Acosta Chaparro, negociar y pactar

México, 24 de Abril (LaSillaRota.com.mx).-La pena carcelaria se diluyó con base en amparos, en revisiones y declaraciones de testigos traídos de lugares desconocidos que terminaban por no recordar nada o que simplemente no volvían a aparecerse en el Consejo de Guerra Ordinario que se les seguía a los generales en el Campo Militar Número.

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1.- Tenía poco más de dos meses de haber sido liberado de la prisión militar en la que, junto con el general Francisco Quirós Hermosillo, purgó durante casi cinco años una sentencia (de 15 años) por presuntos nexos con el cartel de Juárez.
 
2.- Y Acosta Chaparro estaba libre. Vestía un traje azul marino con finas rayas doradas y una corbata roja. Fornido, serio pero amable, dijo que nos sentáramos a su mesa. Para él, solo un agua mineral. Para los demás, lo que quisiéramos.
Concertar la cita tomó todo un mes, previa gestión de los dos o tres temas de los que el general estaba dispuesto a hablar, sin grabadoras o libretas de por medio. El EPR y la desaparición de sus militantes Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Cruz Sánchez; el proceso por narcotráfico que lo había enviado a la cárcel y el desorden que se avecinaba por no haber resuelto problemas del pasado que se convertirían en agendas imposibles, como la de la inseguridad.
3.- La cita fue en un restaurante de Paseo de las Palmas, de noche, con el sitio semivacío y lejos de la puerta en donde de todos modos había escoltas ocupando la acera y el estacionamiento. Seguro que adentro había más pero no los vimos. El encuentro fue posible porque un año antes el general Acosta Chaparro había accedido a un primer acercamiento en la prisión militar, en una mañana a la que le había dedicado horas para revisar su caso, hacer gestiones, sacar fotocopias y hacer llamadas a sus abogados, a funcionarios y a su gente.
4.- Con el uniforme azul claro que usan los internos de la prisión militar, el general iba y venía por los pasillos, por los locutorios, se sentaba en las sillas de la sala de espera y hablaba con sus abogados o con los secretarios de juzgado. Cumplía citas mínimas para ver cómo iba su expediente y regresaba a la improvisada plática con el visitante.
–¿Cómo van las cosas? ¿Cómo va la bronca que tuvieron usted y el general Quirós? Acosta Chaparro sonreía apenas y regresaba la pregunta con otra igual.
–¿Cuál bronca?
5.- Se sabe que ya cambiaron de abogado, que cada quien lleva su caso por otro lado y con estrategias distintas. Quirós se va por los amparos y usted por la revisión y nuevas citas a testigos para que exhibir contradicciones ¿O no?
Y con la sonrisa dibujada más como una mueca que como un gesto natural, el general asentaba con la cabeza, reordenaba sus papeles y agregaba que cada quien decidía lo que más le convenía. Así es esto, decía Acosta para luego recordar que su compañero de armas de prisión, el general Quirós Hermosillo, ya estaba muy enfermo y que seguramente eso influía en sus decisiones.
6.- Del EPR y sus desaparecidos en Oaxaca, Acosta habló poco pero sustancioso. Explicó cómo funcionaba su aparato de inteligencia y contra inteligencia. Aseguró que el núcleo eperrista, con todo y combatientes, no rebasaba los 300 individuos; que los otros grupos subversivos eran pantallas, eran solo guerrilla de membrete sin capacidad operativa real y que si lograban dar golpes era más por las deficiencias del sistema de seguridad del país que por la refinada táctica rebelde.
–Amaya y Cruz, los eperristas, ¿están vivos?, ¿Qué cree que les pasó?
–Mmm, mira, no conozco los detalles pero para mí que eso ya no tiene remedio, ya es mucho tiempo. No lo creo.
7.- ¿Le guarda rencor a alguien en la Sedena o fuera de ella por haberlo metido a la cárcel? No, eso ya pasó, ya estoy libre, afuera, donde debo estar. Ahora vamos a lo que sigue, a otras cosas. Eso quedó atrás. Tengo otras cosas en puerta, agregaba.
–¿Regresa a la secretaría? ¿Lo van a llamar para algo?
–No, ya estoy retirado. Sigo trabajando pero en otros asuntos.
8.- De la guerra sucia, general, de esos años, platíqueme, porque al final no pasó nada. De nada sirvió la fiscalía, las protestas, las acusaciones…
