpetradas en Palacio, aprehende al general Felipe Ángeles acusándolo de insubordinación y lo encierra junto con Madero y Pino Suárez.

Por otro lado, ya consumado el derrocamiento de Madero, Enrique Cepeda se entrevistó con el embajador Henry Lane Wilson para informarle lo ocurrido en Palacio y en el restaurante Gambrinus. El embajador notificó al presidente Taft y al Departamento de Estado de Estados Unidos que los rebeldes habían triunfado y habían aprehendido a Madero y Pino Suárez.

El General Victoriano Huerta asume el mando político y militar. En La Ciudadela, cuando se sabe de las detenciones, se desatan muestras de júbilo y los felicistas recorren las calles de la ciudad esparciendo la noticia y gritando vivas a Félix Díaz. Un grupo de ellos se dirige a las instalaciones del periódico maderista Nueva Era para incendiarlas.

Entre tanto festejo por el triunfo de los rebeldes y el cambio del Gobierno se echan al vuelo las campanas de la Catedral y el pueblo sale en masa a recorrer las calles para ver los destrozos causados por los bombardeos en el perímetro donde se desarrollaron los combates.

Henry Lane Wilson recibió a las 9 de la noche en la embajada de los Estados Unidos a los golpistas. Victoriano Huerta llega junto con Enrique Cepeda y el General Joaquín Maas Flores, y por su parte Félix Díaz arriba acompañado por el General Fidencio Hernández y Rodolfo Reyes. Fue este último quien redacta el Pacto de la Embajada, que se dio a conocer posteriormente de manera oficial como Pacto de La Ciudadela, donde se establecía desconocer al gobierno de Madero y Pino Suárez y establecer un gobierno provisional al mando de Victoriano Huerta con un gabinete conformado por reyistas y felicistas.

Poco después, Aureliano Blanquet fue ascendido a General de División. Los padres de Madero, sus hermanas solteras, y su esposa, Sara Pérez Romero, piden asilo en la Embajada de Japón, donde pasaron esa noche de infamia.

 

Epílogo

La renuncia de Francisco I. Madero y de José María Pino Suárez a los cargos de Presidente y Vicepresidente se concreta el 19 de septiembre y la Cámara de Diputados, presidida por el diputado Francisco Romero, la acepta con 119 votos, en el caso de Pino Suárez, y 125 con Madero. Los diputados que votaron en contra fueron Alarcón, Escudero, Hurtado, Espinoza, Méndez, Morales, Navarro, Luis Ortega y Rojas.

Pedro Lascuráin, Secretario de Relaciones Exteriores, se asume como Presidente interino. Su cargo dura de las 5.15 de la tarde hasta las 6 cuando declina la función a favor de Victoriano Huerta, quien asume la Presidencia y el 20 de febrero da a conocer su gabinete.

Mientras se decide la suerte de los prisioneros y se aleja la posibilidad de ser exiliados en Cuba, el 21 de febrero Francisco I. Madero recibe la visita de su madre, Mercedes González Treviño, quien lo entera de la muerte de su hermano Gustavo. La noticia sobre cómo murió lo trastorna y pasa la noche llorando en silencio su muerte.

Félix Díaz, Manuel Mondragón, Aureliano Blanquet y Victoriano Huerta acordaron deshacerse de Madero y Pino Suárez el 22 de febrero. El mayor de rurales Francisco Cárdenas es llamado a las 6 de la tarde a Palacio Nacional. Allí recibe la orden de matar a Madero y Pino Suárez fingiendo que se trata de un asalto. Intrigado, pregunta por Felipe Ángeles y le informan que a él se le perdonará la vida.

A las 10.20 de la noche el ex presidente y el ex vicepresidente fueron despertados para ser llevados a la Penitenciaría de Lecumberri. El General Ángeles preguntó si también iría, pero fue informado que él debería quedarse ahí. Los prisioneros fueron trasladados en dos vehículos.

En el que viaja Madero es un peerless reformado como un packard, fue rentado por Ignacio de la Torre y Mier y era conducido por Ricardo Hernández. El otro, donde estuvo Pino Suárez, es un protos propiedad de Alberto Murphy y es conducido por Ricardo Romero.

Los autos jamás entraron al penal sino que se fueron hasta uno de los extremos más apartados de la penitenciaría. De pronto se detienen y el rural Francisco Cárdenas le ordena a Madero:

—¡Baje usted, carajo!

Ante su negativa, le dispara en la cabeza. Pino Suárez intenta huir pero cae herido por Rafael Pimienta y es rematado con trece balazos en el suelo. Los verdugos simulan el asalto y disparan contra los vehículos y ordenan a los choferes a guardar silencio.

Cuando Cárdenas va al Palacio Nacional a informar al General Victoriano Huerta que la orden había sido cumplida, éste daba una conferencia de prensa afirmando que una multitud iracunda había asaltado a la escolta que llevaba a Madero y Pino Suárez. Se dijo también a los periodistas que se realizaría una investigación para esclarecer los hechos. Cada uno de los asesinos recibió una paga de dieciocho mil pesos.

En Coahuila se alza se alza Venustiano Carranza. En Sonora lo hace Álvaro Obregón. Poco después se suman Francisco Villa y Emiliano Zapata en contra de Victoriano Huerta al que todos llamaron “El usurpador”.

A raíz del horrible crimen, resume Enrique Krauze, el tigre que tanto temió Porfirio Díaz despertó con una violencia sólo equiparable a la de la guerra de Independencia. Los viejos agravios sociales y económicos del pueblo mexicano impulsaron sin duda la lucha; pero en aquella larga, dolorosa  y reveladora guerra civil, además de la venganza  había también un elemento de culpa nacional, de culpa histórica por no haber evitado el sacrificio de Madero, quien es llamado, desde entonces, “El apóstol de la democracia”.

Arturo Mendoza Mociño

Estado Mayor

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