Los años del general Acosta Chaparro

México, 23 de Abril (La Razón).-

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El general Mario Arturo Acosta Chaparro fue quien ejemplificó, de modo bastante transparente, las perversiones de una época y un episodio ruin para México: los años setenta y la guerra sucia.

Su muerte, a balazos, sin duda removerá cuentas pendientes y agravios por saldar.

Acosta Chaparro fue un brillante oficial de inteligencia al que se le encomendó combatir a la guerrilla y en particular al líder del partido de los pobres, Lucio Cabañas, quien encabezó una organización con un fuerte componente social y que metió al gobierno en más de un problema, entre ellos el secuestro del entonces senador priista Rubén Figueroa. Acaso por ello, uno de los centros de operaciones más importantes del general fue el estado de Guerrero.

Acosta Chaparro fue el encargado de trasladar el cadáver de Cabañas, luego de la muerte del guerrillero en un enfrentamiento con el Ejército mexicano.

Conversé hace algunos años con el general Acosta Chaparro. Acababan de ocurrir los ataques a los ductos de Pemex, orquestados por un grupo heredero del viejo grupo de Cabañas, luego de purgas y divisiones interminables: El Ejército Popular Revolucionario.

“Están en fase de aprendizaje y pueden venir situaciones peores”, decía apelando a una guerra que para él nunca terminó ni terminaría. El EPR reivindicó los ataques para advertir que la desaparición de dos de sus militantes, en Oaxaca, iba a tener consecuencias.

Acosta Chaparro venía de sortear un juicio por sus presuntos vínculos con el crimen organizado y tenía pendientes acusaciones por violación a los derechos humanos. De los primeros sostenía que eran calumnias producto de una venganza orquestada por altos oficiales del Ejército que lo veían con recelo.

Sobre la guerra sucia y las violaciones constantes a las garantías individuales tenía una opinión que lo describía, al sostener que se había hecho lo que se tenía que hacer en el contexto de la guerra fría y ante la amenaza comunista.

Torturas, malos tratos y desapariciones formarían parte del costo que el país pagó por hacer frente a los grupos guerrilleros surgidos a partir de 1968 y que tendrían una presencia importante durante la siguiente década.

En el fondo estaba anclado a aquellos años que lo hicieron célebre pero que lo marcarían para siempre.

El problema es que el diagnóstico del general Acosta fue el que prevaleció en el Estado mexicano y que provocó muchas de las distorsiones que aún nos aquejan y entre ellas la que permitió que los encargados de combatir a la Liga 23 de Septiembre, al Movimiento Armado Revolucionario, a los Lacandones o al Procup tuvieran una patente de corzo apara realizar toda clase de fechorías y delitos a cambio de “salvar a la patria”.

Los guerrilleros, nos guste o no, pagaron con la cárcel o con la muerte su osadía de enfrentar al orden establecido; lo grave es que las autoridades los enfrenaron muchas veces al margen de la ley, lo que dejó una secuela de atrocidades que continúan abrumándonos.

Julián Andrade

Opinión

LaRazón.com.mx

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