La Rebelión que atizó Estados Unidos (Segunda parte)

La Decena Trágica. Foto: Especial

México, 10 de febrero.- Hace un siglo ocurrió la Decena trágica, del 9 de febrero al 18 de febrero de 1913, como se le conoce al movimiento armado que derrocó a Francisco I. Madero de la Presidencia de México. En aquellos días de fuego, las calles de Ciudad de México se convirtieron en frentes de batalla, en especial los alrededores la Ciudadela, que hoy alberga la Biblioteca México, el Centro de la Imagen y la Ciudad de los libros, y varios rincones colindantes al Palacio Nacional. 

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La sublevación

9 de febrero de 1913

Con un grupo de cadetes de la Escuela Militar de Aspirantes de Tlalpan y tropa del cuartel de Tacubaya, Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz se sublevaron la madrugada de ese domingo, se detalla en el libro Historia Gráfica de la Revolución con fotos de Gustavo Casasola y en Memorias de campaña de Francisco L. Urquizo, así como en La Ciudadela de fuego del historiador Samuel Villela.

Los objetivos militares de los alzados eran capturar al secretario de Guerra,  Ángel García Peña, en el Palacio Nacional y  liberar al general Bernardo Reyes de la prisión de Santiago Tlatelolco y al general Félix Díaz, preso en Lecumberri.

Por la pronta reacción del general Lauro Villar, fiel al gobierno de Madero, el Palacio que había caído en manos de los sublevados por el efecto sorpresa, fue recuperado y los prisioneros liberados. Otros guerreros leales del 24° Batallón del cuartel de San Pedro y San Pablo y del 1° de caballería, que penetraron por las puertas traseras del recinto, donde estaba el cuartel de zapadores, tomaron por sorpresa a los golpistas. Entre esos defensores estaba también el Vicealmirante Ángel Ortiz Monasterio.

Bernardo Reyes llegó al Zócalo, que entonces era llamado Plaza de Armas, al frente de una columna de rebeldes. Una línea de tiradores se desplegó ante ellos y una ametralladora fue emplazada en la Puerta Mariana del Palacio. Entonces Villar le pidió tres veces que depusiera las armas mientras que el regiomontano lo invitaba a unirse al movimiento golpista. Cuando Reyes lanzó su cabalgadura en contra de él se desató una nutrida balacera donde Reyes fue acribillado junto con 115 rebeldes. Los leales sólo tuvieron 43 bajas. Ese terrible día hubo 805 víctimas, la mayoría eran civiles porque muchos fueron curiosos que fueron sorprendidos por las balas de las ametralladoras, lamenta Francisco L. Urquizo. Después de la refriega se supo que Villar fue herido de gravedad.

Tras ese descalabro, Díaz y Mondragón decidieron refugiarse en La Ciudadela, que funcionaba como depósito de armas y municiones, y era resguardada por los generales Rafael Dávila y Manuel P. Villareal. La fortaleza cayó en sus manos a las 11:30 de la mañana, Villareal fue herido y rematado por la espalda. En un tris, los golpistas robustecieron su fuerza de fuego porque allí encontraron 27 cañones, 8 mil 500 rifles, 100 ametralladoras, 5 mil obuses y veinte millones de cartuchos.

El Presidente Madero siempre tuvo conocimiento de los sucesos porque le dieron un parte militar, por teléfono, hacia las 7 de la mañana. Tan pronto puede monta su caballo y sale del Castillo de Chapultepec escoltado por alumnos del Colegio Militar y se dirige a Palacio Nacional en lo que se conoce, desde entonces, como “La marcha de la lealtad”. En el trayecto la multitud lo vitorea y lo sigue, pero en la Avenida San Francisco, frente al Teatro Nacional, hay un tiroteo entre tropas leales y sublevados, y Madero se refugia en la Fotografía Daguerre, ubicada en Avenida Juárez. Cuando cesa la balacera sale al balcón del establecimiento. Lo acompañan Victoriano Huerta y Manuel Bonilla y Elías de los Ríos.

Por las heridas de Villar, Huerta fue nombrado comandante militar mientras Madero llamó a los cuerpos militares de Tlalpan, San Juan Teotihuacan, Chalco y Toluca para estructurar la defensa.

Toda esa mañana fue de inseguridad e indecisión, sostiene Urquizo. Por el teléfono se daban órdenes y contraordenes. Cuando se dispuso retomar La Ciudadela con un grupo de guardias presidenciales al mando del Mayor Emiliano López Figueroa fue inútil porque éste fue capturado. Francotiradores en las azoteas, baterías de cañones al Pie del Reloj Chino, fuego de ametralladoras, pulverizaron a esa fuerza y Urquizo salvó la vida de milagro.