–Se dijeron muchas cosas, se inventaron otras y al final no se demostró nada, no hubo manera de demostrar nada porque todo fue un asunto político.
–Pero a ustedes los señalaron, los acusaron de desapariciones, de ejecuciones, de represión…
–No hubo tal. Nosotros respondimos como se imponía en ese momento. Era una guerra. Nos emboscaban, nos agarraban gente, respondíamos. Era la orden.
Desactivar aquello, parar aquello.
–¿Hubo vuelos de la muerte? ¿Tiraban a la gente viva al mar?
–No hubo nada.
9.- Dos horas más tarde, el general Mario Arturo Acosta Chaparro se despedía con la promesa de un nuevo encuentro para tratar de profundizar en algunos temas. Su teléfono celular sonó dos veces. Vio el número y contestó apresurado. “Sí jefe, sí. Ya vimos eso y estoy checándolo. Sí jefe. Ya voy para allá”. Se despidió con un apretón de manos. Los escoltas lo esperaban.
No hubo un tercer encuentro. Fue imposible concertar una cita, primero porque estaba fuera de la ciudad todo el tiempo, y luego porque las actividades que le ocupaban eran de altísima importancia, indicaban los enlaces.
10.- Hace unos días, otro militar en retiro, experto en seguridad nacional y administración militar, criticaba a quienes ven con mala fe la negociación y el pacto como vías para ayudar a resolver un conflicto agudo.
“Eso ocurre todo el tiempo. Negociar, acercarse y pactar no son sinónimos de traición o de claudicación”, aseguraba el divisionario.
Eso es lo que ha faltado aquí, lo que no se ha hecho: negociar y pactar para llevar el conflicto a otros terrenos sin que eso signifique traicionar.
11.- Como hombre de Estado encargado de cumplir las misiones sucias que los gobiernos en turno le ordenaran sin importar la bandera partidista o el contexto político, el general Mario Arturo Acosta Chaparro Escapite no iba a permitir que se le pisoteara o que le cobraran facturas históricas en las que a final el beneficiario y contratante (el Estado mexicano y sus turbios personajes) terminaban siempre beneficiados con los trabajos realizados. Bueno, casi siempre.
12.- Sus años como militar activo encargado de la guerra sucia en Guerrero, de la persecución y desaparición de campesinos, activistas, militantes de izquierda, guerrilleros, líderes sociales y civiles contrarios al priismo, cimentaron y extendieron su fama como tremendo operador del lado criminal del poder, ya sea civil o castrense.
13.- Para ambos mundos actuó, para ambos investigó, persiguió, arrinconó y resolvió secuestros, expropiaciones, levantamientos, protestas, inconformidades sociales y acusaciones contra el poder vestido de paisano o uniformado. No hubo límites para él en los años de la convulsión social como respuesta a un PRI aplastante, corrupto, totalitario. La dictadura perfecta, como llamó Vargas Llosa al sistema político mexicano el 30 de agosto de 1990, durante su intervención en el encuentro Vuelta.
14.- Ese día, el escritor peruano penetró de manera inaudita y brillante las entrañas de un modelo político y social que ha fincado su permanencia y viabilidad a partir de oscuros operadores como el general Acosta Chaparro y otros que le antecedieron y que le siguen. Veintidós años después, la tesis sigue vigente.
15.- La durísima coraza verde olivo forjada en las décadas del poder priista, trascendió el cambio de régimen, rebasó, no sin sobresaltos, los cinco años de prisión por sus supuestos nexos con el cártel de Juárez y luego la caricatura de justicia panista personificada en la creación de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado –FEMOSPP–, y su desacreditado fiscal, Ignacio Carrillo Prieto.
16.- Con otros escenarios y a partir de una correlación de fuerzas distinta, el general siguió siendo útil, tal vez indispensable, para un nuevo y torpe régimen encabezado por bizarros mandatarios panistas que siguieron usándolo de manera extra legal para apagar fuegos y contener guerras.
17.- La figura y el papel de Acosta Chaparro trascendieron dos regímenes, porque el general formaba parte de una maquinaria diseñada para hacer prevalecer al Estado o a una parte de él, más allá de la propia seguridad del país y aun a pesar del propio personaje, convertido tal vez en una pieza que ya no cabía en el aparato que le dio vida.
Jorge Alejandro Medellín
Opinión
Vía Lasillarota.com.mx
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