El Estado fallido en Sinaloa



México, 17 de mayo.- El asesinato de Javier Valdez, responsabilidad de todos. No se trata, no únicamente, del asesinato de un periodista. Así fuese, como era, un periodista muy incómodo para el crimen organizado. Es un crimen que define la incapacidad del Estado mexicano para cumplir con su obligación de proteger la integridad de los ciudadanos.

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En Sinaloa, por razones personales, el general Salvador Cienfuegos nombró a militares en todas las posiciones de seguridad estatal. Aparte de su, también personalísima, injerencia en el modelo de seguridad donde intervienen tanto militares como policías federales.

Se suponía, por esto, que era una entidad blindada.

A lo que debe agregarse la millonaria inversión de seguridad en el gobierno anterior.

Sinaloa es, también, escenario de una guerra por el control del cártel local.

Javier Valdez era un periodista, un escritor muy conocido en Culiacán donde vivía. Como la inmensa mayoría de los reporteros que cada día arriesgan su vida, de forma muy obvia, con sus escritos no tenía ninguna protección. Ni por parte de la autoridad local ni federal. Una más de las omisiones de la subsecretaría que encabeza, para vergüenza de todos, Roberto Campa.

Era muy fácil, por lo tanto, “cazarlo”. De hecho, lo mataron a poca distancia del semanario “Ríodoce” que había fundado, al que acudía con frecuencia a trabajar.

Primera pregunta interesada: ¿Y los policías municipales?

Porque alguien, algunos tienen que haber controlado el tránsito, tapado la calle, dado protección a los sicarios que lo asesinaron.

Segunda pregunta igual de interesada: ¿Y el Código Rojo? Ese aviso que moviliza a todas las policías para buscar un vehículo y cerrar las salidas…

Es tan obvio que los asesinos tuvieron protección policiaca. De esas policías, locales, que tienen mandos militares.

¿Por qué había de importar que asesinaran a un periodista? La verdad, hay que ser honestos para admitirlo, al gobierno federal no le interesan estas muertes. Para documentarlo basta ver que no han atrapado a ninguno de los asesinos de los seis periodistas asesinados este año. No se diga a los del año pasado o antepasado. La norma es la protección oficial a los asesinos y, en consecuencia, la impunidad.

Por eso es barato matar a un periodista.

¿Por qué debe importarle a la sociedad, al mismo gobierno, al Estado mexicano que asesinen a un periodista que durante años ha denunciado a criminales?

Ellos, las autoridades, parecen haberse instalado muy confortablemente en esta convivencia con los criminales que la sociedad padece. Es suficiente con voltear a ver a Tamaulipas o a Guerrero, donde el libre tránsito ha sido anulado, donde la rutina son los bloqueos, los balazos, los muertos.

Javier Valdez escribió, crónicas, columnas y libros, sobre la manera en que el crimen organizado permeaba y destruía todo en Sinaloa. Decidió, como lo hacen muchos otros colegas cada mañana, que no iba a aceptar el silencio que querían imponer estos delincuentes. Javier Valdez escribía, también, de la complicidad de las autoridades con el crimen organizado.

Estaba amenazado a priori. Y a ninguno, ni al doliente gobernador que hoy aprovecha las cámaras para lamentarse ni a sus autoridades, ni al gobierno federal en todas sus instancias, le importó. No hubo ningún intento de darle protección. De enviar un mensaje a los criminales, fuesen narcotraficantes o sus cómplices dentro del gobierno, para evitar que lo matasen.

Porque lo mataron, precisamente, porque sabían que no iban a ser castigados por su muerte. Como no lo han sido otros asesinos, tanto de periodistas como de activistas sociales.

¿Al matarlo consiguieron su propósito? Si este era el silencio, no. Definitivamente no. Categóricamente no. El silencio no es la opción. Ninguno de quienes escribimos, somos periodistas, buscamos compartir la verdad, queremos romper los círculos perversos de complicidad, nos vamos a callar. Todos somos, como el mismo Javier Valdez escribió: “lengualargas”. Todos vamos a seguir diciendo lo que corresponda.

Lo que sí tenemos entre las manos es una rabia, una indignación, una tristeza inmensa…

 

Isabel Arvide

@isabelarvide

Estadomayor.mx



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