Por la tarde, el Presidente Madero se trasladó a Cuernavaca para pedir personalmente ayuda al General Felipe Ángeles, militar de su confianza que se encontraba combatiendo con sus tropas a Emiliano Zapata. Madero pasó la noche en el Hotel Bellavista. Mientras tanto, en la capital, Huerta ordenó el fusilamiento del General GregorioRuiz para acallarlo porque éste sabía de los planes subversivos de Huerta. Señoras y señoritas de reconocidas familias de la clase alta repartieron cigarros y golosinas a los sublevados de La Ciudadela sin sufrir un rasguño.

 

10 de febrero de 1913

La Ciudad de México amaneció con un silencio sepulcral. Los contados automotores que circulaban eran los de la cruz Roja dedicados a recoger muertos y heridos. Banderas de naciones extranjeras ondean afuera de algunos edificios con el fin de protegerlos. Los diarios no se publican y la Comisión Permanente concede al Ejecutivo facultades extraordinarias en Hacienda y Guerra.

Madero y Ángeles llegaron a la capital por el rumbo de Xochimilco y Tepepan junto con dos mil hombres para enfrentar a mil 500 hombres que están atrincherados en la Ciudadela y que cuentan con un armamento para resistir por mucho tiempo. Las tropas fueron recibidas por Ángel García Peña, Ministro de Guerra. A pesar de la insistencia del Presidente para nombrar a Ángeles como jefe de la plaza, el ministro ignoró la petición y decidió respetar el escalafón militar manteniendo a Huerta en el mando. El número de leales aumentó con las tropas de Cuernavaca que llegaron por la tarde a la capital, a los que sumaron otros cuatro regimientos de Celaya y Teotihuacan, y las tropas de Querétaro al mando de Guillermo Rubio Navarrete. En total se contaba con seis mil hombres.

Un consejo militar presidido por Huerta definió un plan de ataque donde cuatro columnas, dirigidas por Ángeles, Gustavo Mass, Eduardo Cauz y José María Delgado, atacarían La Ciudadela. La artillería de Rubio Navarrete completaría el ataque.

 

11 de febrero de 1913

A las 10.30 de la mañana comenzaron las acciones bélicas. El cañoneo entre ambos bandos no cesa y ese duelo de artillería frenará, por momentos, el avance de las tropas leales por distintas calles del centro de la ciudad.

Las malas artes de Huerta se despliegan: a Ángeles sólo le proporcionó obuses de metralla que no hacían ningún daño a La Ciudadela y a Rubio Navarrete no le dejó en claro sus objetivos. Y en el terreno las cuatro columnas de leales realizaron un avance frontal siendo blanco directo de los rebeldes.

Urquizo, testigo directo de los acontecimientos, es lapidario: “Sólo siendo muy animal se podía creer que pudiera tomarse una fortaleza montados a caballo y caminando por un lugar barrido por las ametralladoras”. ¿Resultado? Cadáveres de hombres y caballos colman las calles.

Mientras el Reloj Chino, ubicado en la glorieta de Bucareli y Atenas, regalo de ese gobierno con motivo del centenario de la Independencia de México, era completamente destrozado por el fuego cruzado.

Durante el transcurso de las hostilidades, Huerta se entrevistó en secreto con Díaz, acordando entre ambos simular que los sublevados de la Ciudadela estaban cercados y planear el derrocamiento de Madero, tratando de causar el menor número de bajas entre sus seguidores. El lugar del encuentro, según algunas versiones, se llevó en la colonia Roma, en la casa Enrique Cepeda, compadre y antiguo compañero de Huerta. Otros sostienen que fue en el restaurante El Globo.

En el colmo de sucesos insólitos se permitió el paso de alimentos y suministros a los sitiados. El Presidente Madero, al recibir las noticias del fracaso, le reclamó a Huerta no solamente los resultados, sino el haber permitido el paso de víveres a La Ciudadela. Huerta negó la acusación, pero confrontado con varios testigos sostuvo que la suya era una estrategia para concentrar a los rebeldes y poder rematarlos mejor. Desoyendo las sospechas de todos sus cercanos, Madero decidió confirmar a Huerta en el mando. Los disparos cesaron por la noche pero ese día concluyó con más de 500 muertos y heridos.

 

12 de febrero de 1913

El rugido de los cañones golpistas se empezó a escuchar hacia las 6 de la mañana y su principal objetivo fue la cárcel de Belén donde los presos se amotinaron e intentaron una fuga masiva. Aunque muchos de ellos perecieron en el ataque, algunos prófugos se unieron a los alzados y otros fueron apresados de nueva cuenta y conducidos a la Penitenciaría de Lecumberri.

Huerta mandaba tropas a zonas donde eran blanco fácil de su cómplice Díaz, incluso mandó una carga de rurales con resultados similares al día anterior. Centenares de hombres morían de manera intencional y los muertos eran militares como civiles por igual. De esta forma se intentó demostrar que el gobierno de Madero era incapaz de frenar la sublevación.

Arturo Mendoza Mociño

Estado Mayor

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