México, 31 de agosto (La Razón).- La presencia de la CIA en México tiene un carácter inclusive histórico. Los ex presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría fueron muy cercanos a los agentes destacamentados en la capital del país.
Pero más aún: algunos dirigentes políticos, incluido un secretario del Partido Comunista, eran en realidad espías al servicio de la agencia.
No podía ser de otro modo, ya que durante los años de la guerra fría México era un verdadero centro de espionaje para norteamericanos y soviéticos.
Quizá uno de los libros más interesantes sobre las actividades de la CIA sea la recopilación de columnas periodísticas de Manuel Buendía, quien a lo largo de los años se ocupó del tema y que se tituló, justamente, La CIA en México.
Buendía afirma que nunca estuvo a la caza de espías y que más bien los datos fueron llegando a su mesa de trabajo.
Por eso no es del todo extraño que los dos funcionarios del gobierno de Estados Unidos implicados en el tiroteo de Morelos sean integrantes de esa agencia, la que tiene la función de realizar labores de inteligencia fuera de su territorio.
A partir de la Iniciativa Mérida, pero todavía mucho antes, hay acuerdos de colaboración entre México y EU y ellos incluyen la capacitación de personal de seguridad en tareas delicadas o de alto impacto.
Los cursos son impartidos por personal de las diversas agencias, pero también hay un permanente intercambio de información, que es el que ha permitido la captura de algunos importantes jefes del narcotráfico.
Lo extraño con los agentes de la CIA es que los hayan intentado asesinar agentes de la Policía Federal, la mejor preparada y la que cuenta con mayores sistemas de control en el ingreso y la permanencia de sus elementos.
Por lo que se sabe hasta ahora, y que ha sido publicado en diarios de EU, entre ellos The New York Times, no parecen existir datos que hagan pensar que los agentes de la CIA fueran un objetivo preciso de quienes atentaron contra su vida.
La PGR, sin embrago, está explorando la línea hipótesis de la emboscada, lo que, de confirmarse, abriría una verdadera caja de Pandora.
¿Por qué les dispararon? ¿Qué pretendían los agentes de la PF? ¿Para quién trabajan en realidad? Sin duda de las respuestas que las investigaciones arrojen se desprenderá una historia que puede dejar mal parados a los altos mandos policiacos.
Una cosa es segura: no habrá final feliz para lo que ocurrió hace justo una semana.
Las disculpas del presidente Felipe Calderón, ante el embajador Anthony Wayne, dan cuenta de los entretelones de un asunto de verdad espinoso.
Nunca es grato para un mandatario el tener que dar la cara por un hecho bochornoso y explosivo, a la vez.
Pero peor aún: tener que hacerlo porque se salieron de control los que en teoría estaban mejor alineados. Una verdadera desgracia, por donde se le vea.
A ello hay que sumar la baja presencia pública del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, y la poca eficacia de algunas de las explicaciones que han colocado en medios de comunicación.
Julián Andrade
Marcaje Pesonal
Opinión
La Razón
